A Sala Llena

Dieta estricta…

El fin de semana me lo pasé solita como la una. El Chuchi se había ido para mi pueblo a ver a su flía y mis viejos, que estaban acá, decidieron declararme “persona non grata”, así que no me quedó otra que rebuscármelas para sacarle provecho (como si eso fuera tan difícil) al fin de semana largo.

El sábado la soledad me angustió bastante, así que decidí armarme de un arsenal de chocolates que me defendiera contra la depre, y dividir el día en tres partes: la primera, series; la segunda, trabajo y la tercera, cine. Tenía una bolsa pertrechada con Toblerone, Shot, M&M, Marroc y Lila Pause de Milka. Una pequeña fortuna a invertir en celulitis y buzarda. Mi período había llegado con su fuerza habitual, así que era conveniente no salirme al cruce, por lo menos no sin un protector bucal y unos buenos suspensores. Y así, bocadito va bocadito viene, el sábado pasó tranquilo entre maratón de Modern Family, escritura sesuda y finalmente, Gracias por Compartir alquilada en On Demand. La comedia, que está ahora en cartel en los cines, es divertida, llevadera y hasta tiene raptos de profundo interés. Pero se queda bastante cortita, así que no me voy a meter demasiado con ella. Rúfalo está bien, la Paltrow está bellísima y el elenco es formidable. Da para que, aunque sea, vayan a pasar un rato liviano y agradable. Es una pena porque, con un estirón más, con un poco más de riesgo, podrían haber hecho un peliculón. Pero en fin, se quedaron en el camino, qué vachaché…

Como sabía que iban a ser un par de días medio solitarios, comencé a cranear la idea de invertirlos en alimentación para el bocho y el espíritu. Eso, por supuesto, sin descuidar la del buche. Arranqué con la lectura de El Club Pickwick, de Dickens, que venía postergando, agarré una antología de poemas de Pessoa para que me acompañara en las comidas por los restaurantes del barrio y sentí que algo de verdad brillaba en el aire y se posaba sobre mi cabeza.

El domingo pasé el día con mi amigo Darío, morfando al solcito, paseando, soñado despiertos, hablando de bueyes perdidos y curtiendo Star Trek: Into Darkness. La vi mil veces, pero qué más da, es excelente y da pie para un millón de conversaciones sobre J.J Abrams. Nos echamos en los sillones y ahí sí más chocolates, más caramelos y ¡boom!, descubrimos el secreto del universo. Iba a escribir sobre eso, pero nos emborrachamos y le perdimos el rastro a todo el asunto. Ya cuando me quedé sola, me metí a ver Inside Llewyn Davis y el espíritu se me ensanchó de lo lindo. Este film de los Cohen es verdaderamente bello y oscuro. Me gustó tanto, pero tanto… Mucha belleza, mucha soledad, mucha humanidad, mucha música. Oscar Isaac la rompe a patadas. ¡Qué película más hermosa, por favor! La amé. Me sentí profundamente habitada por ella y por el mundo.

Y después de eso, mis gatos y yo nos fuimos a dormir como pelusas…

Pero habrán visto que, cuando agarrás envión con cosas que te hacen bien y te enriquecen, el bocho va pidiendo más y más. No es que uno no lo alimente regularmente, es solo que las cantidades se dosifican bastante, con toda esa actividad obligatoria en redes sociales, el ejercicio semanal, los tratamientos para la caída del cabello, los burros y el bingo. Es así, uno está desacostumbrado a altas dosis de pura belleza. Y eso que yo soy de las que se la regalan bastante y a intervalos regulares. Reflexionando sobre todo esto, recordé que un grupete de amigas y yo, habíamos tenido la lucidez de sacar entradas para nada menos que la primera función de The Old Woman, la obra que tienen en cartel Mikhail Baryshikov y Willem Dafoe en el teatro Opera. Con eufórico entusiasmo, me figuré que con eso, mi pequeño marotito y el espíritu blanco que me compone, iban a tener para un buen rato.

Y no me equivoqué…

El teatro estaba lleno de prensa, celebridades, pseudo celebridades pululantes, y público. A penas entramos, quedamos atrapadas por los flashazos que le tiraban a los famosos concurrentes. Estoy segura de que salí atrás de una de las fotos que le tomaron a Mora Godoy, con la boca abierta, las piernas chuecas, y cara de papanatas (devena jeje). Aun así, podríamos tranquilamente haber pasado por starlettes, estábamos todas de punta en blanco, emperifolladas para la ocasión. Zapatitos, carteritas, perfumitos… Una verdadera noche de chicas, que prometía ser legendaria. Y lo fue. Porque entramos en la sala y todo era mágico.

La puesta de esta obra de teatro del absurdo de Daniil Kharms, a cargo de Robert Wilson, se enfrenta al espectador con un matiz del todo expresionista. Aun cuando la premisa es en extremo lúdica y la comedia aparece de manera brillante, el tono reinante, el espíritu subyacente, es de pesadilla. Los dos personajes A y B, van gestionando virtuosamente sus faenas, volviéndose cada tanto uno solo. La demanda física es verdaderamente apremiante y los dos performers la llevan a adelante con absoluto genio. Lo que estos dos tipos hacen en el escenario, no se puede creer. Se me llenan los ojos de lágrimas tan solo de pensarlo. Hermanados por algún conjunto de efluvios misteriosos, Dafoe y Misha, consiguen composiciones de profunda y total maravilla. Era de esperar que Baryshnikov manejara el cuerpo como lo maneja, pero Dafoe sorprende con sus espectaculares dotes de clown y de bailarín. Y también esperábamos las maravillas interpretativas de Willem (su manejo de la voz es, lisa y llanamente, perfecto) pero el ruso está a la altura de su consagrado compañero, complementándose así la ecuación de manera rotunda. La obra, cuya composición visual es pictóricamente minuciosa, te entra por el bocho y te va anidando de a poco en el espíritu, con su belleza sensible, su refinamiento onírico y su infatigable capacidad de juego. Es un espectáculo de hondo y genuino valor, que se transforma en una experiencia inolvidable. La música y la composición sonora, lo convierten todo en algo que, seguramente, recurrirá a nosotros en los sueños y se quedará allí, como símbolo inequívoco de nuestra humanidad.

Amigos míos, les digo a los que puedan con todo mi corazón, ¡VAYAN A VERLA, NO SE LA PUEDEN PERDER! El mejor alimento para el espíritu, un suplemento dietario que los satisfará si no para siempre, por un buen, largo y glorioso trecho de camino.

A la salida, me retoqué el rouge y, junto a mis amigotas, nos pegamos al vallado que pusieron para que los muchachos salieran tranquilos a la calle sin que nos tiráramos encima. Los esperamos por una hora entera, hasta que por fin, aparecieron. Por supuesto, antes tuvimos que sufrir el tedio de bancarnos a un par de actoretes de tiras locales, que se floreaban por la escena haciéndose los imbéciles. Aun así, nada empañó la salida de los dos monstruos. Conseguimos darles la mano, saludarlos y prodigarles amor con genuino y natural entusiasmo. Ellos hicieron lo mismo, con la maravillosa humildad de los grandes. Y ojo, sé que la definición es remanida, pero da gusto ver a un par de tipos que no pisan la tierra, rendirse a la majestuosidad de su oficio y ponerlo en valor sin estridencias ni superficialidades absurdas. Dos enormes, dos gigantes, dos bellos.

“… Fui feliz, y entendí la felicidad de los otros.”

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