A Sala Llena

El Petiso Orejudo

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El Petiso Orejudo

Dirección: Adrian Cardoso. Dramaturgia: Julio Ordano. Vestuario: Pablo Juan. Escenografía: Magdalena de la Torre, Virginia Taboada. Elenco: Facundo Blanc, Marcelita Chiesa, Pablo Juan. Prensa: Silvina Pizarro. 

Una plegaria marginal

Protagoniza las páginas más tétricas de la historia criminológica de nuestro país. Su nombre quedó impregnado en el imaginario colectivo desde fines de 1912 cuando, siendo un joven de sólo 15 años, se confesó culpable del asesinato de cuatro menores; de otros siete intentos de homicidio y de varios incendios intencionales. Su nombre: Cayetano Santos Godino aunque la historia lo recuerda, simplemente, como el Petiso Orejudo.

La obra de Julio Ordano recorre los años del asesino serial en la cárcel de Ushuaia y alterna el relato de esos oscuros días con pequeñas escenas que reconstruyen los sucesos que marcaron el  destino del protagonista y de sus víctimas.

Cartas no respondidas; madres que lloran a hijos perdidos; siniestros recuerdos de una infancia signada por los golpes de un padre alcohólico y la memoria de un pequeño hermano muerto en Italia, son algunas de las instantáneas que funcionan como leitmotivs de la historia.

El mérito del dramaturgo consiste en dotar a este ser abyecto de una incómoda dimensión humana. Como espectadores nos vemos interpelados permanentemente por la historia de aquel que nació al margen de toda compasión. Y, como sucede con las grandes obras, la pieza de Ordano deja pocas moralejas y demasiadas preguntas.

Desde la dirección, Adrián Cardoso parece haber interpretado con sensibilidad e inteligencia las fortalezas del texto. Uno de los aspectos más destacables de dirección es la depuración de las interpretaciones actorales, que logran alcanzar una hondura emocional notable.

La puesta en escena es austera y delicada, con un impecable uso de las variaciones lumínicas y de todos los recursos sonoros, tanto en lo que refiere a la selección musical como a la utilización de efectos de sonido. Los trabajos de caracterización –en el diseño del vestuario y en maquillaje- también merecen ser destacados.

Siendo una pieza intimista y de gran alcance narrativo y poético, su consistencia descansa en las actuaciones de los tres intérpretes que la protagonizan. Facundo Blanc y Marcelita Chiesa encarnan a múltiples personajes y, con gran versatilidad, logran entrar y salir de situaciones muy diversas, tanto en su contenido narrativo como en intensidad dramática. Los dos actores construyen el entorno del protagonista con solvencia y dinamismo.

La extraordinaria interpretación de Pablo Juan, en la piel del Petiso Orejudo, es una de las mayores fortalezas de la obra. El actor acepta el desafío de llegar al alma del controvertido personaje y, con entrega emocional y física, se aventura a asumir todo lo que este propósito implica. El resultado es una memorable interpretación que estremece y conmueve de principio a fin.

El Petiso Orejudo es una obra que nos sacude y modifica. La historia de Santos Godino se convierte aquí en la bella y despiadada plegaria de un monstruo humano. En su desolación, el “reo” canta –o aúlla- desde algún rincón oscuro. Si, ese “pervertido”, “enfermo moral”, “alienado mental”, “loco” y “marginal” que pugna por ser escuchado. Ese y todos esos otros que, desde su voz, también nos hablan. Siempre tan incómodos. Siempre tan humanos.

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Por Carolina Amoroso

¿Monstruo o Ser Humano?

Se convirtió en una leyenda popular… un mito urbano, pero en verdad ¿quién fue El Petiso Orejudo? Hace unos años se estrenó un versión cinematográfico co producción con España que narraba la historia de Santos Godino, el niño que a los doce años se convirtió en asesino serial y encerrado en la prisión de Ushuaia (escenario que también fue llevado al cine por Eduardo Mignona en La Fuga).

La obra de Ordano, varias veces representada, trata de humanizar, acaso racionalizar el comportamiento del primer psicópata de la historia argentina. No hablamos de justificar sus crímenes, pero si de comprender el contexto en el que vivía el muchacho, de forma sutil, y el maltrato que tuvo que sufrir de parte de médicos y policías en la prisión.

Ordano y el director, Adrián Cardoso, comprimen 30 años de la vida de este muchacho en poco más de hora de obra. El retrato deja la piel de gallina, especialmente por la soberbia interpretación de Pablo Juan, que asimila física y psicológicamente al personaje, al tiempo que barre, le redacta cartas a su hermana, le describe al guardia las sensaciones que tenía a la hora de matar.

Lo acompañan, Marcelita Chiesa, representando a las diversas madres de las víctimas, una jueza y la hermana de Santos (todas víctimas en cierto sentido) y Facundo Blanc en el rol de policías, guardias, médicos y compañeros de celda del protagonista.

Con un escenario desnudo, la intención de los realizadores es mostrar la psicología del personaje, llevarnos a otra época, donde se prejuiciaba cualquier crimen, se dejaban de lado las pericias policiales o las móviles de los asesinatos. Se critica el modo de crianza que tuvo el personaje en el campo, pero sin ser obvios, sino dando a entender lo fundamental: que nadie asesina porque sí. Claro, la visión puede ser polémica. Se lo puede tomar con una víctima de la sociedad, pero también fue un asesino de niños. Gran cantidad de familias perdieron a sus hijos, por culpa de sus crímenes, que nunca eran limpios. Al Petido le gustaba hacer sufrir (él lo veía como liberación) a sus víctimas. Defender ese punto de vista, es para tomarlo con pinzas.

A nivel de puesta, permite evocar la imaginación. La frialdad del retrato es beneficiado por la puesta, pero por otro lado, la interacción del protagonista con los demás personajes juega contradictoriamente. En principio, porque los personajes femeninos, apelan a lo sentimental y emocional, divagan la acción, distraen innecesariamente del retrato principal llevando a que el espectador deba juzgar al personaje conociendo el otro lado de la historia. El efecto madre desesperada buscando hijo como si fuera una viuda de telenovela le saca tensión a las escenas de cárcel. Por otro lado, los personajes masculinos que rodean al protagonista tiene un rol justificado más desde lo discursivo y explicativo. A pesar de no caer en la obviedad, por momentos está la necesidad de explicar lo que con la justa narración de Santos, ya se deja claro. No es subestimar la inteligencia del espectador, pero sí es un recurso poco eficiente.

Aún así, la obra genera un clima de malestar constante, y deja reflexionando acerca de cómo las técnicas de interrogatorio, el trato a los prisioneros menores de edad, especialmente si son psicópatas debe ser diferencial.

A pesar de que se cumplen 100 años de los crímenes del Petiso Orejudo, mucho de lo que plantea el texto de Ordano sigue vigente en materia de discusión.

A mi juicio, la obra sería mucho más intensa, si solamente viéramos un unipersonal de Pablo Juan sobre el escenario desnudo. Es su naturalidad para encarar un personaje tan marginal y excéntrico lo que llevan la obra adelante. Realmente, perfecto en detalles, movimientos y expresiones.

El Petiso Orejudo es una obra fuerte, que permite ver al ser humano detrás del monstruo o el mito.

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Por Rodolfo Weisskirch

Teatro: La Tertulia – Gallo 826

Funciones: Viernes 21 hs.

Entradas: $50  

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