A Sala Llena

El bobo de Atrás

Pregunta recontra conocida y mil veces escuchada: “¿De qué lado estás?”. Interrogante que, inclusive, ha dado a luz hasta legendarios programas de televisión. Y ojo, no soy de esas personas que anden por ahí obligando a los otros a escoger un bando a lo loco sin sombrero. Pero sí soy de las creen que “se respeta lo respetable”. Es decir: entiendo perfectamente que podamos estar en las antípodas en términos de opiniones y elecciones, pero lo que me siento compelida a respetar es tu espacio y derecho de opinión, no tu opinión en sí. Porque si vos crees y defendés, justamente eso que yo me pasaría la vida combatiendo, no me podés pedir que respete tu opinión, solo tu espacio y libertad de opinar…

Y sí… cosas como esta, así de divertidas y simpáticas, me han llevado a discusiones interminables (zapatazos y sapucays incluidos) con toda mi prole.

Pero esa pregunta, siempre me da vueltas por la cabeza, en sus múltiples variantes: ¿De qué lado estoy? ¿Estoy del lado correcto? ¿Si yo hubiera estado en tal o cuál lugar, en este o aquel momento, de qué lado hubiera estado? ¿Me avergonzaría? Debo confesarlo, amigos: algunas veces pienso que hubiera sido parte del bando equivocado, del bando malvado, del vergonzante. De ese bando que todas las familias tratan de mantener oculto para la posteridad. Y eso es por una simple y sencilla razón: el miedo.

Verán, las causas que defiendo ahora con uñas y dientes, coyunturalmente, son más fáciles de defender hoy, que hace treinta, cuarenta o más años atrás. Es decir, mis “luchas” han ganado mucho terreno en occidente, en la última mitad del siglo pasado y la primera de este. Pero, a menudo me interrogo acerca de lo que hubiera hecho, si tuviera que defenderlas en tiempos o lugares, aún más adversos que estos.

Hace varias semanas que vengo masticando esta columna. Me tomé mucho tiempo para ponerla en papel porque, todavía ahora, no sé bien si me he podido proporcionar respuestas satisfactorias, habiendo pensado y re pensado mil veces todo el asunto.

Hará un mes atrás, tal vez un poco menos, HBO estrenó su nueva película, The Normal Heart. Adaptación para televisión de la obra de Larry Kramer, que lleva el mismo nombre y se basa, semiautobiográficamente, en lo que fue la primera organización no gubernamental de hombres gays en emergencia sanitaria, durante el primer brote de SIDA en la ciudad de Nueva York. Así, la trama transita esa terrible primera aproximación al virus, que hasta ese momento se creía privativo de los homosexuales y del que no se sabía absolutamente nada. Estos hombres, se armaron literalmente con nada más que su valentía, su coraje, su amor y su desesperación, para contener a una comunidad, que se sumergía lentamente en el terror y la muerte, mientras el gobierno les daba asquerosamente la espalda.

La película, dirigida por Ryan Murphy, es cruda y honesta. Se te para enfrente con situaciones verdaderamente difíciles de capear. La enfermedad y la muerte te pegan regios sopapos en la cara, junto con la verdad de las cosas: el miedo y la indiferencia convierten al ser humano, en una magnífica máquina del mal.

La obra, devenida ahora en cinta, desnuda todos los tipos de cobardía, desinterés, odio y ensañamiento. Los de la comunidad médica, los de los heterosexuales, los de las propias víctimas, los del gobierno, los de la prensa… Y de esa manera, nos pone adelante un amargo espejo, que refleja de manera brutal, lo que somos capaces de generar con nuestras conductas cuando, como masa, nos comportamos sumidos en la ignorancia, el temor al diferente, la intolerancia, el fanatismo y la estupidez. Y seamos francos, si hay algo de lo que el mundo está lleno es de fanáticos, estúpidos e ignorantes, por ende, la lucha “es cruel y es mucha”.

Como ser humano que está a milenios de la iluminación, puedo decir con total honestidad, que me preocupa muchísimo mi propio miedo y el monstruo en que me convierte. Es decir, ahora, que gozo de plena libertad de expresión, que aun cuando pago algunos precios por ser una mujer y además libre, puedo decir y hacer lo que quiero; que salgo a manifestarme públicamente en favor del matrimonio igualitario e igualdad de derechos para todos, en favor del aborto no punible y fervientemente en contra del machismo y todas sus formas y manifestaciones, pienso: ¿Qué hubiéramos hecho mi miedo y yo, en ese momento?

