A Sala Llena

Drive, según Matías Orta

Cine y autos siempre fueron una estupenda combinación. Todos los géneros recurrieron a vehículos, desde la comedia hasta el terror. Pero es la acción y el policial quien mejor supo aprovecharlos.

Drive, Acción a Máxima Velocidad tiene persecuciones y otras situaciones violentas (muy violentas), pero es mucho, mucho más que eso.

Un mecánico y stuntman (Ryan Gosling) tiene un tercer trabajo como chofer de criminales. Solitario, callado, parco, tiene reglas muy específicas a la hora de manejar, y no se deja apurar ni por los tipos más amenazadores. En ese contexto de motores y peligro, conoce a Irene (Carey Mulligan), su nueva vecina, una joven que debe criar sola a su hijo. Se produce una tierna y amigable relación entre los tres, y él descubre que no todo está perdido, que es posible encontrar humanidad y bondad incluso dentro de uno mismo. El idilio cambia con la aparición de Standard (Oscar Isaac), el marido de Irene y ex presidiario. El conductor deberá ayudarlo a saldar una deuda que le permitirá vivir en paz con su familia. La ayuda consiste en un atraco rápido. Pero todo sale de la peor manera, y el protagonista se verá en vuelto en un problema que podrían costarle la vida a Irene y el hijo. Pero no se detendrá hasta castigara quienes osaron mojarle la oreja y salvar a lo único que ama.

En Drive se reconocen toneladas de influencias, y de las más variadas. Desde los westerns (especialmente Sam Pekimpah) hasta Michael Mann (que sigue teniendo mucho de western, aunque actuales y con banda sonora electropop). Y también la literatura y el cine negro (de hecho, está basada en la novela de James Sallis), las películas explotation de la American Internacional Pictures (incluía no pocos largometrajes con autos); Bullit, de Peter Yates; los trabajos de Walter Hill y de Martin Scorsese; el William Friedkin de Contacto en Francia y Vivir y Morir en Los Ángeles (las subjetivas de los coches durante las persecuciones), y las mejores películas de antihéroes, sobre todo de los ’70 y ’80. Es más: la película tiene un estilo digno de esa época, pero sin dejar nunca de ser contemporánea.

Todo lo mencionado aparece cuidadosamente escondido e incorporado al film, ya que nunca se recurre al homenaje y a la cita directos, como sí podría haber hecho Quentin Tarantino. Sí en determinado momento un personaje hace un chiste que definiría la película, pero es uno sólo y está magistralmente puesto.

Nicolas Winding Refn nació para filmar esta historia. Desde su debut a los 26 años con Pusher, en su Dinamarca natal, demostró que tiene toda la garra y un impresionante sentido de la cinematografía. Sus siguientes obras siguieron dándole prestigio y lo convirtieron en un autor de culto, siempre dispuesto a mostrar personajes que deben sobrevivir en un entorno repleto de locura y muerte: Bleeder, Pusher 2 y 3; Fear X, con John Turturro; Bronson, protagonizada por Tom Hardy, y Valhalla Rising, estelarizada por su actor fetiche y compatriota Mads Mikkelsen. En Drive nos muestra una LA decadente, peligrosa, haciendo hincapié en los personajes y sus dramas. La violencia a veces es sutil y a veces, repentina y sangrienta, pero jamás gratuita. La manera en que es mostrada y el ritmo tranquilo de narrar hacen pensar en otra influencia: las películas de yakuzas de Takeshi Kitano.

Ya no sorprende el talento de Ryan Gosling, sobre todo a la hora de encarnar seres antiheroicos en películas variadas como Half Nelson —que le valió su hasta ahora única nominación al Oscar por Mejor Actor— y Lars y la Chica Real. El driver que compone es un hombre de pocas palabras y mucha acción, y de manera muy convincente. Porque, a primera vista, Ryan no da para el papel, pero lo hace suyo y resulta imposible imaginarse a otro actor (y eso que el candidato original era Hugh Jackman). Como si fuera la reencarnación Steve McQueen. (Para las nuevas generaciones de cinéfilos o no tanto: me refiero a la estrella de los ’60 y 70, no al director de Shame). Una nueva muestra de la versatilidad de Gosling y de su olfato para elegir proyectos.

En cuanto al no menos excelente elenco secundario, Carey Mulligan hace de una madre dispuesta a criar lo mejor posible a su hijo en medio de tanta incertidumbre y hostilidad, y que encuentra en el conductor la seguridad que tanto anhela. Oscar Isaac y Bryan Cranston están muy bien en sus cortas apariciones, y Christina Hendricks, la infernal colorada de Mad Men, es pura sensualidad y misterio. Pero quienes se llevan los laureles son los “malos” (nadie es un santo en esta historia). Albert Brooks es Bernie Rose, un mafioso absolutamente despreciable y salvaje, con estallidos que le provocan apuñalar al primero que se le cruce. Brooks está increíble, y lo logra sin siquiera acercarse al terreno de la sobreactuación. Su esbirro es el gran Ron Perlman, quien, pese a ser un gorila violento, tiene algunas de las salidas humorísticas.

Imposible olvidarse del soundtrack. Cliff Martínez, habitual colaborador de Steven Soderberg, juega a ser Giorgio Moroder y sale genialmente parado. Ayudan los temas musicales que contribuyen a que ver la película sea una experiencia memorable: “Nightcall”, de Kavinsky; “A Real Hero”, a cargo e College; “Under Your Spell”, de Desiere. Y como cereza al postre, “Oh my Love”, que en realidad sonó en la película italiana Adiós, Tío Tom, de 1971.

Clásica y moderna, cruda y lírica, Drive, Acción a Máxima Velocidad es un placer cinematográfico elevado a la enésima potencia.

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