A Sala Llena

Cobertura Ciclo Gainsbourg – Segunda Parte: Las Obsesiones de un Genio Perverso

El jueves 22 de este mes tuvo lugar la segunda y última fecha del Ciclo Serge Gainsbourg en el Teatro IFT, con la proyección de Charlotte Forever (1986) y de Je t’aime moi non plus (1976).

Charlotte Forever es el autorretrato de un Gainsbourg en el ocaso de su vida, con sus obsesiones más perversas llevadas al límite. Stan (Gainsbourg) es un guionista en decadencia. El nombre elegido para el personaje constituye apenas un dato: está claro que el hombre se interpreta a sí mismo. Atormentado por el recuerdo de su esposa muerta en un accidente automovilístico del que él fue responsable, pasa sus días en un antiguo y oscuro caserón junto a su hija adolescente Charlotte (aquí no hubo cambio de nombre, se trata realmente de la hija de Serge) y su cuñado homosexual Leon (Roland Bertin). Stan toma whisky, fuma, se deprime, bromea, cita a Lolita de Nabokov, reflexiona sobre la vida y la muerte, manosea a su hija mientras esta lo acusa de asesino y le miente a su cuñado -que además es su agente- sobre un guión que jamás va a terminar. Sobrevolando todas estas acciones, la idea del suicidio. Stan sabe que la muerte lo visitará más temprano que tarde.

Gainsbourg decidió filmar toda la película en interiores, excepto los flashbacks del accidente. Ese ambiente decrépito de penumbras y madera raída en el que se desenvuelven los personajes es musicalizado por una banda sonora de pop sensual, exuberante y decididamente ochentosa. El director acerca la cámara al culo de Charlotte y se pierde en su contemplación morbosa durante segundos interminables, ilustrando a niveles paroxísticos esa novela de Nabokov que lo desvela. La nínfula en cuestión es su hija, el incesto no sólo se palpa sino que se convierte en juego, en danza, en una dependencia que sustituye a cualquier otra. Stan no abandona la oscuridad de su casa porque el mundo exterior conlleva reglas inaceptables para él. Su entorno debe oler a polvo y a humedad, debe ser enfermizo y degenerado. Rameras gordas correteando por los pasillos, escenas lésbicas bizarras, viejos maricas que lloran por el abandono de sus jóvenes amantes, es éste el hábitat de un animal como Gainsbourg.

El siguiente film en proyectarse fue Je t’aime moi non Plus, que cuenta la historia de Krassky (Joe Dallesandro), un camionero inmigrante y homosexual, y Johnny (Jane Birkin, pareja de Gainsbourg en ese entonces), una solitaria camarera de aspecto varonil. Luego de que estos dos marginales se conocen y se convierten en amantes, él impone la penetración anal como única forma de sexo entre ambos. A todo esto, el celoso amante de Krassky (Hugues Quester) planea matar a Johnny.

La primera película de Gainsbourg exhibe varios puntos flojos, como su esquemático retrato de los gays y unas actuaciones que por momentos rozan la estupidez. No obstante, hay algo inexorablemente patético en sus crudas escenas eróticas que nos impide quitarle los ojos de encima. El entorno desolador del relato, similar al del oeste americano, realza la soledad de sus criaturas, cuyos encuentros sexuales las lastiman, las degradan, las hacen aun más horribles a la vista, puesto que aquí no hay nada de bello en el sexo, tan sólo brutalidad y desprecio.

Para quienes se hayan perdido este ciclo, sólo cabe aseverar que nunca es tarde para escuchar las confesiones de un viejo indecente. A veinte años de su muerte, la figura de Gainsbourg, con su nube de humo y su eterno vaso de Whisky en la mano, se vuelve cada vez más interesante.

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