A Sala Llena

El Talentoso Señor Pitt

Últimamente vengo comenzando varias de mis columnas con la frase “Este fin de semana pude ver…” y desde ya les aviso que en esta se va a repetir la fórmula. Porque este fin de semana pude ver El Juego de la Fortuna y, por fin, me voy a dar el gusto de escribir sobre algo que hace bastante tiempo tengo ganas de charlar con ustedes.

El film de Bennet Miller es bueno, de impecable buen gusto y con esa emocionalidad bien contenida que suelen tener los films que cuentan con un impulso extra ya de por sí, por ser historias reales. El guión es afilado, escueto, desnudo, al igual que la fotografía y la producción de arte. Pero no voy a meterme con todo eso, porque no pienso criticar la película. Algunos de mis compañeros de A Sala Llena ya lo hicieron y muy bien por cierto así que, modestamente, me voy a meter con otra cosa: voy a hablar del súper galanazo caliente, madurito y adonisíaco, Brad Pitt. El muchacho que derrite a cada paso las columnas de la luz y los tachos de basura, el pibe de oro que despierta a las tortugas en invierno y a quien Al Gore, estuvo a punto de responsabilizar por el efecto invernadero. Pero no se entusiasmen demasiado, no todo será vino y lujuria. Hoy, más que nada, en esta columna arbitraria y caprichosa, vamos a volver a hablar de actuación cinematográfica.

William Bradley Pitt nació en diciembre de 1963, en algún lugar de Oklahoma y, ya de grandecito y de actor, fue mundialmente conocido por interpretar aquel cowboy inolvidable en la cinta de Ridley Scott, Thelma y Louise. Nadie pudo jamás, después de verlo en la piel de aquel ladrón de poca monta, sacárselo de la cabeza. Fue el combustible de cuanta fantasía sexual se ponía en marcha por aquellos días, tanto de hombres como de mujeres. Porque el muchacho tiene eso como sello de identidad: es capaz de calentar a los dos géneros con redonda alevosía, sea cual fuere la elección que uno haga por esos días. Un amigo se desveló noches enteras atormentado por Pitt y su faldita de cuero en Troya. De hecho, llegó a replantearse su sexualidad completa, hasta que alguien le dijo que con Pitt, Clooney y Alain Delon ese fenómeno era bastante común y que se lo tenía que tomar con naturalidad, que lo disfrutara.  Pocos seres humanos logran un efecto tan profundo y mágico en sus semejantes. Dicen que Alejandro Magno poseía esa virtud extraordinaria y yo creo que, en el caso de Pitt y no de casualidad, también se la encuentra en su espectacular esposa Angelina Jolie.

Pero bueno, me estoy yendo por las ramas y de lo que quiero hablar hoy es del talento de Brad Pitt en el plano de la actuación. Un talento que creció de manera paulatina, firme y segura a lo largo de toda su carrera y que se afianza más y más con el paso del tiempo.

Una de mis más grandes pasiones, tal vez porque me he formado como actriz y directora, es observar y analizar las performances de los otros. De cualquiera. Analizar los comportamientos, especular sobre ellos, elaborar teorías y esgrimir conclusiones privadas que me hacen sentir más cerca del proceso de los demás, ya sea en el cine, el teatro, la TV o, simplemente, la vida. Me gusta escuchar las conversaciones de las personas que se sientan cerca de mí en los restaurantes, observar las posturas físicas de quienes hacen la cola del supermercado conmigo, saber de qué se ríen, cómo se besan, de qué manera articulan su lenguaje y, sobre todo, cómo se carcajean. Me encanta imitarlos mientras trato de imaginarme sus vidas, me encanta “actuarlos” aunque solo sea para mí misma y dentro de mi propia cabeza. Con las performances de los actores que admiro, y a veces de los que no tanto, hago lo mismo y hace rato que vengo observando a Brad Pitt y, debo decir (prepárense porque esto está casi a la altura de la invención de la rueda) que el tipo es uno de los más grandes imitadores que he visto en el cine.

No me mal entiendan, lo estoy diciendo como un cumplido, derivado de horas de sesuda observación que no desembocó en lo absoluto en algo que tenga ningún tipo de rigurosidad o valor científico. Eso sí, lo que yo he visto lo he visto mis amigos, y estoy segura de que habrá muchos de ustedes dispuestos a acordar conmigo en esta osadía rayana en la patriada.

A lo largo de su carrera, Brad Pitt ha interpretado personajes variopintos, la mayoría de ellos inolvidables por alguna cosa u otra. Casi nada de lo que ha hecho después de Thelma y Louise ha pasado desapercibido para el público, salvo tal vez, La Mexicana, Conoces a Joe Black y Siete Años en Tíbet. En general, para bien o mal, los demás papeles que interpretó, no volaron bajo el radar de nadie, aún cuando no en todos haya recibido críticas positivas. Pero creo que, mientras pagaba derecho de piso, el muchacho se avivó bastante y observó mucho también. Para esgrimir mi teoría, no voy a hablar de todas sus películas, si no de algunas que, a mi juicio, son las más notorias a la hora de poner en práctica sus habilidades imitadoras.

