A Sala Llena

El Arbol de la Vida, según Julián Tonelli

La inconmensurable belleza de la vida

El concepto de “árbol de la vida” es aquel según el cual toda la vida en la tierra está relacionada. Difícil plasmarlo en el cine, pero no imposible, debió haber pensado el legendario Terrence Malick antes de encarar la realización de su sexta película en más de cuarenta años de carrera. ¿Lo consiguió? Veamos.

El film abre con una cita al Libro de Job, cuando Dios pregunta: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba y se regocijaban todos los hijos de Dios?” De pronto, algo aparece en medio de la oscuridad: una luz, una llama. La Señora O’Brien (Jessica Chastain) recibe un telegrama en el que se informa la muerte de su hijo de 19 años. Su marido, el Señor O’Brien (Brad Pitt), se entera de la tragedia por teléfono. Unos cuantos años después, el otro hijo del matrimonio, Jack (Sean Penn), habla por ese mismo medio con su padre, a quien no vemos, y le confiesa que piensa en su hermano muerto todos los días. Al salir del moderno edificio donde trabaja, ve un árbol.

Lo que sigue es una larguísima secuencia que representa la formación del universo. En off se escuchan las voces de los miembros de la familia realizando preguntas existenciales. Galaxias en expansión, volcanes en ebullición, microorganismos en reproducción. Océanos que rugen, flores que crecen, animales que corren. Eventualmente somos llevados a la orilla de un lago. Un dinosaurio que estaba por matar a otro le perdona la vida y se va. Hay algo de todo esto que nos recuerda a 2001: Odisea del Espacio, y no es casualidad. A los efectos visuales contribuyó el genial Douglas Trumbull, en un regreso notable luego de varias décadas lejos de Hollywood. Otro aspecto en común con el magnum opus de Kubrick es la música, que fluye durante todo el metraje: Bach, Brahms, Mahler, Couperin, Berlioz, y Smetena, entre otros, acompañan las imágenes con toda su exuberancia.

El majestuoso interludio da lugar a la niñez de los chicos O’Brien en Waco, Texas, bajo la estricta educación de su padre. De esta manera las acciones pasan a regirse por las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Gestos, costumbres, retos paternos, rebeldía infantil. La cámara se convierte en los ojos del niño, y su mirada es la de aquél que descubre el mundo por primera vez. En relación con esto no se puede hablar de extrañamiento alguno, puesto que todo objeto aquí resulta intrínsecamente misterioso. El Árbol de la Vida conlleva un reingreso a la atmósfera de esas singulares tardes estivales de la infancia, con sus dejos de ingenuidad, de tristeza, de sinsentido. A ese redescubrimiento se le opone la amarga contrición de la vida adulta por aquello que pudo ser y no fue. Así de importantes y así de insignificantes son los personajes del relato frente a la existencia que lo abarca todo.

El final de este comentario me deja algo frustrado, por cuanto me resulta imposible describir con palabras la inconmensurable preciosidad de lo que vi. ¿Qué es una vida? ¿Qué es La Vida? Tan ambiciosas preguntas no podían obtener mejor respuesta por parte de un cineasta. Malick demostró por qué con apenas un puñado de títulos en su haber es uno de los grandes directores vivos del cine americano. Audaz, ambicioso, magnánimo, su film posee una belleza tan profunda y emocionante que nos enceguece. Por sobre todas las cosas, El Árbol de la Vida es una película insoportablemente hermosa, que hay que saber disfrutar para no perdernos ni un ápice de las sensaciones que nos puede ofrecer.


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