A Sala Llena

En curda, viendo Batman…

batman

(Segunda parte de la trilogía de columnas sobre Batman: El Caballero de la Noche Asciende. Cosa que acabo de decidir)

Envalentonada por la columna de la semana pasada, compré entradas para el estreno de Batman: El Caballero de la Noche Asciende y no solamente para mí, sino también para mi esposo, para mi amiga Luján, su marido y su hijo. Ya estaba hecho, estábamos jugados, teníamos las entradas y el que se echara para atrás era un huevo podrido. Pero unas horas antes de la función, me entró el cagazo y me arrepentí y empecé a buscar excusas para retroceder con la decisión. Y que iba a entrar un pelotudo y nos iba a cagar a tiros a todos, y que estábamos siendo demasiado temerarios, y que llevábamos un menor, y que éramos una horda de irresponsables, y que quién me había mandado a ir al estreno ¡justo al estreno!, y que qué mal día había elegido para hacerme la corajuda, y que teníamos que averiguar a ver si el cine al que íbamos había tomado alguna medida de seguridad, y que voy, y que no voy, y que vayan ustedes, y que no puedo ser tan chiflada, y que patatín y patatán…

La cuestión es que llegó la hora de salir para el cine y yo ya estaba entalcada y perfumada en las partes correspondientes, con el entusiasmo de otrora, pero todavía medio temblando como una hoja. Mi chuchi llegó de laburar y pude observar que había tomado casi tanta carrera como yo para ver la película y no se había abatatado ni un ápice.  Era por eso, que no iba a haber forma de convencerlo de esperar un tiempito cuanto menos, hasta que se calmaran las aguas. Me sentía realmente cobarde. Solo unos días antes había escrito acerca de recuperar la sala de cine y sobre que era un domo sagrado y un millón de giladas similares, que ahora me resultaban tan estúpidas y patéticas, como el hecho de que un tarado nos cagara a tiros mientras nos llenábamos la boca de pochoclos. La imaginación se me desataba de manera indomable y con extraordinaria variedad de imágenes y posibilidades aterradoras. Granadas, dinamitas, ballestas, catapultas, sables láser, bazookas, tanques y un sinfín de cositas por el estilo, iban cobrando cada vez más envergadura y más nitidez dentro del revoltijo de escenas que imaginaba con mi mente afiebrada y tendenciosa. Con la valentía que me caracteriza, decidí ir a la función con todo y terror. Eso sí, a mí, sobria, no me iban a agarrar.

Lo único que había en la casa para “atemperar” los nervios, era ron, gin, vino y champagne. Con las dos últimas opciones no podía llenar una petaca, así que por más que no me pareciera en lo más mínimo apetecible, me decidí por el gin, con la esperanza falaz de meterle un poco de tónica en el cine. Ya en el auto me eché al coleto dos tragos asquerosos que, para mi sorpresa, me relajaron bastante. Íbamos por Juramento, y yo ya veía las cosas con otro matiz. Pero cuando tuvimos que hacer la cola en la vereda para entrar a la sala, el pánico volvió a apoderarse de mí y, para el colmo del ridículo, mis inhibiciones habían bajado considerablemente. Todas las caras comenzaron a resultarme sospechosas. Chicas con jeans ajustados y cabelleras hasta la cintura, adolescentes encapuchados, universitarios con mochilas y gorros de lana, veteranos con las camisas híper planchadas y pulcros anteojos para ver de lejos, padres con hijos de la mano, señoras con tapados de piel…

El gin ya estaba surtiendo bastante efecto y, empeorando las cosas, delante de nosotros había dos muchachos con sendas mochilas gigantes, discutiendo lo de la masacre y comentando algunas cosas nuevas que habían pasado alrededor del globo. Uno de ellos llevaba además, una especie de tubo largo debajo del brazo, recubierto de nylon grueso, que impedía a simple vista, saber de qué se trataba. Inmediatamente lo consideré sospechoso y me incliné para hacérselo saber a mi marido en lo que, yo creía, era voz baja:

– ¡Mirá, tiene un caño! – le dije – No se puede venir al cine con una cosa como esa…  A quién mierda se le ocurre venir al estreno de Batman con una cosa como esa, después del quilombo que hubo… – y con la mano izquierda, apreté el tubo para ver de qué era. Supongo que se trataba de cartón, porque le aboyé redondamente la punta que quedó marchita y arrugada, y me metí la mano en el bolsillo tratando de disimular.

Mi esposo abrió los ojos grandes, con bochorno infinito, sin saber si tirarse al piso a reírse, o taparme la boca con el pañuelo. Me hizo señas de que bajara la voz, colorado como un tomate. El muchacho del caño se dio vuelta y me miró como diciendo “descerebrada” y, con saña premeditada, le comentó a su compañero detalles aún más escabrosos de la masacre. Me quedé mirando para abajo, mascullando incoherencias, tratando de vengarme de mi compañero de cola, que trataba por todos los medios, de que nos enteráramos de las cosas horribles que habían pasado entorno al estreno.  Cada tanto, él y su acompañante nos relojeaban, a ver qué cara poníamos.

A falta de algo ocurrente, dije algo espantoso: – Caripelas por 500 – espeté y mi esposo me devolvió una mirada terrible, con semblante reprobatorio. Bajé la cabeza avergonzada y, antes de que pudiera recibir el sermón que merecía, llegaron nuestros amigos y se nos unieron en la espera.

Aguardamos varios minutos y el aire frío me despejó bastante. Cuando por fin entramos, nos dimos cuenta de que no podríamos sentarnos todos juntos. Mis amigos y yo, nos sentamos en la última fila. A mí me tocó contra la pared. Mi esposo se fue a la fila de adelante, bien en frente mío y muy cerca. Me quedaba justito para apoyarme en su butaca y hablarle en el oído, con mi aliento a nafta.

Escudriñando el lugar, me di cuenta de que el vendedor de caramelos desaparecía detrás de una cortina, alojada a los costados de la sala. Salté despedida de mi butaca y lo seguí. Descubrí que por donde el viejo había salido, había un pequeño pasillo con un ascensor para bajar a los pisos inferiores y que, de desmadrarse el asunto, podríamos tal vez huir por allí. Se lo advertí a mis compañeros cual GI Joe, no sin antes aprovechar para comprarle pochoclos al viejo. Pero cuando me hube acomodado otra vez en la butaca, percibí que la distancia hasta el lugar era, probablemente, demasiado larga. “Jamás lo lograremos” pensé. Y me tiré hacia adelante, buscando la cabeza de mi esposo para sentirlo cerca, por cualquier cosa.

Empezaron a pasar los adelantos y yo, sin desistir en mis labores de inteligencia, aproveché para medir con mi antebrazo, la distancia que separaba mi butaca de la pared. Era ínfima, pero en el caso de que sucediera algo, decidí que me metería ahí a como diera lugar. Si no me veían, el refugio era perfecto, si me veían, una trampa mortal. Pero en fin, había que tomar una decisión y la tomé, qué carajo. Un tipo hizo ruido raro con los pochoclos y lo fulminé con la mirada. Se apagaron las luces. Unas tilingas se sentaron con unos tipos en lo que, parecía, era la primera cita que tenían. Casi les grito que se ubiquen de una vez y se dejen de joder. Pero recordé que no estaba con todos mis patitos en fila y estimé que podía ser un papelón. Entibié mi butaca con el trasero y me recosté apoyando la cabeza en la pared alfombrada. El corazón se me salía del pecho.

Y entonces, la película empezó…

Continuará la semana que viene…

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