A Sala Llena

El Viento en un Violin

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El Viento en un Violin

Dirección y Autoría: Claudio Tolcachir. Producción general: Maxime Seugé, Jonathan Zak. Escenografía: Gonzalo Cordoba Estevez Iluminación: Omar Possemato. Elenco: Araceli Dvoskin, Tamara Kiper, Inda Lavalle, Miriam Odorico, Lautaro Perotti, Gonzalo Ruiz. Prensa: Valeria Solarz.

Luego de La Omisión de la Familia Coleman y Tercer Cuerpo, Claudio Tolcachir vuelve con una pieza que aborda las relaciones familiares, los procesos de separación y la búsqueda de la felicidad: todo con ese humor incomodo que caracteriza a este joven director , responsable de la exitosa adaptación (y director) de la obra de A. Miller Todos Eran Mis Hijos .

El Viento … reúne dos historias (de amor) fuertes, la de dos jóvenes que se aman mucho y la de una madre y un hijo que desearían no amarse tanto. Sin divisiones, la escenografía es compartida, son tres espacios bien definidos: el dormitorio de la madre y el living, el consultorio del psicólogo, la cocina de Dorita y el dormitorio de Celeste. El buen manejo del soporte lumínico ayuda al espectador a mantener la atención en el sitio donde sucede la acción y la distribución de los ambientes permite un dinamismo interesante.

El texto presenta dos tipos de madre: Mecha, una excelente interpretación de Miriam Odorico, es  madre de un treintañero al que “le cuesta arrancar”, es una profesional la cual le gusta tener todo bajo control, manipuladora y obsesiva, intensamente insoportable, cada opinión sobre la vida de su hijo llega a el como una cachetada. El hijo eterno es Dario, personaje desarrollado por Lautaro Perotti, quien parece no importarle recibir un trato infantil por parte de la madre, decide poner fin casi por accidente a su análisis en una sesión  en la cual a través de sus planteos absurdos, descubrimos su inconsistencia y necedad. Sin duda Mecha y Dario forman una dupla plagada de características representativas que se reconocen en diferentes tipos relaciones madre e hijo, logrando momentos tensos, irritantes y divertidos a la vez.

Por otro  lado esta Dorita, destacable trabajo de Araceli Dvoskin, una madre opuesta a su patrona, que es justamente Mecha, trabaja en casa de señora hace añares, da las gracias por tener a su hija sonriente y bien alimentada, es poco lo que pregunta y menos lo que exige. Su hija lleva una relación amorosa con Lena, dentro de sus juegos crecen sus ansias de ser mamás y su deseo las lleva a cruzarse con Dario, abriéndole , sin darse cuenta, una puerta de salida.

Madres e hijos, personajes de fácil identificación por sus reacciones por demás humanas: una muestra de la más tortuosa forma de amar , la que desveló a Freud, y un relato de amor tan desesperado como sincero.

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Por Julia Panigazzi

Familia para Armar

En principio, deseo aclarar que considero a Claudio Tolcachir uno de los nombres más interesantes del teatro nacional contemporáneo. A la altura de Javier Daulte o Daniel Veronese, pero más joven que ambos, Tolcachir logra dividir su tiempo entre la dirección de obras comerciales, de respetados dramaturgos internacionales con elencos consagrados del cine y la televisión, con obras personales, más pequeñas que provienen de su propia pluma, y que protagonizan, generalmente intérpretes que provienen de su propia escuela de teatro, Timbre 4 que recientemente se ha agrandado en su dimensión, alcanzando un nivel y prestigio que la ponderan entre las más convocadas y entre las primeras opciones de los aspirantes a actuación del país.

Otra razón por la que vale alabar la carrera de Tolcachir, sin dudas. Pueden debatirse los métodos de enseñanza entre otros directores de escuela, pero ya tener y llevar adelante una escuela de teatro propia, atravesando las crisis económicas que tiene el país, es sin duda una proeza. A su vez, que esto no disminuya la creatividad de su autor, o sea, que la “fama” no haya provocado que Tolcachir cuelgue los botines, demuestra, que el realizador sigue dando prioridad a su búsqueda artística, y el resto sea secundario.

El Viento es un Violín es una propuesta ambiciosa aún en su minimalismo. Se trata de una obra intimista acerca de dos familias, de dos clases sociales opuestas que se terminan relacionando, cuando un acto violento deriva en un debate doméstico.

El tema que se plantea es oportuno con los tiempos que corren y, más aún en la fecha en la que la obra fue estrenada. El debate en sí gira alrededor de la crianza de un niño por una pareja homosexual de humildes recursos. ¿Cuál es el rol del padre? ¿Cuáles son los prejuicios de la sociedad?

Tolcachir plantea una obra sin respuestas fáciles por suerte, pero con un tema importante de fondo. Los toques humorísticos y la sátira social permiten que el drama sea más liviano. Pero aún así es difícil esconder las pretensiones de la obra y las múltiples ambiciones que tiene al querer comprimir en 90 minutos, una crítica a los prejuicios de la clase alta, la inocencia de los jóvenes, la forma en la que los jóvenes banalizan la crianza de una criatura, los prejuicios de los padres y el rol del psicoanalista en la sociedad contemporánea. Posiblemente demasiado, para el resultado final.

Sin embargo, no fue tanto la confluencia de todos los temas lo que me generaron cierta incomodidad mientras observaba la obra, porque la tensión dramática y las sobresalientes interpretaciones me integraban al drama, sino la transparencia del lenguaje teatral y el mecanismo del realizador, que justamente me expulsaban de la historia, y rompían con la tensión, el clima y mi atención como espectador. Todo aquello que me permitía ver los hilos estructurales (saltos en el tiempo para explicar comportamientos de los personajes; golpes  en el decorado que marcan el fin de una escena; pautas dadas a los actores para cortar un momento) provocaba que no pudiera volver a concentrarme en la historia sino en la puesta. Y me parece que una obra que tiene reminiscencias costumbristas, rompiendo esquemas más por capricho que por una decisión dramatúrgica no termina de funcionar completamente.

¿Por qué acaso, el personaje del psicólogo no tiene mayor funcionalidad que la de explicar la psicopatía de uno de los protagonistas y no infiere más en el conflicto?

El gusto que me deja El Viento en un Violín es ambiguo. Pienso que se trata de una obra necesaria para romper algunos prejuicios, reflexionar y generar debate. Pero también lo hacía Quiero Pasar una Tarde con Franco, fresca, menos pretenciosa y más divertida obra de Martín Marcou, que lograba ser más efectiva, sin imponerse ser efectista. Y fue estrenada mucho antes que El Viento

La última puesta de Tolcachir en cambio, demuestra a un autor sólido y ambicioso que busca diversas formas de seguir expresando su talento y creatividad, con un elenco preciso, creíble, enérgico y que provoca emociones, pero al mismo tiempo se trata de una obra, que se pierde demasiado en mostrar mecanismos teatrales que desnudan un lenguaje que debería, a mí gusto,  quedar invisible.

Teatro: Timbre 4. México 3554
Funciones: Viernes y Sábado – 21:00 hs y 23:15 hs. 
Entrada: $ 90,00

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