A Sala Llena

El difícil arte de Nora…

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Creo que ya es tiempo. Si, lo pospuse demasiado, y ya es hora. Este martes lluvioso, regido por el viento es el día en el que, por fin, voy a rendirle mi pequeño y muy sentido homenaje a Nora Ephron. No es que no quisiera aceptarlo, ni que tratara de evitar la verdad. Es solo que, por un tiempo, quería posponer esta despedida.

Mi amigo Rodolfo Weisskirch de “A SALA LLENA”, me comentó hace unos meses, que le resultaba raro que yo todavía no hubiera escrito nada sobre Nora después de su muerte. Le dije que lo haría en algún momento, pero recuerdo que en aquella ocasión, pensé en postergarlo indefinidamente. Me cuesta mucho despedirla, sobre todo porque siento que todavía no se fue para ningún lado. Está aquí, en mis dedos, en mis ideas sobre el cine, en mi manera de ponderarlo; y su legado es tan potente y enérgico, que parece revivirla a cada momento. Pero lo cierto es que murió y que era, más que nada, una GIGANTEZCA MUJER DE CINE, a la que hay que honrar todas las veces que se pueda, y sin demoras ni dilaciones.

Ephron era, en casi toda su expresión, una mujer del renacimiento: periodista, dramaturga, escritora, guionista, productora y directora de cine, además de bloguera y ensayista. Tenía un millón de pelotas en el aire, que hacía girar con absoluta maestría y naturalidad. Eso sin mencionar que, para rematarla, estuvo casada tres veces y uno de sus esposos fue, nada menos, que Carl Bernstein. Dicho esto, cabe destacar de manera rutilante, que ella colaboró íntimamente en el guión de Todos los Hombres del Presidente, un film espectacular, que hace las veces de basamento indestructible para lo que después fue el desarrollo de su impresionante carrera cinematográfica. A todas luces una mujer significativamente brillante, que realizó cada tarea a la que se comprometió con profundo oficio, amor, inteligencia y belleza. Era una maestra, una pionera que abrió camino e hizo huella, en un ámbito mayoritariamente masculino y llevó a cabo esa faena remarcable, sobre todo, a fuerza de profunda conciencia de género. Nadie puede negar el gran componente femenino que tiene toda su obra. Su mirada es la de una mujer que se reconoce a sí misma, que abraza su naturaleza y que no solo no la combate, si no que la lleva a su máxima expresión sin tapujos ni complejos. La Ephron no pagó con sus ovarios (como suele sucedernos a menudo) el precio de ser mujer en un mundo que, aunque se está abriendo de manera potente, sigue siendo de hombres. Su trabajo es grande, abarcativo y maravilloso, pero sobre todo poseedor de una poderosa identidad, que lo recorta exquisitamente del resto. Existía una energía, una cualidad, un aire, una idea, un pensamiento, una textura que ella y solamente ella, podía imprimirle al trabajo, haciendo que se volviera sustancioso, tentador, inconfundible.

Revolver la filmografía de Nora Ephron, tanto en guión como en dirección, es encontrarse con títulos espeluznantemente definitivos como Cuando Harry Conoció a Sally, Sintonía de Amor, Tienes un Email, Silkwood, No nos Dejes Colgadas y Julie y Julia. Todas estas cintas son portentosamente conocidas a lo largo y ancho del globo, y no hay un solo ser humano sobre la tierra, que no se haya conmovido con ellas y su extrema humanidad. Y si nos metemos con el talento de la Ephron para sacar de sus actores performances memorables bueno, no terminamos más… El camino recorrido es tan largo e intenso, que parece mentira que una sola mujer, tenga en su propia historia, tantos clásicos queridísimos de la industria cinematográfica.

Pero para homenajearla como Dios manda, nada mejor que recordar uno de sus mejores títulos. Es cierto que en esta columna hemos hablado de muchos de ellos, es por eso que hoy me gustaría traer al rescate de la memoria, una cinta  que es espectacularmente buena y que, por alguna razón, todavía no hemos traído a colación en este espacio: El Difícil Arte de Amar de 1986, dirigida por Mike Nichols y que la Ephron escribió con pluma de oro.

Como no podía acordarme del título en castellano, tuve que romperle los quinotos nuevamente a mi amigo Rodolfo Weisskirch. Él tampoco se acordaba, pero me avivó de algo que yo no sabía y que, debo decir, es lo más importante de todo el asunto. Me dijo que la cinta era semi biográfica y que estaba basada en lo que fue la relación de Norah con el propio Bernstein. Menudo detallito me había perdido, pero para mi deleite, esto hacía el homenaje mucho más vívido todavía. Basada en la novela de Nora, Heartburn, este film se apoyaba en la historia de un hombre y una mujer, que se conocían, se enamoraban apasionadamente, se casaban, tenían hijos y trataban de sobrevivir a una infidelidad pero no lo lograban. Una comedia inteligente, honda, divertida, sensible e increíblemente representativa de su época, que devino en un éxito rotundo de taquilla y que le regala al espectador a Meryl Streep y Jack Nicholson en dos actuaciones memorables (ja, como si hubiera alguna que no lo fuera). Redondeaban la contundencia de la cinta, la excelente fotografía de Néstor Almendros en uno de sus últimos trabajos, y la música. La canción Coming Around Again de Carly Simon, que suena varias veces durante la película, se convirtió en un hit planetario, y andaba todo el mundo con el casete puesto en el walkman, caminando por la calle, mascando chicle Bazooka, en pantalones nevados. Así que ya saben, si andan con ganas de ver cine, esta semana vuelvan sobre este film maravilloso y emocionante y dense una panzada apetitosa.

Y para vos Nora, que ya estás dando vueltas por el universo: toda la gratitud y el reconocimiento que te debemos las mujeres que andamos por este arte tan vasto y alucinatorio. Porque serás siempre una de las representantes más fieles y cabales que hemos tenido en el medio, y porque has creado para todos nosotros mundos infinitamente entrañables e inolvidables. No te vas lejos, no te vas lejos para nada. Y para no extrañarte tanto, nos quedan tus películas, que retornaban de manera consciente y virtuosa, a un cine de antaño que podía revivir con destellantes ribetes contemporáneos. Para esta columnista, que te admira desde lo más profundo de su ser y para siempre, representas una mente brillante, un espíritu de sensibilidad incomparable, una maestra querida y una luchadora incansable.

Adiós amiga en la distancia. Estarás para siempre en mi corazón.

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