A Sala Llena

XIX Festival Internacional De Teatro Santiago A Mil: Hamlet de Los Andes (Bolivia)

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Hamlet de Los Andes (Bolivia)

Dirección: Diego Aramburu. Creación Colectiva: Teatro De Los Andes. Escenografía: Gonzalo Callejas, Orlando Oliva, Don Eulogio, Cesar Torrico. Vestuario: Alice Guimaraes, Danuta Zarzyka, Giulia D’amico. Dirección Musical: Lucas Achirico, David Arze. Elenco: Lucas Achirico, Gonzalo Callejas, Alice Guimaraes.

La traición lleva a la venganza y la guerra. Pero todo eso nos lleva a preguntarnos sobre la idiosincrasia humana capaz de acariciar barbaries de gran calibre. Si somos víctimas estamos inmersos en el dolor, pero es gracias a la duda respecto de si estamos pensando bien, que podremos elegir o no el desenlace de una tragedia.



Haremos una muy pertinente y particular aclaración política relacionada con esta obra: Chile se encuentra aún en el presente en guerra con Bolivia. A pesar de esto el país invitó con gran cordialidad a una compañía del altiplano a participar de su evento más importante de artes escénicas. Bolivia aceptó con agradecimiento y humildad, pero toda la representación y contenidos de esta obra estuvo cargada de esta situación dolorosa, en la que fue remarcable el manejo de una nobleza y sutilezas, como pocas veces he visto –si es que se puede inscribir esta obra en el rubro- en el teatro político.

Recordemos la tan famosa tragedia shakespeareana: Hamlet, príncipe de Dinamarca, recibe la visita del espíritu de su padre muerto recientemente, pidiéndole que vengue su injusta muerte, ejecutada a manos de su propio hermano, tío de Hamlet, quien además acaba de contraer nupcias con su madre. Hamlet, dolido ante tanta traición en su propia casa y viendo el comportamiento del que por poder es capaz el hombre, así como la mujer, se pregunta acerca de la idiosincrasia humana, la ética, la justicia, el amor y la muerte. Una obra en la que lo central es siempre la discusión de los valores morales y la esencia humana.

Toda la estructura dramatúrgica está representada en su esqueleto esencial según Shakespeare la concibió, pero siguiendo su propio camino de actualidad. A penas adaptada, la base del texto se respeta con seriedad, si bien cambiando algunas formas de decir con el objetivo de mirar hacia los andes. Cuando leemos el nombre de la obra, antes de contar con información sobre la misma, se tiene la sensación de que se tratará algo en profundidad. Un Hamlet, pero además un Hamlet interpretado por las características de la personalidad en los pueblos del altiplano, esa gente con una entre oscura y noble hondura de ser. Pero todo esto podía reflejarse en un teatro denso o mínimamente falto de brillos. Sin embargo incluso en este campo es destacable la efectividad visual al servicio de los contenidos que se transmiten, para captar los ojos conmovidos del público. El nivel de la puesta en escena que domina cada foco, los colores, la pintura de la escenografía, todos los elementos que suelen componer a un buen espectáculo teatral están presentes, pero además, la profundidad del teatro independiente y de la mirada boliviana.

Adentrándonos en esta brillante puesta en escena, describiremos el ambiente estético del inicio de la obra que arma el espacio escénico que contendrá la historia. En lo perimetral caen numerosas “patas de escena” a corta distancia entre sí, cuya tela es de un tul transparente que llega hasta el suelo. Velos que no ocultan sino que muestran lo oculto. Una máquina de viento los mueve desde abajo y con una muy bien pensada iluminación azul opaco, se produce la sensación de lo fantasmagórico. Con sólo este inicio escenográfico ya se logra en una sola visión el ambiente de lo que Shakespeare buscaba, cuando escribió “Afuera, en un castillo, en Dinamarca” y que se complementaba en los diálogos –no en descripciones de didascalias- que seguirían a continuación.

Todo el resto de la escenografía, que poco tiene de mostrarse pobre pero que no es en absoluto una gran producción, se resume en una mesa rectangular grande de madera, que es utilizada como tal, como suelo o como puerta de entrada a los diferentes lugares en los que acontecen las escenas. Su pintura ni muy realista ni moderna, en colores azules cobalto, grises y tierras, la colocan algo en época sin llegar a que veamos la estética del renacimiento. Toda la puesta se enorgullece en una actualización de una de las más importantes obras shakespeareanas, trabajada con el cuidado que se merece y logrando a su vez una inteligentísima vigencia en la especial óptica que propone.

