A Sala Llena

Esperanza, se Busca…

Estaba que reventaba. Hacía un rato ya que se me caían las lágrimas de la bronca. Es que, a estas alturas, ya tendría que saber que las cosas nunca me salen exactamente como las planeo. Las cosas, en realidad, jamás, pero jamás, me salen como las sueño. Es verdad que a veces resultan mejor, o desproporcionadamente más grandes, pero, en general y desde hace un tiempo ya, se pinchan o se deforman o, simplemente, no suceden. ¿Será que me estoy poniendo vieja, será que le he pedido siempre demasiado a la vida?

Estaba a un paso, a un solo paso de mandar todo a la remismísima mierda.

Hacer cine no es fácil. De alguna extraña manera, una sola vez me las ingenié para conseguir guita y hacer una película. Esa película se ganó un premio en 2009 y todavía lo estoy esperando. Todos los días pienso que tengo que aguantar, que el asunto tiene su propio ritmo y que la burocracia y que ya se va a destrabar y que patatín y que patatán. Pero hay momentos, momentos como ese, en que, simplemente, se me acaba la paciencia y me dan ganas de llorar, patalear y cagar a trompadas a alguien. Me las agarro con el universo, con la luna, con el sistema, con mi propia mediocridad, con los hijos de puta que filman huevadas y están llenos de guita, con las productoras, con mis amigos, con mi familia, con las cataratas del Niágara y las pirámides de Egipto. Si, si, el cine es un amante complicado, un amante esquivo y malévolo que solo necesita de una mirada para hechizarnos para siempre y tenernos rendidos a sus pies pase lo que pase. Pero a mí, mirá lo que te digo, ¡ya me estaba sacando de las casillas! ¡Y yo que creía que iba a ser tan fácil!  Hacía lo que me gustaba, y ya estaba. Pero no, las cosas nunca son así.

La verdad es que hay una parte de mí que piensa “ojo piba, estás a un corte y una quebrada de convertirte en amargada”, y si, es verdad, un poco amarga estoy. Lo lógico era, para zafar, salir a comprar unos caramelos o traerme un capuchino y unas medialunas y echarme todo al coleto hasta que las cosas volvieran a parecer más amigables, pero, la realidad es que necesitaba destilar el veneno. ¡Estaba asustada! Estaba de verdad cerca de resignarme del todo y eso es lo que más miedo me da en la vida. Después de todo ¿qué carajo voy a hacer si no hago esto?

Sonó el teléfono…

Demoré un poco más de lo planeado en volver a sentarme a la máquina, pero fue solamente porque salí a dar una vuelta. La del teléfono era mi vieja, pobre, ¡que divina!, llamaba para darme la posible respuesta a un interrogante que, hace una semana, planteó un lector de esta columna. Eso ya me puso de mejor de humor. Una vez que colgué me encaminé a darle de comer a mis gatos, tenían los boles vacíos así que estaban medio pesadas las criaturas. Abrí la lata y no había alimento, por lo que decidí salir a comprar una bolsa y aprovechar para despejar la cabeza y sacudirme la mufa.

Me crucé con algunos vecinos, me quedé charlando un rato y después salí a la calle. Buenos Aires de verdad estaba hermosa. El otoño viene cayendo perfecto. Corría un aire fresco, pero muy benévolo y el sol brillaba tranquilo, acompañando y acariciando a todo el mundo de manera tierna. Era una esas tardes en las que la ciudad se abre como una flor.

Me llené los pulmones de oxígeno y paré en la esquina para cruzar la calle.  La gente caminaba bastante tranquila, con bolsas de supermercado o paseando perros, volviendo del gimnasio, comprando revistas o acompañando a los chicos que salían del colegio. Aquello me resultaba como una especie de postal, de imagen dulce, de pintura en movimiento. Ya para esas alturas, los pensamientos se me habían vuelto más amigables. Sería por el olor de Buenos Aires, ese tan particular, tan hipnotizante… no sé.

Me fui hasta la veterinaria y, a la vuelta,  compré un capuchino, unas facturas y volví a sentarme frente a la máquina. La verdad es que durante toda la caminata, no pude dejar de pensar en lo que había dicho antes sobre el cine. Eso acerca de que es un amante complicado, esquivo y malévolo. 

