A Sala Llena

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Dos películas danesas y “La Edad de la Inocencia”…

Dos películas danesas y “La Edad de la Inocencia”…

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El viernes viajaron mis viejos desde mi pueblo para Buenos Aires y se quedaron unos cuantos días. El domingo 15 fue el cumpleaños de mi madre y ella quería pasarlo con sus hijas por lo que, ese día, mi casa se llenó de parientes y mi heladera de comida. Nos pasamos la merienda y la cena hablando pavadas, contándonos chismes, haciendo memoria, chusmeando nuevos planes para el futuro, poniéndonos al día con las noticias viejas, las nuevas y la mar en coche. Pero, por supuesto, lo que más hicimos durante toda la jornada fue comer y chupar. Y que vino, y que mate, y que té, y que café, y que torta, y que medialunas con jamón y queso, y que empanadas caseras… La velada fue coronada con champagne, con algunas lágrimas y con sendos abrazos y besos. Fue una tarde buena, llena de voces y de risas y me dejó pensando en cómo los seres humanos nos dejamos envolver por el espíritu de celebración, aún cuando hay alguna pena en nuestro corazón, o demasiados problemas que resolver y mucho trabajo que hacer. El espíritu festivo se nos renueva en la sangre, aunque solo sea para levantar nuestra copa y brindar a la salud de los que amamos.

Adornamos nuestra casa, nos bañamos a conciencia, nos perfumamos, vestimos prendas elegidas especialmente, nos maquillamos, nos hacemos esos raros peinados nuevos… La comida se elige cuidadosamente, se hornean tortas, se fríen pastelitos, se le agrega un poco de azúcar a todo y se hacen escapadas secretas a la panadería. Se abrazan tradiciones y se prenden velitas. Todo el ritual va acomodándose en las conciencias y en los gestos y se desarrolla naturalmente, con mayor o menor tensión, con más o menos compromiso, con simplicidad u opulencia, pero siempre guardando las mismas intenciones: que la celebración sea genuina.

Pocos terrenos más fértiles, para el drama o la comedia, que una celebración. Mucha gente, muchos gritos, lazos de amor o de odio, traumas de la niñez, borracheras catastróficas, pasadas de factura, enamoramientos, resentimientos, rabias, rencores, cariños inquebrantables, amistades profundas y un sinfín de combinaciones posibles que, casi siempre, arrojan como resultado situaciones extremadamente jugosas que suelen quedar, para el recuerdo de las generaciones venideras, en el anecdotario familiar.

No voy a meterme con las fiestas que se salen de control, porque ya hemos hablado de eso en esta columna. Hoy quiero andar por el camino de la liturgia.

El cine ha llevado esta ceremonia muchísimas veces a sus dominios, y de esa cruza maravillosa, han nacido películas inolvidables. En esta columna, me gustaría compartir con ustedes  algunos de esos films que hicieron historia y que se quedaron para siempre en nuestros corazones. Por supuesto, están invitados a añadir a la lista, todo título que se les ocurra.

Supongo que arrancar por La Fiesta de Babette, es lo más lógico, teniendo en cuenta el tópico que nos reúne. Esta película, de 1987, bellísima es, sin lugar a dudas, una de las cosas más maravillosas que el espectador de cine pueda ver jamás. Dirigida por Gabriel Axel, esta cinta basada en la novela de Isak Dinesen (Karen Blixen), era un exquisito viaje por la humildad, la compasión, los traumas y dolores de la diferencia de clases, la expresión religiosa, el goce de la comida y el amor al prójimo. Siempre es bueno volver a ella, para recordar por qué vemos y por qué hacemos cine. Era una de esas películas por las que uno se siente tan increíblemente conmovido en su estructura emocional, que se le da por espetar frases del estilo “Un canto a la vida”. Gran obra inmortal del cine Danés, que nos pone en cuenta de lo difícil que es mantener las medias en alto, cuando semejante pedazo de belleza, nos embiste furtivamente.

Otro título que hace base en esta temática y que se nutre de la atmosfera tradicional de festejo, es la polémica primera obra del Dogma 95 La Celebración, otro film danés, escrito y dirigido por Thomas Vinterberg, que ponía en el centro de la acción a una familia que se desmoronaba durante el cumpleaños del padre. Uno de los hijos dejaba al descubierto un secreto familiar oscurísimo, de repetidos abusos sexuales y convertía así el ritual, en una especie de catarsis y expiación colectiva. El relato, fundamentalmente fuerte e increíblemente retador para el espectador medio, se convirtió en una de las banderas del Dogma y ensanchó los límites de la narrativa cinematográfica de manera tan contundente, como innegable. La articulación de las acciones atroces de los hombres junto a las más triviales, remanidas e inocentes, dejaba a la naturaleza humana retratada de manera tan absolutamente viva, que resultaba muy difícil cerrar los ojos ante una verdad semejante. Es más difícil de ver, pero siempre es bueno volver a ella.

La Edad de la Inocencia, de Martin Scorsese, fue estrenada en 1993 y sí, hemos hablado de ella en alguna columna perdida que la iba del amor prohibido. Pero, si hay algo de lo que de verdad se trata esta cinta, es de la repetición sistemática de las formas, en el orden de las tertulias, agasajos y mítines sociales y familiares que gobernaban la vida de la clase privilegiada en la Nueva York victoriana. La diferencia fundamental que tiene con los dos films que menciono anteriormente, radica en el hecho de que el ritual, en vez de erigirse como el catalizador de las cosas, oficia de carcelero, de contenedor, de dique de las emociones. La narrativa de lo que NO sucede, la adivinanza velada de acontecimientos que jamás tendrán lugar. La celebración como maqueta inerte de la vida y como máscara colorida y estática de los sentimientos. La belleza de la simulación minuciosa y de la elaboración intrincada. Hombres y mujeres que pasan sus vidas preparándose para cenas, almuerzos, fiestas de casamiento, desayunos, reuniones de trabajo y premeditados encuentros que disimulan en casualidades.  La vida castrada por la ceremonia. Lo que hay que encontrar en esta película, es precisamente lo contrario de lo que se halla en las dos anteriores. En las primeras, el festejo desparrama la vida y la obliga a seguir su curso, en esta última en cambio, la detiene. El devenir está suspendido, convirtiendo la existencia en una sucesión de morosidades.

El cine, como espejo de la vida que es y será siempre para esta columnista, elije la ceremonia de festejo como una de las puertas más directas a los secretos del alma humana y retrata las emociones que van entretejiéndose detrás o delante de la celebración, dejando al desnudo nuestra humanidad frágil y falsamente civilizada. Tal vez sea por eso que muchas veces, después de una fiesta, cuando nuestra casa ha quedado vacía, nos invade la angustia y nos sentimos desnudos. La pregunta que subyace en nuestro espíritu, tenga que ver tal vez con el temor de haber mostrado demasiado, de haber dejado que las formas desaten y muestren nuestra verdadera esencia. La idea de que la repetición sea solamente una forma de truco de la vida, para dejarnos con el culo al aire y con el alma expuesta.

Por mi parte, les recomiendo con amplio entusiasmo estas películas y les pido que, si hay fiesta, inviten.

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