A Sala Llena

Depre, Oscura y Agradecida

 

¿Creen en las profecías? Las cartas del Tarot, la numerología, la astrología, la lectura de manos, la borra del café, las bolas de cristal…  Hace un tiempo me profetizaron algo muy malo, algo negro y oscuro, una sombra que se yergue sobre mi como un puñal afilado y letal. “¡No vas a poder tener hijos y siempre vas a tener que cuidar mucho tu aparato reproductor!” Para una mujer como yo, susceptible, impresionable, ignorante y salvaje, eso y una sentencia de muerte se parecen demasiado, mas ahora que deseo ser mamá mas que nada en el mundo. Como tengo dolores muy raros, la voz de la pitonisa de feria que me profetizó la desgracia, retumba en mis oídos como un gong y me persigue por las calles y los pasillos sin darme respiro.

 

Necesitaba distraerme, así que prendí la televisión en busca de algo que me lavara el cerebro, algo vulgar, lo suficientemente entretenido como para no pensar en nada y lo bastante idiota como para no tener que esforzarme en sacar algún tipo de conclusión interesante. Pasé por “Beverly Hills 90210”   (la original), después seguí con ¨Friends”  (que sigue haciéndome reír aunque ya me sepa cada capítulo de memoria) y seguí navegando con el control remoto intentando sin mucho éxito, sacarme del cuerpo el terror. Vagabundeé por telenovelas colombianas, por programas de chimentos, agarré una parte de “Third Watch”, me pegué a la tira nueva de Soledad Silveyra mientras me atragantaba con un mate cocido y un paquete entero de Oreos bañadas en chocolate y todo eso sin todavía haberme ni lavado los dientes. Nada desplazaba mi mente de los oscuros pensamientos que la atormentaban.  A esas alturas ya odiaba todo lo que me recordara cualquier cosa que tuviera que ver con la magia, la brujería, la adivinación y la mar en coche. Todo lo esotérico y lo emparentado con lo sobrenatural se me antojaba como una especie de castigo o maldición, a la que necesariamente había que desacreditar, descartar y aborrecer para poder seguir viviendo con algo de tranquilidad. Creo que si se me cruzaba el propio Harry Potter lo fulminaba de una patada voladora en los dientes y un flor de sillazo en la cabeza. Meta buscar, meta zapping y paradoja de por medio, me encontré con el final de Hechizo de Luna (Moonstruck) la película de Norman Jewison con Cher y Nicolas Cage en la que la magia de una luna llena milagrosa, une a un hombre y una mujer de la manera mas disparatada, alucinante y romántica. Como cacé medio el final, decidí mirar el dvd que tengo y llorar a moco tendido, un poco por la película, otro poco por mi y por mi estúpida capacidad para creer en cualquier verdura y otro poco por el miedo a que un cáncer de ovarios o de útero me esté devorando o por la amargura horrible que me trae solo imaginar el no poder darle un hijo a mi hombre. ¡Siiiii, feministas del mundo sáltenme a la yugular y despedácenme por esta última, fatal y súper machista línea declarada!

En fin, la puse y me encomendé.

Para los que no saben de qué se trata, (aunque para eso deberían haber pasado la mitad de los ochenta y todos los noventa justamente en la luna) la historia gira en torno a Loretta Castorini (Cher), una viuda italiana porfiada y hermosa que asegura tener mala suerte y por eso decide volver a casarse con un hombre que no ama. Pero, la magia, el encanto, las hadas, cupido, la luna, todos conspiran para que el amor vuelva a su vida y nada menos que de la mano de Ronnie Cammareri (Cage), el hermano manco y loco de su prometido. 

Como seguía nerviosa, me puse a hacer una torta, sentada en el sofá, sin dejar de mirar la película. Desparramé los bols, los frascos de dulce de leche, el tetra de crema, los discos de bizcochuelo de chocolate y los utensilios para batir, desparramar, untar etc., mientras escuchaba la Bohemme de Pucini envolverme desde la pantalla, arrullando a los personajes que se deshacían de amor y pronunciaban las líneas de diálogo mas exquisitas, inteligentes, divertidas y románticas, en escenas en las que la magia parece destellar en cada partícula de aire.  Cabe decir, que el guión de la película se ganó un Oscar en el 87 y que es tan jugoso que se te cae literalmente la baba.

