A Sala Llena

El Cisne Negro y la disciplina de una bailarina de ballet

Un cisne negro nos deleita con movimientos exactos, precisos y delimitados. Coreografías que se extienden mas allá del baile a todo el entorno, como una onda expansiva, las diferentes cámaras también juegan en el mismo devenir del movimiento. Música misturada con aves, aleteos rapaces capaz de arrebatarnos. Sin percibirlo, todo está  exactamente demarcado para atraparnos en una eterna sed de oscuridad, atacando nuestro narcisismo y quebrando nuestra ilusión de llegar primeros, de ser los únicos perfectos trascendentes antihéroes.

Darren Aronofsky encuentra esta vez en el ballet una excusa para pasearnos en los inframundos emocionales. El ballet es una danza en la cual confluyen varias artes: músicos, compositores, escenógrafos, pintores, modistas, escritores, coreógrafos, etc, y que originalmente en sus inicios fijó cinco posiciones básicas de los pies, que son las mismas que se aprenden delante de la barra en la primera lección de esta danza y que como letras en un abecedario, ayudan a fortalecer músculos que luego nos ayudarán a tener mayor habilidad y control de los movimientos y destreza.

A lo largo de su historia, grandes bailarines han ido estudiando y estilizando la danza, buscando formas que armonicen con las líneas naturales del cuerpo. Y ahondando en la expresión de mayor fluidez, precisión y belleza a través del movimiento.

Se requieren años de entrenamiento arduo y muchísima disciplina para llegar a ser un apto bailarín o bailarina de clásico, lo que no quiere decir que sea garantía de su consagración. Ya que unos pocos llegarán al podio, que como en la realeza, el cetro pasa de mano en mano, y les llega solo a los que por algún motivo han tenido el merito o el charné para ser elegidos.

La técnica de ballet redunda en beneficios y también en daños, dependiendo de la aptitud inicial de nuestro cuerpo, este puede formarse o deformarse. Su música es mas que terapéutica, y mientras que hay escuelas que han seguido una tradición de formación y acompañamiento, otras han educado y educan a través de métodos ya bastante obsoletos y violentos, que sobre exigen a sus bailarines tanto física como emocionalmente.

Cuerpos que nacen, se forman, y desarrollan para una danza calculada, un pie detrás de otro, en hilera derechitos, articulados, desarticulados; Uno, dos, tres, Plié, uno dos tres relevé… Uno dos tres pasos, perfectamente, incluso industrialmente iguales. ¿Quién lo hace muy bien? ¿Milimétricamente bien? Cuerpos tras cuerpos, unos llegan otros no, cada uno se frustrará a su debido tiempo, tal vez  cuando ya no sirva.

Qué extraño que es repetir hasta el hartazgo los mismos movimientos precisos, esperando detrás del telón nuestro gran momento vital por el que hemos sido entrenados. Una danza perfecta, por cada letra de ella bien articulada, claro que el discurso algunas veces podrá ser propio. “Propio” dentro de lo posible en una sociedad de consumo que se consume a sí misma.

Darren Aronofsky se sirve de este mundo acabado y perfecto, como puente para  preguntar por el verdadero movimiento, el movimiento propio, lo que está dentro del aparente movimiento de la perfección. ¿Qué vamos a hacer con la bestia? Ese pajarraco oscuro que nos come por dentro al que hemos intentado domesticar? ¿No es acaso patético el narcicismo de este mundo de cajita de cristal refractario, en el que estamos inmersos?

Habría que desarrollar alas para volar, y no temerle al suicidio del cisne. ¿Cuál será la forma que nos permita quebrar el cascaron y salir íntegros a la superficie?

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