A Sala Llena

El Gran Hotel Budapest, según José Tripodero

El juego del artificio autoral.

La palabra artificio suele ser utilizada para una referencia negativa en el cine, especialmente sobre aquellas películas que exponen esta cualidad como una virtud y, peor aún, aquellas que se muestran virtuosas y abrumadoras para los ojos. Wes Anderson es un cineasta del artificio virtuoso, un autor capaz de reunir elementos vintage, retro y kitsch sin caer en un pastiche estilístico, y a la vez aunar un conjunto de intertextualidades sutiles pero cinéfilas en un humor desatado. En El Gran Hotel Budapest, además de este juego estético, hay un juego con las historias dentro de las historias, una suerte de mecanismo de mamushkas narrativas que comienza a mediados de los años ochenta para retrotraerse a fines de los sesenta y saltar finalmente a los años treinta, en una Europa de entreguerras.

El hotel del título está ubicado en la ficticia República de Zabrowka, regenteado por el conserje Gustave (Ralph Fiennes), quien tiene a un nuevo lobby boy, un joven inmigrante que al poco tiempo se convierte en su discípulo, en un ladero leal y compañero de aventuras. Una sociedad que no resulta nueva en el cine de Anderson, recordar los ejemplos de Los Excéntricos Tenenbaums, Vida Acuática y -su mejor film a la fecha- El Fantástico Sr. Zorro. Si bien gran parte de la historia reposa sobre la dinámica de este lugar, el volante narrativo gira para transitar otras tierras: la del crimen, la del subgénero “fuga de cárceles”, el drama bélico y algunos destellos de la comedia más tierna y sensible a la que nos tiene acostumbrado este autor. Gustave y Zero (así se llama el joven ayudante) son los personajes principales, aunque por todo el derrotero de su travesía para reencausar el equilibrio inicial se cruzan con diferentes especies del zoológico andersoniano; cuyo momento álgido será el del llamado de auxilio a los demás conserjes de hoteles europeos, liderados por Bill Murray (entre los que se encuentra el genial Bob Balaban).

EGHB es la película más cinéfila de este realizador, en el que las citas y atmósferas de otros cines encastran sin que se noten las marcas de esas piezas; desde el humor de Ernst Lubitsch hasta el diálogo con su propio cine, específicamente las fugas de tono cómico que ya estaban en El Fantástico Sr. Fox. Las referencias también son literarias y evidentes al punto de figurar en los créditos, hay influencias de los trabajos del dramaturgo Stefan Zweig y una mirada más compleja y meta a la labor del escritor, que tiene su peso en el prólogo de la mano del personaje de Tom Wilkinson, quien abre la puerta de la historia del hotel (es en definitiva una ficción dentro de otra). Nuevamente el director de Bottle Rocket despliega un arsenal grandilocuente de estética intransferible pero a la vez recargada de estilos que se reproducen como un artificio autoral y lúdico, convirtiéndolo en un cineasta renovador y fresco ante cada desafío de sumar nuevos elementos a su cosmovisión.

calificacion_5

Por José Tripodero

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