Resignada seguí batiendo y batiendo, tratando de poner cierto orden racional a mi miedo y a mi tristeza. Hechizo de Luna me fue arrastrando, acariciando e hipnotizando y, por algunos largos minutos, pude distraerme de la maldición cruel que pesa sobre mi cabeza. Es increíble como el cine tiene la capacidad de congelar el tiempo, de parar el curso de la vida. Cuando estás adentro de la trama, adentro de la historia, adentro de esa especie de realidad paralela que te encanta y te deja congelado, todo lo demás no importa. La vida de alguna manera queda suspendida, los problemas quedan suspendidos, el tránsito y los impuestos quedan suspendidos y los buitres que vuelan circundantes sobre tu cabeza se alejan y un estado de paz parece dominarlo todo. El cine es la escapatoria más perfecta que existe, esa posibilidad de cambiar tu realidad por algunas horas es su cualidad dorada, su cualidad sublime.

En la escena del final, cuando todos están en la cocina, me sonó el celular. Un amigo venía en camino a tomar unos mates. Como yo ya tenía la torta casi lista, le dije que no trajera nada y se viniera. Mientras esperaba que la crema y el dulce de leche se endurecieran en la heladera, empecé a escribir esta columna. Decidí que sería oscura y terrible y también catártica. Tal vez no tengo derecho, pero, andá a cantarle a Gardel.

Saqué el dvd antes de que terminara, pero tuve tiempo de reflexionar sobre lo maravillosamente desarrollados que están los personajes en esta obra maestra (menor tal vez pero qué importa) del cine americano y sobre como Cher se recontra merecía su Oscar y Olympia Dukakis más todavía y en las ganas que tenía de ver Las Brujas de Eastwick o Flores de Acero. En esas estaba y escuché el portero.

Mi amigo llegó. Despotricando acerca de cómo uno de los productores del documental al que le está haciendo la fotografía era un reverendo pelotudo y en lo mal que había tratado a su gente y afirmando que él no iba a poner ni un farol, agarró el control remoto y se puso a mirar televisión. Yo no tenía muchas ganas de hablar, así que me limité a cebar mate y a meterle la cuchara a la torta que rebalsaba de crema y dulce. Elegimos Ligeramente Embarazada el film de Judd Apatow con Seth Rogen y Katherine Heigl (la chica hot de Greys Anatomy). Yo ya la había visto un par de veces y el guión es genial, por lo cual no pensé que me afectaría demasiado, aún cuando la temática tenía bastante que ver con lo que me mantiene deprimida.  Pero, ¡oh my God el final! No me acordaba cómo era y no me lo vi venir. No me animé a decirle a mi amigo que cambiara el canal, porque hubiera tenido que explicarle porqué estaba tan chiflada y me daba vergüenza.  Para todo esto, mi marido ya había llegado y se había sentado a verla con nosotros.

El parto contado desde un lugar súper freak, nada de romanticismo pero, a la vez, una especie de calor magnético que hace que los personajes sean increíblemente amorosos y carnales, lo desopilante de algunas escenas, la idea de que el amor no es perfecto, ni mágico, ni limpio, ni ordenado ni un carajo, sino  algo que es un quilombo, que te mancha de caca o de pizza, que te fuma, que te ahoga, te desconcierta, te embaraza cuando no querés y te esteriliza cuando querés preñarte, te cachetea cada vez que descansas en la idea  loca de tener un plan para tu vida y te salva cuando estás a punto de morirte sin aprender nada, hacen que de alguna manera, esta cinta sea diferente.

Yo tenía ganas de llorar pero me las aguantaba. Le agarré la mano a mi hombre y apoyé mi cabeza en su hombro bien ancho, porque mi hombre es de hombros anchos para que yo pueda reclinarme bien, y mi cabeza encaja perfecta entre su hombro y su cuello y yo puedo suspirar ahí tratando de contener las lágrimas cuando una película me hace sentir lo que esta peliculita me hizo sentir hoy.

Obvio que los créditos te muestran al cast y a la crew cuando eran bebitos o cuando tuvieron sus bebitos y eso te afloja la pera cuando estás como yo. Pero, lejos de causarme angustia, empecé a pensar en esa cosa de dedo índice que tiene el cine, esa facultad de hacerte descubrir cosas que sentías y no sabías o cosas que pensabas y no sabías. Y yo ahí, en el anochecer de este día, mirando una comedia muy ligera, pensé en como esa escena final tan trillada como única, me hacía pensar y sentir que con el deseo era suficiente. Tal vez no venga nunca mi hijo, tal vez la profecía se cumpla o tal vez no, tal vez hoy y mañana y pasado, cada par de ojos que lean esta columna reviertan para siempre ese hechizo ridículo y cruel y me liberen como a una princesa de cuento.  Eso si, lo que yo descubrí mirando una película es que mi deseo es tan fuerte, que la idea de mi hijo es tan grande, que ya existe dentro de mi amor por él, tal vez nunca venga, pero ya es tan amado y esperado que casi sería un detalle menor.

Así que gracias al cine, gracias a la Diosa Película, gracias a esta forma de arte tan alucinante por mitigar el miedo y alejar la muerte.

 

 

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