A Sala Llena

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El Chico de la Moto y la Chica de la Motocicleta…

El Chico de la Moto y la Chica de la Motocicleta…

Mi padre era motociclista. Tuvo sus épocas doradas de corredor exitoso en su muy temprana juventud y, durante sus veinte, mientras estudiaba, se la pasaba en la ruta viajando en su motocicleta, viendo como el sol se ponía y salía por la pampa infinita. 

Cuando se casó, tuvo la suerte de que su mujer lo acompañara en sus aventuras y fuera también una buena piloto, así que tuvieron un feliz y largo tiempo de amor en dos ruedas.

Con los años, llegamos las hijas. Al principio, parecía que mi viejo no iba a poder despuntar el vicio con ninguna de las dos. Yo no mostraba la más mínima habilidad para el volante (eso que él se esforzaba pobre) y mi hermana, tardaba en pegar el estirón necesario para enseñarle a manejar. Teniendo en cuenta que yo tenía 8 y mi hermana 5 o 6, era de esperar que no llegáramos a los pedales. Pero él no se rindió nunca, envalentonado por el hecho de que a mis dos añitos, con la niñera en el asiento del acompañante, yo me las había ingeniado para darle arranque al Torino de mi abuelo y había manejado exitosamente por dos largas cuadras. La pobre chica se tiró abajo del asiento y no asomó ni la cabeza, hasta que el auto se detuvo. Mi hazaña es recordada todavía por toda la familia. Eso sí, fue la única que tuve al volante, como en muchos otros aspectos de mi vida, con el asunto del pilotaje, no le hago honor a mi apellido.

Desde muy chicas, mi hermana y yo, manejamos motocicletas.  Mi padre nos las compraba y nos dejaba conducirlas y andar por el pueblo como quisiéramos. Yo manejaba bien “técnicamente”. Sentía la moto, no sufría demasiados accidentes y no tenía miedo. Pero era distraída, papaba moscas, me gustaba visitar a mis novios de pueblos vecinos y salir a la ruta sin el casco, me tragaba bichos (novios y de los otros) y, más de una vez, me cobraron alguna que otra multita. Igualmente, entre la moto y el auto, soy lejos más confiable en moto.

Por otro lado, mi hermana era enteramente otra cosa. La Negra era piloto por instinto (como Maverik), por genética, por naturaleza lisa y llana. A los diez años se subió a su primera moto,  una YAMAHA 100, gris plata que mi viejo nos trajo y salió manejándola como si lo hubiera hecho desde el vientre materno.  La montaba casi todo el día y parecía que se fundía con el tanque. Ella, menuda y morena; la moto, bajita y plateada, con las ruedas robustas, como si la hubieran diseñado a su exacta medida.

La última que tuvimos, antes de venirnos para Buenos Aires,  fue una VIRAGO 250, chopera. El sueño de cualquier pendejo que alguna vez haya visto una película motoquera.  No era una Harley pero… Era preciosa. Brillaba bajo el sol de manera voluptuosa y era sexy como el diablo. Después de eso, nadie durmió la siesta tranquilo.

A mí me gustaba manejar la moto. Me gustaba el viento en la cara, el olor del pasto en la banquina, el sol bronceándome el pecho y los brazos, las botas de cuero quemándome en los pies y el cura quejándose por radio de que andaba en corpiño paseando por el pueblo. Pero a la Negra le gustaba la moto. Le gustaba el bramido del motor, le gustaba como temblaban los pedalines, le gustaba la velocidad que alcanzaba, le gustaba probarse a sí misma como piloto, le gustaba saborear el peligro y doblegarlo con su habilidad. Era temeraria. Tal vez fue por eso, que su primer gran amor fue “El chico de la moto”.

