A Sala Llena

El Camino del Vino

El Camino del Vino (Argentina, 2012)

Dirección: Nicolás Carreras. Guión: Nicolás Carreras. Producción: Christoph Behl, Tomás Cohen, Juan Francisco Di Nucci. Elenco: Charlie Arturaola, Pandora Anwyl, Donato de Santis, Michel Rolland. Distribución: Juan Di Nucci, Tomás Cohen. Latte S.R.L. Duración: 95 minutos.

A cada oficio se lo identifica inmediatamente con alguna parte del cuerpo; si decimos “obrero” hay brazos, si decimos “psicólogo” hay oídos, para “artista”, las manos, para “fotógrafo”, los ojos. También la totalidad de la persona suele desaparecer detrás del rol. El protagonista, el sommelier Charlie Arturaola, parte de la pérdida del sentido de su paladar para encontrar su completa identidad. En efecto, desde el comienzo, él es un paladar andante mejor considerado por su capacidad de degustación que por lo que dice y, aunque es presentado como un personaje reconocido internacionalmente, a quien las mejores bodegas piden opinión, no encaja en ninguna parte, ni siquiera en su matrimonio. Por otro lado, en un entorno típico de la high society rebosante de esnobismo, con hombres y mujeres extremadamente elegantes, Charlie es un “sudaca”.

De repente, y sin demasiadas explicaciones (sin desmerecer esta característica que le otorga cierto aire de cuento de hadas al relato), nota que su herramienta de trabajo está fallando y, lo peor de todo, que eso se está volviendo evidente entre quienes lo respetan. Esto lo obliga a emprender un viaje en busca del mejor vino mendocino que pueda reavivar su don natural, derivando en una búsqueda de sus orígenes. El vino es espíritu, amigos, romance, familia, unión y reunión, espacios que el protagonista irá descubriendo en su trayecto de descenso social: de las degustaciones en los lugares más exclusivos de Europa al vaso de vino de damajuana con soda en una humilde casa de la provincia de Mendoza.

La película está filmada con cámara en mano a modo de falso documental con algunas cuotas de realidad. Es como si estuviera partida en dos, como un vaso medio lleno en muchos aspectos de su puesta: realidad y ficción, ricos y pobres, hombre y mujer, familia o negocios, dueños y empleados, ser o no ser. El relato puede resultar naif y sencillo, por momentos algo estático y con aires de marketing, pero tiene un sentido del humor muy tierno, y Arturaola es un personaje con el que es fácil simpatizar porque es un gran perdedor que juega el papel de ganador que nos va desnudando sus fracasos (no el del laburo, otros más graves), conformando entonces al hombre detrás del paladar. La escena más emotiva es aquella de los viejos que aprenden a catar vino con él. Por otro lado, es de destacar la mejor frase de toda la película, que nace en boca de Don Arturaola padre, dirigida a su nieto, y que sella el sentido de la película: “Y le voy a decir la verdad, los hombres que son hombres se han hecho pa’ sufrir”.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

También te puede interesar...

Argentina, 1985

LEER MÁS →

Mete miedo

LEER MÁS →

Rubia (Blonde)

LEER MÁS →