A Sala Llena

El cine está en todas partes…

Son aproximadamente las siete de la mañana en Aruba. Todo está muy quieto en el hotel. La pileta descansa, la gente no hace ningún ruido, el sol apenas acaba de salir y, desde la ventana de mi cuarto, puede verse el mar en calma más transparente que nunca, los barcos dormidos, el cielo plateado y a dos viejos que se levantaron re temprano para nadar desnudos. ¡Bien por ellos qué carajo! Después de todo, este paraíso te conecta de nuevo rápidamente con tu parte salvaje, con tu parte caliente, con tu parte incivilizada y más que nada, con tu parte “all inclusive”.

Es mi penúltimo día aquí y ya llevo tiempo largo queriendo hacer berrinche por eso. Trato de comportarme porque  estoy grande para tirarme al piso a patalear,  a gritar que no me quiero ir y a hundir mis delicadas garras en la arena, de manera tal que la única manera de llevarme, sea a la rastra causando flor de escándalo. Pero, la verdad, es que me dan unas ganas locas de hacer eso. Me encanta aquí. El mar siempre fue mi amigo y en este lugar muestra su lado más pacífico, más amoroso, más suave y delicado. Te hace sentir arrullado, tranquilo, tibio… Es un lugar casi de pertenencia aunque seas extranjero y yo que, como ustedes saben, siempre quise ser una sirena… En fin, es muy difícil rajar de acá…

Pero, la ilusión de volver a casa, no se desvanece del todo tampoco. Es una paradoja interesante, llena de infantilismo, estupidez y falta de cancha para lidiar con los caprichos.

Estuve reflexionando y pensé que, muchas veces, un viaje se parece bastante al “camino del héroe”. No al pedo suele usarse la palabra viaje, para describir el periplo aventurero de algún personaje, después de todo, hasta podemos usar casi los mismos términos para el recorrido tanto del turista inocente, como del héroe rutilante de alguna aventurilla ficcional. Partimos de casa,  ponemos el primer pie en el camino, comenzamos a transformarnos, el lugar empieza a trastocarnos, a tallarnos, a calar en nuestro espíritu de manera permanente; nos modifica, entramos en contradicción con el mundo, pensamos en jamás regresar, contemplamos, aceptamos y volvemos a casa, cambiados, pero al punto de partida.

No me traje material de lectura, por lo que, aparte de las faenas amatorias, las comilonas sensuales y las excursiones  turisteras, lo que hago todo el tiempo es pensar en películas. Pienso en películas que se desarrollan en el Caribe, películas que se desarrollan en el mar o en un barco; en una isla perdida o en un hotel  glamoroso lleno de alfombras y de puertas, en un submarino o una plataforma marítima, en una pileta y qué se yo cuantas cosas más. Películas de viajes, películas de arena o desierto, películas, películas, películas…  Así desfilaron por mi mente, La Laguna Azul, Titanic, Piratas del Caribe (la saga entera), Splash, La Sirenita, Buscando a Nemo, Mar Adentro, Terror a Bordo, Algo para Recordar, Yo amo a Shirley Valentine, La Aventura del Poseidón, El Talentoso Señor Ripley  y A Pleno sol, Los Aventureros, La Piscina y un millón de films más, que me desfilaban por la mente de manara pacífica, pero casi incesante. Llegué más o menos hasta El Regreso del Corcel Negro y El Vuelo del Albatros, así que, imagínense la sarta de cintas que se me han aparecido por estos días. Les confieso amigos, no he tenido un solo minuto de aburrimiento aquí. Tanto el cuerpo, como la mente y el espíritu, parecen  estar saciados permanentemente si no es por conclusiones de tipo  “existenciales”, es por pequeños pensamientos  y emociones juguetonas y placenteras, que van nutriéndote a diario y se  te trepan por todos lados. Es inesperada la sensación de bienestar “mental” que te invade y como desaparece la ansiedad y la voracidad que suele atraparlo todo en otros lugares menos hospitalarios del mundo. Aquí  la gente canta y baila y charla con desconocidos y chupa a lo loco (probablemente por eso hable con desconocidos) y fornica y come y grita y nada y se mueve de manera sensual  luciendo despampanante todo el tiempo. Aquí, de verdad, todo el mundo es lindo. Es como si todas las partes de los cuerpos, ya sean gordos o flacos, blancos o negros, viejos o jóvenes, asumieran formas de armonía verdadera y de profunda belleza y gracia. En fin, me estoy yendo por las ramas y lo que yo quiero es hablarles de dos películas en particular que se me cruzaron en el camino por estos días. La primera: Tiburón.

Ya he mencionado esta película, estrenada en 1975, del superdotado Steven Spielberg, que costó 7 millones de dólares y recaudó 470,650 millones más, convirtiéndose en la película más taquillera hasta el arribo de Star Wars. En la columna la repasamos varias veces, pero esta es diferente. La cosa tiene que ver con una excursión que hicimos hace unos días, en un catamarán muy hermoso, para hacer snorkel y ver los corales y los pececitos de colores y patatín y patatán.  Esas cosas que uno hace cuando está en una isla del Caribe… La aventurita arrancó fenómeno: todos con las antiparras, tubitos para respirar y patas de rana (acá les dicen chapaletas), listos para echarnos del botecito a la Jack Cousteu y ver lo secretos del mundo submarino. Primero paramos para ver un coral cerca de la costa y todo estaba perfecto. Lindo, lindo, lindo romántico, colorido, lindo, lindo lindo… En la segunda parada la cosa se complicó un poco, cuanto menos para mí.