Si, había un muchacho en el pueblo (tal vez en todos los pueblos hay uno), de esos de los que los padres esconden a las hijas mujeres, de esos que salen cuando ya está oscuro, envueltos en su misterio, con los ojos iluminados por el reflector de su motocicleta. Recuerdo que, en las noches de verano, mi hermana y yo solíamos sentarnos en la vereda para verlo pasar. Ella podía distinguir, incluso desde muy lejos, el sonido del motor. Nos quedábamos hasta muy tarde, comiendo caramelos, hablando y esperando que pasara una y otra vez. A veces, justo frente a nosotras, colgaba la moto e iba cuadras y cuadras en  una sola rueda, dejando una estela mágica frente a nuestros ojos. Era increíble, muchacho y máquina se convertían en una sola cosa. El miedo desaparecía, y todo resultaba natural, balanceado, incluso pacífico.  A las claras podía verse que había nacido para eso porque, cuando algo resulta así de bello, así de peligroso, así de libre, uno no puede pensar más que en lo poderosos que son los dones de los seres humanos.

  

Desde siempre, las motocicletas han aparecido en el imaginario colectivo,  como un sinónimo de la libertad. De hecho, solo hay que montar una y salir a la ruta, para sentir que se va a algún lugar importante. Tal vez no sepamos donde, pero ese destino existe.

El cine ha hecho grandes cosas sobre esas hermosas ruedas. Algunas, redondamente inolvidables.

Como  ya se habrán dado cuenta, por estos días estuve viendo La Ley de la Calle, la legendaria película de 1983, de Francis Ford Coppola, que narra la historia de dos hermanos que se amaban, pero que estaban profundamente perturbados.

Matt Dillon encarnaba a Rusty-James, un pandillero que lloraba la desaparición de las pandillas  e idolatraba patológicamente a su hermano mayor, Mickey Rourke, quien ostentaba el nombre más que sugerente de “El chico de la moto”.  Uno de los primeros planos del film, hacía foco en un cartel con forma de flecha, en el que alguien había escrito la frase “El chico de la moto reina”.

Y si, el chico de la moto reinaba.

El personaje de Rourke era perfecto. Salvaje, callado,  filosóficamente marginal, poéticamente loco, pleno de misterio y sexualidad desbordante. No podía ver los colores, era daltónico (la película era en blanco y negro) y caminaba despacio, fatigosamente, con su cigarrillo en la comisura de los labios y su mirada profunda, desencantada, desesperadamente sabia. Él era lo más cercano a la libertad que había en el film. Una libertad dolorosa, solitaria, casi muda, que lo volvía increíblemente frágil y triste. Por supuesto, se movía en motocicleta y poseía una especie de conocimiento innato acerca de la naturaleza humana y del destino oscuro de los hombres, que lo sumergía en un humor resignado y lo destinaba a la tragedia.  Un personaje secundario, mientras jugaban pool en un bar, lo describía como “Un príncipe… Realeza desterrada…” y él era exactamente eso. Un faro de melancolía, que ardería sin remedio, en plena juventud.

Otro personaje que me vino a la cabeza por estos días, fue Rebecca. Aquella mujer, recién casada, que decidía dejar a su marido para enfundarse en un traje de cuero negro, subirse a una Harley Davidson y salir a la ruta en busca de su amante, en la mítica cinta La Chica de la Motocicleta”  de Jack Cardiff. Lo más irónico es que, había sido el propio amante, quien se la había dado como regalo de bodas. Ella era Marianne Faithfull, él era Alain Delón y la ruta era muy larga.

La protagonista se embarcaba en un viaje iniciático, que la llevaría hasta los confines de su propia conciencia. Era un viaje físico, sexual, mental y moral. El film era provocativo, psicodélico y, para su tiempo, muy osado. 

Plagado de planos de larga duración, de desnudos sudorosamente blancos y haciendo uso y abuso de la belleza de ambos protagonistas, el director lograba contar una historia cruel, sobre el amor, el desprecio, la juventud y la muerte. Era una obra que representaba redondamente a su época pero que, todavía hoy, puede ser una ventana hacia el universo femenino y su complejidad sexual y emocional. La película explotaba a fondo el hecho de que Marianne fuera la fantasía sexual de cualquier hombre, montándola nada menos que en una motocicleta. Otra vez esa metáfora de la libertad, llevada a la gran pantalla, arrasando con la cabeza de todo espectador sugestionable.

Por supuesto, a ella también la esperaba la tragedia al final del camino. Verán, era demasiado hermosa, demasiado pura, demasiado joven, demasiado inteligente, demasiado salvaje. De alguna manera, siempre esperamos que los personajes así de brillantes, así de destellantes, así de cegadoramente aterradores, desaparezcan temprano en alguna explosión del universo.