Como espectadores, frente a un film, estamos siempre a merced del proceso de identificación con los personajes. Es de ahí de donde se agarra cualquier material, para contarnos su historia, y hacérnosla sentir. En general, nuestros afectos y aproximaciones, suelen dar vueltas alrededor de los personajes principales y sus faenas y gestiones. Pero qué pasa cuando somos honestos con nosotros mismos, y miramos el fondo de la foto. Cuando vemos a los pequeños personajes, a los “Soldados Imperiales”, a los “Orcos”, a los “Stormtroopers” y es allí donde nos vemos reflejados. No en los grandes villanos, no en los hijos de puta portentosos, no en los asquerosos y conscientes “agentes del mal”, que en esta película los hay y muchos, si no en los otros, en los bobos, en los grises de atrás.

Todas las veces que vi esta película (y ya van unas cuantas) se me venía adelante un personaje oscuro y diminuto, que aparece para montar una escena y erigirse en símbolo del hombre común, el hombre-masa, dentro del relato. Un técnico de televisores, que se niega a entrar al pabellón de enfermos de SIDA a arreglar algunos aparatos que están descompuestos. En la escena, el tipo, aterrado de contagiarse, insulta a una médica (interpretada por Julia Roberts), veja a la comunidad homosexual, se niega a entrar al lugar y dice que si el sindicato lo obliga, renunciará. En sus ojos se ven a iguales proporciones el terror, el reproche y el odio. Porque, por supuesto, cuando algo terrible está pasando, una de las primeras cosas que hace el miedo, es endilgar culpas. Este personaje me hace sentir verdaderamente incómoda, vulnerable y vil porque, es con él, con el que termino identificándome muy a mi pesar. Y me siento avergonzada e indigna.

La mayoría de nosotros, no somos los grandes héroes del relato, somos “el bobo de atrás”. No somos los que ponen la vida en juego para salvar al prójimo, para darle una salida, para amarlo y respetarlo como a nosotros mismos. No somos los que se sacrifican, ni siquiera somos las víctimas… Somos los del medio, los sonsos que se dejan llevar de las narices por la cobardía y el instinto, tan primario como humillante, de salvar antes que nada el propio pellejo. Los hipócritas, los cómodos, los soldaditos de batallas de la boca para afuera, los contradictorios, los acojonados, los viejos, los ignorantes, los indiferentes…

¿No están cansados de tener miedo? Yo estoy tan cansada… Tengo miedo a enfermarme, a morir, a que alguien que amo se enferme y muera, a no vivir, a no sentir, a no amar, a no hacer, a envejecer, a no envejecer, a los otros, al poder de los otros, a mi propio poder, a que Dios me castigue, a la maldad, al fundamentalismo, al fanatismo, a los terroristas, a los chupacirios, a la estupidez ajena y a la propia…

Estoy tan cansada. Tan, tan, tan cansada de tener miedo…

Hace unos días, el arzobispo de La Plata, monseñor Hector Aguer declaró en una misa que “La homosexualidad es una abominación amparada por la ley”. Profirió estas declaraciones en un ámbito en el que, seguramente, había niños escuchando, educándolos así en el odio y el oscurantismo.

Soy de las que creen en el amor de Cristo y en la libertad absoluta de los seres humanos para amar y expresar ese amor. Soy de las que pueden desear a una mujer y a un hombre con la misma intensidad. Soy de las que creen que la Iglesia es misógina, homofóbica e intolerante y también de las que rezan en la noche por sus seres queridos. Soy una de las bobas de atrás, de las tontas del bote, de las boludas del batallón, de los grises del fondo, de los rellenos de empanada de la vida y, como tal le digo, “monseñor”: Es usted un REVERENDO hijo de puta, un sorete con nombre y apellido, un gusano del infierno y una MALA PERSONA. ¡VÁYASE A LA MIERDA!

Y esto lo digo saltando por fuera del montón, para que se me pueda ver bien la cara y el rayo no parta a otro. Porque, de vez en cuando, hay que dar aunque sea una pequeña batalla, una patriada de salón, un combate que nos saque de la vergüenza y la ignominia.

El miedo es el único antónimo real que tiene el amor…

Gracias Larry Kramer, por The Normal Heart, esta obra tan maravillosa y cercana a lo mejor del espíritu humano, que me hace seguir buscando y trabajando, en ser un ser humano que ame más y mejor. No la olvidaré nunca.

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