Paramos a ver un barco hundido. Un acorazado alemán de la segunda guerra mundial, cuya tripulación lo había malogrado apropósito, ante la inminente e inevitable llegada de los holandeses al abordaje.  Resulta que el barquito en cuestión, estaba un poco mas mar adentro, quince metros para abajo. Todo venía bien. Nunca le tuve miedo al mar, así que, hasta ahí pensé que la podía pilotear tranquila. Pensé, pero me equivoqué. Íbamos con mi chuchi, tomaditos de la mano, admirando el barco que parecía una especie de cadáver cubierto de corales, cuando de repente, tomé conciencia de lo adentro que estábamos del océano. Hasta hacía un ratito nomás, el agua era transparentemente turquesa o verde, pero en ese momento me di cuenta que ya se había vuelto de un azul profundo interminable y que, de verdad, el fondo ya no podía ni adivinarse. Vi como un pelado se sumergía de manera sobrenatural hasta desaparecer en las ruinas del barco y entonces sucedió: los acordes comenzaron a sonar en mi cabeza de manera aterradora. Poo-pom, poo-pom… Allí estaban, en mi mente afiebrada y sobre estimulada, los acordes de Tiburón. Una sensación de terror me atenazó el estómago convirtiéndolo en un nudo apretado y sufrido, y allí mismo imaginé el locutor del tráiler diciendo: “Lo que comenzó como un viaje de placer…” y la gente largándose a gritar y a desaparecer de la superficie del agua dejando rastros espantosos de sangre. No les puedo explicar la velocidad que agarré con las patas de rana para volver al catamarán. Mi hombre no podía alcanzarme bajo ningún punto de vista. Llegué a las escaleras y las subí olímpicas con las chapaletas puestas. Me quedé mirando todas las cabecitas flotantes, con sus antiparritas amarillas, riendo contentas, mientras yo esperaba que de momento a otro asomara su trompaza el tiburón blanco de la legendaria cinta cinematográfica y se los morfara pedazo a pedazo a todos. 

Más tarde, charlando con mi hombre y riéndonos un poco de toda la situación, me enteré que existe un tipo de fobia llamada “selacofobia”, que define al miedo a los tiburones y que muchos psicólogos se la achacan específicamente a la película. El asunto es que nadie puede olvidar a esa criatura gigantesca, que asomaba sus fauces asesinas, tratando de manducarse a cuanto bañista desprevenido andaba por ahí.  

Risa va y risa viene,  convinimos en que el cine y su magia, tienen la habilidad de cambiar al mundo y a la realidad, modificando contundentemente la psiquis y el comportamiento de las personas.  De todas maneras, siempre es bueno reencontrarse con este clásico, si no para entretenerse, para recibir una de las lecciones más formidables de cinematografía y dirección, de toda la historia.

Otra peli de la cual me acordé y me gustaría recomendarles de manera entusiasta es Ángeles e Insectos de Phillip Haas, basada en la novela de A.S Byatt.  A esta también se las he mencionado alguna vez,  pero quiero ser enfática hoy, para que vayan corriendo a su videoclub amigo y vean si pueden alquilarla aunque sea en videocasete. A mí me la presentó hace unos cuantos años, Boy Olmi, en aquel programa de cine que hacía no me acuerdo bien si en Encuentro o en la televisión Pública. El programa no tenía desperdicio. Recuerdo que de allí también pesqué La Novia Polaca entre otras maravillas. 

Me acordé de Ángeles e Insectos,  porque anduvimos de gire por una granja de mariposas que nos voló el bonete. 

En la película, un naturalista victoriano pobre (Adamson) que vuelve del  Amazonas sin un mango, se va a trabajar a casa de una familia aristocrática, los Alabaster, clasificando una colección de insectos, entre ellos, mariposas maravillosas.  Allí conoce a una mujer hermosa, rubia y blanca como la nieve,  hija mayor del viejo Alabaster, que esconde un secreto horripilante y que, casándose con él, convertirá su vida en un infierno. Con misterios presentidos y latentes, climas extraordinariamente tensos y una narrativa refinada y exquisita, este film se transforma en una joyita pulidita y destellante, digna de ser guardada en la videoteca de la casa si se la consigue a la venta en algún videoclub perdido por ahí.

Recuerdo particularmente una escena, en que la rubia es primero besada por las mariposas y luego y de manera perturbadora, atacada por ellas. Aun cuando las mariposas no pueden hacerle daño alguno, la escena es angustiante, atemorizante y da cuenta de que dentro de la mina, existe una verdad emparentada con el mal, que hace que hasta las criaturas más inofensivas de la tierra, quieran atacarla.

En la granja de mariposas todo era hermoso, pero me acordé de aquella escena legendaria, que arrancaba pacífica y terminaba de manera tumultuosa sin razón aparente. El cine está en todas partes…

Ahora estoy tranquila, sentada en unas de las galerías del hotel, tipeando, contemplando a la gente que se baña en la pileta,  tomando carrera para ir a la playa y festejar a lo loco este día en Aruba, tratando de no pensar demasiado en la partida, para no tener que soltar el lagrimón.  Hay que volver a laburar o, por lo menos, a regar las plantas.

Besos para todos y la próxima va desde Buenos Aires.

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