Será porque nos ponen frente a nuestra propia cobardía, frente a nuestra propia domesticación o, peor, frente a nuestra vejez incurable, que muchas veces nos tranquiliza la idea de que mueran jóvenes. Tal vez porque la envidia que genera un ser completamente libre sea difícil de soportar o por el hecho de que verlos sufrir en su maravillosa singularidad, se hace demasiado duro. De una u otra forma, terminamos siendo astros opacos, frente a la belleza fulgurante de una estrella fugaz.

Muchas veces, sentada en algún restaurante de Las Cañitas, suelo quedarme largo rato mirando a los viejos  que bajan de sus súper motos, enfundados en sus trajes más que obvios, buscando algo que se les perdió mientras trataban de hacer la guita que ahora les permite manejar esos monstruos sagrados. En general, los veo llegar manejando como el culo, muy inseguros y aficionados. Todos sonríen, piropean a las camareras, hablan demasiado alto y se comportan de manera patética. Al principio me resultaban unos idiotas insoportables pero, con el tiempo, he aprendido a verlos con cierta compasión y hasta con genuina simpatía.  Pocas cosas duelen más que la juventud perdida, que la libertad perdida, que la desaparición lenta y fatalmente imperceptible de nuestro propio espíritu originario.

Quién después de todo, no ha querido alguna vez evadirse, desaparecer, tomar la motocicleta y salir al camino, aferrándose a algo que el tiempo va a destruir tarde o temprano. Muchas veces sueño con Peter Fonda, en su Harley, junto a Dennis Hopper y Jack Nicholson en Busco mi Destino, manejando rumbo a Nueva Orleans, completamente locos, buscándole sentido a la vida, desenmascarando la hipocresía asquerosa de un sistema intolerante y perverso.  Esta road movie de 1969 (del propio Hopper),  ponía de manifiesto el doble discurso de una época en la que Estados Unidos se llenaba la boca hablando de la tierra de los justos y el hogar de los libres, pero se horrorizaba y castigaba a sus rebeldes, marginándolos y segregándolos de la manera más cruenta.  Tal vez a esta película, que ahora resulta un poco torpe pero sigue siendo un clásico indiscutido, se le deba una de las primeras actuaciones memorables de Jack Nicholson.

Por supuesto, hay miles de películas en donde la moto es la estrella. Suelen ser casi siempre a cerca de la rebeldía, a cerca de la juventud, de la sexualidad fuera de control, del poder absoluto, de la necesidad de encontrar la propia identidad e, inclusive, del cambio total del estado de la conciencia y de la percepción del mundo. Es que la moto, como algunas películas, puede ser un pasaje, una puerta, una entrada escondida hacia algo emparentado con nuestra esencia más primitiva, más pura, menos corrupta y menos sometida. No es casualidad que  el viaje que le cambió la vida al Che, fuera en una motocicleta, y no es casualidad tampoco, que el cine ya se haya encargado de retratarlo de la manera más exquisita.

Es que arriba y acelerando las cosas se ven mejor, más claras, más directas. Sin tantos adornos o vueltas o engaños o ilusiones estúpidas. Tal vez por eso la vida y el cine la elijan siempre como símbolo sagrado de juventud.

  

La motocicleta…

 

Hace muy pocos días, en mi lejano y legendario pueblo, en el que vuela la tierra y silba el viento, se murió un muchacho.  No sé muy bien qué pasó, tal vez se quedó dormido, tal vez perdió extrañamente el control, tal vez lo distrajeron las luces de la madrugada.  Nada es seguro a esta altura. Lo que sí sé, es que ese muchacho había sido espléndido y fue el primer gran amor de mi hermana que, agarrada fuerte a su cintura,  solía dejar que la llevara a volar en su motocicleta, con el aire limpio del verano en la cara, la sangre roja de la juventud indomable fluyéndole en las venas y el asfalto ardiente, vencido  y conquistado, rindiéndose a sus pies.

 

El chico de la moto y la chica de la motocicleta…

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