Para “Los primeros años”, como he dado en llamar al primer bloque de su carrera, es decir desde los 20 hasta a penas pasados los 30, he decidido que la pieza más ilustrativa es Leyendas de Pasión. La elegí porque en la susodicha cinta, el pibe incurre sin asco y de manera más que evidente, en la imitación de James Dean, que fue en quien abrevó en sus primeros pasos y cuando se dio cuenta de que solito no se bastaba. Su personaje de Tristan en el film, es casi un despliegue pecaminoso de los gestos de Dean. Pero es  aquí en donde quiero aclarar que admiro profundamente este mecanismo y que no lo estoy denunciando como fraudulento, sino todo lo contrario. Pitt es inteligente y sabe que su parecido con James es algo a lo que no solo se le puede, si no que se le debe sacar ventaja. La joven estrella en ascenso, inteligente e intuitiva como parece ser, echó mano de todas sus destrezas y las aprovechó al máximo. De esta forma, no solo copia a Dean si no que lo internaliza de manera magnifica, casi al extremo de creerse la performance importada. Pitt no solo se mueve como Dean, si no que mira, camina, llora y hasta piensa con el salvajismo de la leyenda desaparecida.  Hay planos en los que se cubre la boca con una mano, mira hacia arriba y a borde de cuadro y llora. En esos cuadros, es casi como ver a dos hombres sumarse entre sí y arrojar un producto inequívocamente genuino y de gran valor. No puede negarse que la primera elección de Brad es más que acertada y tiene el mérito además, de no caer en los bochornosos sacos rotos que cayeron muchos que intentaron lo mismo.

Para entrados los 30 y mitad de los 40 años, he elegido la trilogía de La Gran Estafa para que haga las veces de ilustración. En este período de la vida del astro, la influencia que se vuelve más que palpable, es la de Steve McQueen, sobre todo en estas cintas. Nuestro muchacho, a la manera de Tom Ripley, replica al héroe de Bullit de manera minuciosa y con asombroso talento. No es casualidad que, cuando anduvo en danza la idea de una remake del policial, el nombre que sonó más fuerte fue el de Pitt. La elección del vestuario de su personaje de Rusty Ryan  en los films de Soderbergh tiene una clara relación con los personajes de McQueen. La manera en que Rusty come (en casi todas las tomas), la forma en que sus ojos asumen una línea pícara e inteligente al mirar, el corte de cabello, la elección del ridículo  para humanizar a su personaje, el atractivo físico asumido como una casualidad a la que se le saca provecho pero que, a menudo, es pasada por alto. Todo eso da como resultado una actuación entrañable. Es verdad que abreva en Steve, pero logra convertir en suyo un encanto que fue inaccesible para todos los demás. Pitt se me viene a la cabeza, como uno de los pocos alquimistas del cine que consiguen transmutar el oro de otros en propio. Miles lo han intentado, casi nadie lo ha conseguido y mucho menos con los tipo con los que este muchacho se ha metido, que son imbatibles emblemas.

Y, por supuesto, para estos años (fines de los 40 y enfilando para los 50) El Juego de la Fortuna viene de perlas. En esta película no solo se sirve de otro actor, si no que redondamente y sin pudor alguno, lo recrea.  Ya mi amigo y compañero de A Sala Llena Rodolfo Weisskirch, dijo en su crítica a la película, que Pitt le recordaba a Redford. Charlando con Rodo, me dijo que sobre todo, lo veía similar a la composición de Robert  en El Mejor (The Natural). Coincidí redondamente, pero voy a doblar la apuesta.

Creo que Brad Pitt elige íconos a los que saquear tanto por virtuosismo, como por parecido físico. De hecho los tres son rubios de ojos azules, infartantes y talentosos símbolos sexuales, que crecieron  mucho más allá de sus nombres y sus carreras y que fueron re significando tanto su talento como su posición en el medio. Hasta James Dean, después de muerto, se convirtió en algo muy diferente de lo que era. McQueen y Redford, eligieron la producción y la dirección como otras alternativas de expresión y Brad sin duda va por ese camino.  Pero, en El Juego… lo que hace con Redford es, lisa y llanamente, maravilloso. El tono de la voz, las pausas que hace para hablar y el gesto que asume al escuchar a los otros como si a la vez los estudiara y juzgara, la forma en que usa los anteojos de ver, la manera de reclinarse sobre su escritorio, el modo físico que el personaje encarna a la hora de pensar para la cámara, cómo sonríe económicamente, como apoya los brazos en los apoyabrazos de los sillones… Siempre es Redford y no es casual. Parecen hermanos de casta. Yo creo que el propio Robert lo intuía ya desde Nada es para Siempre (A River Runs Through It) y que, de algún modo, le dio luz verde para que hiciera lo que mejor sabe hacer: subcrear de manera gloriosa.  Particularmente, me saco el sombrero ante un hombre que supo encontrar un talento dentro de otro. Una especie de mamushka del acting donde, cuando una habilidad termina, arranca la otra para venir al rescate y engrandecerlo. Por mi parte, no tengo más que palabras de admiración y un cierto envión de homenaje.

Muchos actores han fracasado allí, donde Bradley ha triunfado. Ha conseguido crecer sobre su fama, sobre su encanto, sobre su belleza física y, sobre todo, sobre la gran injusticia del prejuicio general. Y lo hizo a fuerza de inteligencia y profundo sentido de la adaptación. Esta habilidad camaleónica lo hace, por lo menos a mis ojos, digno del más merecido de los elogios, el de BUEN ACTOR.

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