El vestuario es quizá el rubro más encargado de esta actualización a nivel estético. Estos responden a una modernidad con tintes del cine del genero Noir. Con un claro alegato al presente citadino boliviano no desentonan en la obra, mediante el color azul de algún jean viejo que se confunde con el azul misterioso de los velos y se mantiene en escena acotado tiempo. Mientras largos tapados de cuero y sombreros negros tratan de describir las partes más oscuras de una sociedad moderna y alguna chamarra más humilde nos acerca cómplice a cierta familiaridad cosmopolita del mundo. Las mujeres también están vestidas de negro, empañadas como de alguna reacción ante la muerte que las rodea. En particular quien tiene más protagonismo, Ofelia, ya que como sabemos debe llevar luto casi apenas empezada la obra. En un diseño ni corto ni largo y sin complicaciones pero con algún detalle, se entrevé su femineidad coartada. La perla de la obra, son las cholas en su tradicional vestimenta llena de color y con volados, que aparecen en el momento de representación que hace Hamlet, con miras a ser el reflejo del crimen cometido por su tío.

Esta excelente elección mediante lo que se denomina “teatro dentro del teatro”, destaca por ello de forma sumamente válida y justificada por tratarse precisamente de un espectáculo. Las peleas de cholas son un singular show que recorre los barrios más populares de Bolivia con el nombre de catchascán (adaptación boliviana de la expresión en inglés “catch as can”, atrapa como puedas) en el que las mujeres protagonizan sobre el ring la eterna dicotomía entre la “técnica y la ruda”, “la favorita y la abominada” y en definitiva, la dicotomía entre el bien y el mal, lo que despierta las pasiones del público que se identifica con una u otra, como le ocurre al Rey Claudio.

Dos elementos con los que se juega con genialidad en la puesta son el agua y las piedras, por tratar esta mirada de la obra la temática del agua vs la sequía. Esto se debe a la falta de agua que posee Bolivia, tema por el cual se encuentra en situación de litigio con Chile. El agua es tomada como fuente de vida, mientras que la sequía representa a la muerte y la guerra. Así cuando los personajes beben piedras asistimos a un momento magistral. Y Ofelia, que en la historia de Shakespeare muere ahogada, se relaciona con el agua de más que interesantes maneras encontradas. Vacía un balde de agua encima suyo mojándose hasta los pies padeciendo frío, hecha llanto y anticipándose a su muerte. O hunde su cabeza en dicho balde como escondiendo su femineidad cuando Hamlet la maltrata por ser mujer, para terminar en su lecho (la mesa rectangular) en el que el agregado de un dispositivo invisible logra que el agua no pare de caer de él. La imagen transmite en lo romántico el símbolo de un inacabable lagrimal; y en lo político-social una catarata de agua desperdiciada (la de Chile) que trae simbólicamente la muerte, a Bolivia.

A nivel visual, es destacable también otro dispositivo maquinal en el que una cabeza humana pende del marco de una puerta (siempre la mesa) dando vueltas en su propio eje. Las luces la iluminan con un blanco que sólo permite que veamos el recorte de una cabeza recordándonos por supuesto a la calavera con la que se sucede el famoso monólogo hamletiano de ser o no ser. Alguno podrá pensar en la expresión “la cabeza me da vueltas”, como síntoma de actualización. Sin dudas una cabeza que se subyuga al dolor y cuyos recuerdos, pensamientos y hasta conclusiones, no podrán ganarle a la acción, sin la cual se mantiene en el mismo eje del sufrimiento y la duda que le impiden avanzar.

Todas las actuaciones son excelentes, gran dominio del cuerpo y de la voz, incluso destacándose un español entre neutro y con una pincelada boliviana que corresponde a la propuesta y que sigue ese camino de lo suave o sútil. Sin embargo los actores despliegan una energía que describe una gran fuerza interior. La perfecta destreza actoral de todo el elenco, no es otra cosa que el manejo de un mensaje con un modo y una forma, que denota la idoneidad del invitado para decirle algo con altura a un anfitrión en su propia casa.

Un Hamlet, que como todos los Hamlets habla de la identidad. En donde la mirada de Los Andes se pregunta cómo, cuántos y quiénes son Hamlet. Todos los que viven la injusticia con incomprensión y sufren la tortuosa duda a la que conlleva, son Hamlet. Son los príncipes a los que en valores no les puede sacar la corona el poder. Los valores éticos nos hacen personas y civilización. Cada pregunta sobre lo que no debe ser o lo que debería ser, nos conforma el semblante como individuos y como pueblos. La venganza o la guerra nunca son la respuesta, pero cómo accionar ante la injusticia… esa es la cuestión.

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