A Sala Llena

El Gato Desaparece, Según Rodolfo Weisskirch

Cuando reaparece la creatividad

Una vez le preguntaron a Carlos Sorín: ¿de que trata El Gato Desaparece? El director, con la sencillez que lo caracteriza y de la que se nutren sus historias y personajes respondió: “De un gato… que desaparece”.

Este es el séptimo largometraje de Sorín detrás de cámaras. Muchos lo recordarán sin embargo, por un magnífico mediometraje falso documental que realizara a mediados de los ’80 llamado La Era del Ñandú, que sin duda es uno de los mejores ejemplos sobre como DEBE realizarse un falso documental. Tras ese auspicioso film, que pondría la base de toda su filmografía llegaría, la ambiciosa La Película del Rey con un joven Julio Chávez, tratando de filmar la historia de un francés que se quiso proclamar Rey de la Patagonia. Dicho rodaje nunca se pudo terminar y su historia era completamente cierta. De hecho, Sorín fue asistente de dicho rodaje (y se puede ver en el documental Un Rey para la Patagonia). Este debut en el largometraje le permitió viajar a Estados Unidos y filmar junto a Daniel Day Lewis, Eterna Sonrisa de Nueva Jersey, que lamentablemente no funcionó muy bien.

Durante largos años, Sorín siguió abocado a la dirección de publicidades, estudiando el interior del país, a las personas, comunidades que habitan las regiones más inhóspitas y creando una gran variedad de historias que cada uno de ellos podrían protagonizar. Así nacieron, justamente, Historias Mínimas, El Perro y El Camino de San Diego. Películas chicas, con personajes entrañables, comedias dramáticas que evitaban caer en pretenciosos golpes bajos o lecturas demasiado intelectuales, filmadas con una belleza irrefutable. El público y la crítica acompañaron cada una de estas propuestas. Había un público que quería ver otro tipo de historias.

Su último trabajo había sido La Ventana, un film que fue un poco maltratado, quizás el más meticuloso en lo que se refiere a puesta en escena, con unos magníficos planos exteriores que remitían al Kurosawa crepuscular. Bello, sencillo, lleno de sutilezas.

Particularmente, pienso que, al contrario de mucho de mis colegas, el cine de Carlos Sorín mejora con el paso del tiempo, y cada nueva propuesta es mejor que la anterior. De hecho, no tengo ningún problema en admitir que Historias Mínimas, aún con su belleza estética, me parece un film sobrevalorado, y que no pude sentir empatía con sus personajes.

Opuestamente, El Gato Desaparece es una pequeña gema, que confirma que Sorín sobretodo es un gran director de actores, tengan estudios dramáticos o no. Sorín puede sacar una buena actuación de un gran elenco, de personas que nunca vieron una cámara, de un perro (o varios) e incluso de un gato. Hasta una piedra sería una gran intérprete de un film de Sorín (de hecho, el segundo personaje más importante de El Camino de San Diego era un pedazo de tronco transformado en Maradona).

El principio no es demasiado auspicioso, sin embargo. Tribunales. Se deja claro que Luis, un profesor universitario que agredió a un compañero y estuvo en un hospital psiquiátrico está curado y puede volver a la vida “normal”. Aunque es demasiado explicativo, este comienzo sirve para entender el resto de la película. Y Sorín admite en cierta forma, que es un comienzo un poco aburrido: hasta los personajes no esperan más que terminen las explicaciones.

El resto de la película es una pequeña obra de cámara: dos actores, miradas suspicaces, sospechas y un subliminal humor negro infiltrado en un thriller que recuerda (con menos solemnidad y dramatismo) al cine negro de Carlos Hugo Christensen (Safo, La Muerte Camina Bajo la Lluvia), las obras más intimistas de Alfred Hitchcock (La Sospecha especialmente), alguna que otra gema de Hollywood de los años ’40 como Luz de Gas, o definitivamente, las últimas películas de Claude Chabrol.

De hecho, Sorín toma el humor del fallecido maestro francés, toma el ritmo, Nicolas Sorín trata de reproducir la banda sonora de Matthieu Chabrol (ambos comparten ser hijos de sus realizadores) y no sería demasiado lejano decir que Beatriz Spelzini (que ganó el premio a la Mejor Actriz de la Academia de Cine en Alemania la semana pasada) hubiese sido una magnífica protagonista para los films de Chabrol. ¿Podemos tratarla como nuestra Isabelle Huppert?

La sencillez del argumento de El Gato Desaparece puede resultar un poco anticuado para los cánones del thriller contemporáneo, pero al mismo tiempo, es necesario. No hay demasiadas subtramas, todo se basa en los falsos caminos que el realizar quiere que recorras. Para eso nos mete en la cabeza de Betty (Spelzini). No sabemos si está loca por creer que su marido no está bien, o si realmente Luis oculta algo en el lado oscuro de su cabeza. Los ojos de Spelzini son maravillosos, hablan mejor que mil palabras. Sorín a través de ellos nos engaña numerosas veces.

Por otro lado, es imposible no elogiar la labor de Luis Luque, que nuevamente demuestra su versatilidad actoral. Cada vez, se hace más obvio, que el protagonista de Pajaros Volando se siente más cómodo en la comedia, que en el drama. La transformación que logra, de ser un ente intelectual a un chico que necesita descanso y cuidado es magistral. La cámara se enamora de él, de su “inocencia”, y a la vez es imposible descifrar que pasa por su mente.

Haciendo gala de un lenguaje cinematográfico tan transparente como meticuloso, donde el montaje es ágil y clásico, pero la puesta en escena denota un gran trabajo estético y de elección de colores sobretodo, mérito del trabajo conjunto de dos veteranos artistas como Julián Azpesteguía (Director de Fotografía) y Margarita Jusid, Sorín sostiene la película sobretodo en la elaborada construcción de los personajes y la dupla actoral. También es elogiable la inclusión de acciones fuera de campo, fundamental para crear tensión en cualquier obra de suspenso. El diseño sonoro de José Luis Díaz cobra gran protagonismo en este sentido.

Sutil y divertida crítica a la burguesía intelectualoide porteña, suerte de comedia con elementos de thriller o thriller con comedia incorporada, El Gato Desaparece, demuestra una vez más que Carlos Sorín es un cineasta capaz de sorprender e innovar con muy pocos elementos y mucha cinefilia.

 

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