A Sala Llena

El Gran Gatsby, según Matías Orta

Con apenas cinco películas en casi veinte años, el australiano Baz Luhrmann demostró ser un director amado y odiado, pero con un sello propio que nunca pasa desapercibido. Su cine combina lo mejor de lo clásico y lo moderno para contar historias de amor entre dos personajes de ámbitos distintos (ámbitos muchas veces hipócritas e intolerantes), que deben jugarse por lo que sienten, aunque las consecuencias puedan ser trágicas. Su ópera prima fue Baila Conmigo (título argentino de Strictly Ballroom, de 1994; nada que ver con la película protagonizada por Chayanne, más allá del contexto de baile de salón). En Romeo + Julieta, su primera producción financiada por Hollywood, empezó a hacer gala del estilo alucinante, fresco, cinematográfico, ambicioso y original, que lo consagraría allá por 2001, cuando estrenó su obra maestra: Moulin Rouge. Sin ser genial, Australia tiene una imprenta diferente y muestra al director en buena forma. Pero este año regresa con una obra en línea de sus trabajos más memorables, en la que adapta la más famosa novela de F. Scott Fitzgerald, que ya tuvo otras adaptaciones cinematográficas: El Gran Gatsby.

Estamos en los años ’20. Nick Carraway (Tobey Maguire) llega a Nueva York para trabajar en la Bolsa y, de paso, independizarse de su familia. Pronto entablará amistad con su único vecino: Jay Gatsby (Leonardo DiCaprio), un enigmático y atractivo multimillonario y figura del jet set neoyorkino, que se pasa organizando megafiestas en su mansión. Nick también descubrirá que Jay en realidad tiene un único objetivo: recuperar a Daisy (Carey Mulligan), su gran amor de la juventud, prima de Nick… y ahora casada con Tom Buchanan (Joel Edgerton), un hombre tan adinerado como arrogante y peligroso.

Luhrmann sigue de cerca la novela de Fitzgerald, pero a su manera: a puro ritmo, dinamismo, delirio visual, efectos especiales (usados para travellings que de otro modo hubieran sido difíciles) explosiones de colores y espectacularidad, que la tecnología 3D permite resaltar a cada rato. Pero el director también pone la misma intensidad dramática en las escenas más intimistas. Y una vez más, aunque mucho menos que en Moulin Rouge, Luhrmann mezcla elementos de diferentes épocas. Este detalle se nota sobre todo en la elección de la banda sonora —integrada por artistas contemporáneos— y la ubicación de cada tema: aunque la acción sucede en la era del jazz y el charleston, suena algo de hip hop del rapero Jay Z. También podemos escuchar canciones de Beyoncé, de Gotye, de Florence + The Machine… pero el tema musical y leit motiv romántico de la película es “Young and Beautiful”, de Lana del Rey; una joyita que invita a enamorarse. Leonardo DiCaprio está exacto como Gatsby y trasmite las características principales del personaje: bello, misterioso, consumido por el amor. Tobey Maguire da muy bien como Nick Carraway y su química con DiCaprio resulta impecable (son grandes amigos en la vida real). Carey Mulligan no está tan bien como en otros films, pero le alcanza para hacer una Daisy linda y atormentada. Al igual que el Nick de Maguire, el Buchanan que compone Joel Edgerton parece saltado del libro.

Luhrmann también hace que los actores secundarios se luzcan, y esta vez no es la excepción. En sus pocas intervenciones, Jason Clarke e Isla Fisher cumplen más que bien y dan ganas de verlos más tiempo en pantalla. Lo mismo se aplica a Amitabh Bachchan, astro de La India, quien interpreta a un mafioso que hace negocios con Gatsby. Sin embargo, la revelación pasa por Elizabeth Debicki en el rol de Jordan Baker, una estrella del deporte que conoce los secretos de los poderosos. Aún sin llegar a niveles de genialidad absoluta, El Gran Gatsby es Baz Luhrmann a la enésima potencia; un placer para los sentidos, que los fanáticos del director sabrán disfrutar. Esperemos que no demore tanto a la hora de estrenar su próxima creación, aunque la espera siempre lo vale.

calificacion_4

Por Matías Orta

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