A Sala Llena

El Juego de Ender (Ender’s Game)

(Estados Unidos, 2013)

Dirección y Guión: Gavin Hood. Elenco: Asa Butterfield, Harrison Ford, Hailee Steinfeld, Abigail Breslin, Ben Kingsley, Viola Davis. Producción: Robert Chartoff, Lynn Hendee, Alex Kurtzman, Roberto Orci. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 114 minutos.

Trabajo infantil y guerras preventivas.

Cualquier adulto que haya visto un teenploitation de las características de El Juego de Ender (Ender’s Game, 2013) en una sala tradicional podrá atestiguar sobre la relativa eficacia de este tipo de productos y la consiguiente obsesión de Hollywood relacionada con seguir perfeccionándolos para captar a más y más subsectores de este nicho tan redituable del mercado. Por supuesto que el principal problema radica en el ámbito cualitativo, específicamente en el poco empeño puesto -por parte de la industria- en la magna tarea de evadir fórmulas gastadas y apuntalar proyectos valiosos que ofrezcan una mínima novedad.

Así las cosas, bien podríamos decir que en la escala gradual que separa lo insoportable de lo realmente interesante, la película en cuestión se ubica en un punto medio con tantos ítems en contra como a favor. Dentro de la primera categoría, la historia recurre al clásico “camino del héroe” aunque hoy en el contexto de una amenaza alienígena, con un Estado por demás paranoico y una serie inacabable de referencias cristianas, en esta ocasión más procedimentales que místicas. El manojo de clichés se sostiene durante casi todo relato y no permite un verdadero desarrollo de personajes por fuera del cúmulo de diálogos severos.

Por otro lado, los rasgos positivos los encontramos en un prodigioso diseño de producción que propone más austeridad que circo. Vale aclarar que gran parte del film transcurre en varias salas de simulación en las que las autoridades (Harrison Ford primero, y luego Ben Kingsley) confinan al protagonista de turno, Ender Wiggin (Asa Butterfield), otro pobre niño hijo de un futuro belicista en el que el trabajo infantil se da la mano con las “guerras preventivas” y los genocidios modelo estadounidense. Lamentablemente en el convite falta mucho carisma general y las “vueltas de tuerca” se ven llegar a kilómetros de distancia.

En esencia estamos ante un opus mediocre que no llega al desastre por el oficio de Gavin Hood, un realizador que supo entregar obras como Mi Nombre es Tsotsi (Tsotsi, 2005), El Sospechoso (Rendition, 2007) y X-Men Orígenes: Wolverine (X-Men Origins: Wolverine, 2009). Aquí la premisa del “internado galáctico” resulta un tanto fofa: si comparamos esta academia con la de Invasión (Starship Troopers, 1997), del genial Paul Verhoeven, la actual no es más que una casita de muñecas. El Juego de Ender se redime en parte gracias a un desenlace de izquierda que escapa a esa típica exaltación chauvinista del mainstream…

calificacion_2

Por Emiliano Fernández

 

Manual discursivo.

El Juego de Ender es la adaptación de Gavin Hood -artífice de X-Men Orígenes: Wolverine– de la novela de Orson Scott Card y el comienzo de una nueva saga adolescente. Asa Butterfield se carga el protagónico como un adolescente reclutado por la Flota Internacional para salvar al planeta de una posible invasión alienígena. Lo que hace Hood es utilizar al género para esparcir una serie de discursos políticos, filosóficos y psicológicos a través de videojuegos, simulaciones y entrenamientos que son siempre un loop de un mismo ejercicio. Además, propone un enfoque adolescente despojado de cualquier indicio de un posible despertar sexual, porque no existe tal cosa para estos personajes diseñados para la destrucción. Los niños-soldados de El Juego de Ender son construidos y maniobrados como si fuesen un robot de Titanes del Pacífico.

Hood lleva a la pantalla grande la primera de más de una decena de libros de esta nueva saga, con una puesta en escena sumamente fría que nos distancia de lo que podría ser una aventura más o menos tangible, incluida una Academia en la que el mundo gasta millones para entrenar máquinas de aniquilar y transformar en milicianos a menores de edad para ir a la guerra. Esto es llevado a cabo a través de diálogos de manual de filosofía barata y un discurso de lo más cruel y descorazonado, en donde no existe la lealtad, el honor o la amistad como vínculo profundo y verdadero, a diferencia del universo Star Trek. Y parece que tampoco hay lugar para la imaginación: las escenas de batalla, además de tener la paleta de colores más aburrida del planeta Tierra (blancos, negros y grises en donde no hay matices ni formas visualmente atractivas), están filmadas de forma caótica y el tratamiento digital arruina por completo cualquier atisbo posible de una estética espacial interesante.

Sin embargo, la peor falla de la película es la falta de cuidado en cuanto a la estrategia de las batallas, en las que el espectador queda fuera de cualquier tipo de lógica que incluya el proceso táctico del ataque simulado. Cuando el Capitán Kirk da indicaciones desde su comando, nos vemos inmersos en su proceso de pensamiento y por lo tanto, podemos seguir lo que va sucediendo con un grado de tensión que va in crescendo tanto a nivel narrativo como dramático. Esto -también- tomando en cuenta que los personajes corren verdadero peligro o al menos un peligro palpable, que aquí es nulo ya que estamos ante simulaciones. Entonces lo único que podemos hacer como espectadores, es asumir que durante el tiempo que dura el ejercicio de graduación, el Comandante -a través de sus oraciones mecánicas- está dando las órdenes correctas para vencer; lo que nos convierte a nosotros también en robots, incapaces de sentir empatía con lo que está sucediendo.

La falta de sutileza en el discurso y la “madurez” metaforizada de la forma más brutal y superficial posible, con una excesiva carga teórica, nos incita a preguntarnos qué hubiese sido de este proyecto en manos de Wolfang Petersen. Seguramente no una simulación sino una aventura verdadera.

calificacion_2

Por Elena Marina D’Aquila

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