A Sala Llena

Mi semana con Marilyn y una plancha nueva…

Ayer pude ver Mi Semana con Marilyn. Estuve la mayor parte del día haciendo huevo, salvo por el hecho de que fuimos al supermercado a hacer unas compras para la cena y a buscar una plancha nueva. Si, una plancha, la mar del glamour.  Aparentemente, se nos quemó la que teníamos. Duró poco, unos escasos 15 años.

Fue todo un acontecimiento entrar a comprar un electrodoméstico. No lo hacemos muy seguido, ya que para el casamiento nos regalaron una catralada y, la verdad usamos muy pocos, por lo que no se nos deterioran demasiado. Debo confesar que cuando entramos a la sección en la que están todas esas maravillosas máquinas expuestas, me embriagó una especie de frenesí alucinatorio. Me encapriché con lo que creí que era una enorme sanguchera y resultó un horno grill, en apariencia diseñado para la NASA. Algunos pensarán que eso me desanimó, pero no, me empeciné en que “teníamos que tenerlo”. Por suerte, ahí nomás me distraje con un DVD de Springsteen y zafamos de tener que sacar el lavarropas de la cocina, para meter el súper horno cromado que, por lo que costaba, seguramente tenía algún dispositivo masturbatorio escondido, del que nadie nos había hablado.  Ya pertrechados con la plancha y el morfi para la cena, subí las patas arriba de la mesa, me calcé auriculares y me dispuse a ver la película. Por alguna razón, cuando empezó, una especie de escalofrío dorado me cruzó por el cuerpo anunciándome el disfrute que se avecinaba.

La cinta es, sencillamente, deliciosa. Se abre lentamente a los ojos del espectador, como un cofre pequeño, modesto, pero lleno de detalles exquisitos. Clásica en sus componentes, se convierte en un todo de impecable buen gusto y sutilísima emotividad. Si me lo preguntan, la mayor virtud de la película, es su honesta humanidad.

La “anécdota“ transcurre durante la filmación de El Príncipe y la Corista, cinta  que se rodó enteramente en Inglaterra, dirigida y protagonizada por  Sir Laurence Olivier.  Un proyecto ambicioso que se suponía que convertiría a la leyenda del teatro británico en una estrella de cine.  La historia, basada en los libros de Colin Clark (protagonista encarnado por Eddie Red Mayne) cuenta los eventos reales que se sucedieron en una semana muy particular en la vida de un joven asistente de dirección debutante. Un muchacho emparentado con la nobleza, que tenía mucho que probarle a su familia, pero que todavía no había encontrado su destino y aprovechando sus contactos, consiguió trabajo en la producción.

En la cinta, Olivier  al parecer tiene todo absolutamente bajo control, hasta que llega su estrella femenina. La maravillosa, sensual, talentosa y vulnerabilísima Marilyn Monroe.  Ella viene a quemarle los papeles por completo pero, sobre todo, a enamorar a nuestro pobrecito inexperto, muchacho de la película.

Por supuesto, la trama pivotea en varios lugares que podrían parecer comunes pero que, por la carnalidad de la historia, resultan verdaderamente entrañables. El primer desengaño sexual y amoroso, el despertar verdadero del deseo, la soledad absoluta, el desamparo, la juventud perdida, el interior caótico de una producción cinematográfica, la complejidad de los vínculos entre personas de enorme talento. Eso y mucho más para leer entre líneas.

Hay varios aspectos llamativos de la propuesta de Simon Curtis. Tal vez, el más relevante, sea haber contado absolutamente todo sin rimbombancias ni estereotipos.  Michelle Williams encarna a Marilyn de manera tan asombrosamente elegante y consciente, que es casi imposible no creer por momentos, que estamos viendo a Marilyn interpretar a Marilyn. No cae en ninguno de todos los errores en los que cayeron otras mujeres que la llevaron a la pantalla. La construye con una fragilidad tal, que el espectador no puede más que enamorarse de ella con honda compasión. Verla a través de los ojos del joven Colin, es verla como en realidad era: una belleza y un talento imparables que chocaban con el desamparo total.  Colin Clark hizo lo que cualquiera habría hecho en su sano juicio, se enamoró como un loco de ella, quiso rescatarla, casarse y darle muchos hijos.  Pero Marilyn se decidió por su marido Arthur Miller y regresó a Estados Unidos con él y sus pastillas.

Durante toda la cinta, vemos a Marilyn luchar con la idea estúpida de que no es lo suficientemente buena y a un Oliver tan envidioso como desesperado, que ve esfumarse su juventud y trata de retenerla a toda costa, apoyándose más de la cuenta en su coprotagonista. La maltrata seguido, la amedrenta y la fuerza a comportarse de la única manera que ella sabe: como una estrella de cine.  Branagh encarna a la perfección a un hombre de enorme talento, completamente impotente frente al poder del “ángel” de una mujer que ni  siquiera era consciente de que lo tenía. Da casi pena verlo luchar contra la amargura y los celos mientras, a la vez, se sabe también una gran estrella, y eso no le sirve para nada.

Encontrar a Branagh en la piel de Olivier, es un deleite esperado y, si se quiere, casi previsible. Pero lo de Williams es en verdad sorprendente. Me atrevo a decir que lo que viene para ella es grandioso. La forma en que encarna la ignorancia total de Marilyn  con respecto de su propia grandeza es la parte más valiosa de su composición. La capacidad de esta joven actriz de construir la inteligencia particular de la diva desaparecida, es lo que habla a las claras de un virtuosismo que va abriéndose paso de a poco, pero que ha llegado para quedarse. Me gusta más que la mayoría de sus compañeras de generación, incluida la inefable Natalie Portman, que últimamente parece haberse tragado una estaca, endurecida por la vanagloria. ¡Tiemblen estrellitas hollywoodenses, porque Michelle se yergue sobre ustedes, como una sombra alucinante y fatal!

Otro de los grandes aciertos de la historia, además de la impecable puesta de cámara y fotografía, la dirección de arte sin fallas y las actuaciones memorables, es la sensibilidad con la que enfrenta el hecho de que, aún los grandes monstruos que marcaron épocas, como Olivier o la propia Vivian Leigh, se ven marchitos por el abandono de la juventud. Y, por supuesto, no estoy hablando del aspecto vanidoso del asunto, ni siquiera me refiero a la decrepitud física,  si no a eso que motoriza todas las grandes apuestas en la vida y en el arte. Olivier percibe que está quedándose no solo sin años, si no también sin esa fuerza transparente y apasionada. La extraña, la añora, la llora en silencio y aguarda por el milagro que se la devuelva. Marilyn, en cambio, está llena de ella. Es una energía arrolladora que se lleva puestos tanto los corazones como los recursos de todos y, muy especialmente, de su grandioso compañero de escena, a quien enfrenta con sus limitaciones.

La gran Judi Dench, por supuesto, se luce como siempre. Y el joven muchachito, a medida que avanza la película, va abandonando la inocencia y va dejándose ver más y más sensual. Cada pieza de este engranaje está en su perfecto lugar. Todo en este film, es tan pequeño como brillante.

Así que, amigos queridos, se las recomiendo de todo corazón, asegurándoles que les aguarda una pequeña aventura, llena de talento, encanto y verdadera elegancia.

Y no les quepa la menor duda de que me van a tener que correr hasta la Patagonia, antes de que estrene la plancha nueva.

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