Me preguntaba cómo es que esos amantes, que suelen no tener nada que ver con el amor verdadero, se las ingenian para mancillar el alma de sus víctimas de tal manera que, a menudo, queda más allá de toda posible reparación. Esos amantes suelen ser destellantes, suelen ser increíblemente seductores e irresistibles. Sumen siempre al objeto de su afecto en un estado de absoluta indefensión, para después aprovechar, sacar ventaja, abusar, lastimar e, incluso en algunas temibles y horrorosas ocasiones, matar. ¿Será esa la relación que yo tengo con el cine? ¿Será que ya se dio cuenta de que, al parecer, no importa cuánto me joda la vida, yo no voy a ir a ninguna parte? ¿Terminará matándome? ¿Me amargará irremediablemente? ¿Me chupará hasta la última gota de sangre esperanzada?

El “capu” empezó a hacer efecto y esos pensamientos tan lúgubres y decrépitos fueron perdiendo fuerza, dándole lugar a otras ideas, a otras excusas, a otros ilusionados devaneos.  Largas filas de imágenes se paseaban por mi cerebro. Elefantes, gatos agitando los brazos, escenas de un nuevo guión, dólares lloviéndome en la cabeza, inventos multimillonarios, autos de carrera, caramelos de dulce de leche, músicas desconocidas y, por fin, Frankie y Johnny.

Tal vez se pregunten qué atajos de la mente tomé para llegar hasta allí. En realidad es bastante simple: en esta película, la heroína, Frankie, no puede decidirse a amar a Johnny porque la han lastimado demasiado. Está tan herida, tan desencantada, tan amargada y oscurecida, que no puede ver más allá de eso y está decidida a dejar pasar la nueva (y posiblemente última) oportunidad que le da la vida, de tener un hombre.

No es casual que mi mente me haya guiado hasta este film, no solo porque está en mi videoteca, envuelto todavía en el nylon brillante del paquete, si no seguramente por el hecho de que, alguna vez y solo para homenajear su último plano, yo filmé un cortometraje entero, cuando todavía era una pendeja con apasionamiento a prueba de balas.

Recuerdo que hice 25 tomas del primer travelling que tiramos en mi pueblo. El equipo iba subido a un boogie porque no teníamos carro. El protagonista era el guapísimo Joaquín Furriel, que llegó a hartarse de caminar una y otra vez tratando de que el bendito plano saliera. Se había juntado mucha gente a vernos rodar, curiosos, amigos, familiares; todos terminaron coreando al unísono que dejáramos en paz al pobre actor y pasáramos a otra escena.

¡Dios mío estábamos tan contentos! Las cosas habían salido tan bien, nos divertíamos tanto que no podíamos parar. ¿Dónde me dejé olvidado ese sentimiento intoxicante, esa fuerza imparable, ese coraje arremetedor y furioso? Si alguien se lo cruza por ahí, mándelo de nuevo para mi house que le convido un sánguche de mortadela y una coca…

Frankie y Johnny  de Garry Marshall, escrita por Terrence McNally y basada en la obra “Frankie y Johnny en el Claro de Luna”, se estrenó en 1991, con un elenco que se te quedan los ojos afuera de las cuencas. Al Pacino, Michelle Pfeiffer y el exquisito Héctor Elizondo, entre otros y solo por mencionar algunos.  Se trata de un tipo que sale de la cárcel después de haber estado a la sombra  año y medio por fraude con cheques y encuentra trabajo de cocinero en un restaurantito de New York. Allí conoce a una camarera, muy hermosa pero bastante descangallada, totalmente decepcionada de los hombres,  de la que se enamora perdidamente.  A partir de ahí, toda la película se centrará en las idas y vueltas de estos personajes, en sus sufrimientos presentes y pasados y en la esperanza desaparecida, tan difícil de recuperar y que hace tanta falta para poder seguir construyendo la vida.

Johnny siempre le dice a Frankie que ellos estaban predestinados, debido a la popularísima canción que lleva sus nombres. Omite, por supuesto, el hecho de que, en el susodicho tema musical, Frankie termina matando a Johnny, porque descubre que ha estado engañándola con otra mujer. Así que, ella debe elegir, qué camino seguir, cuando parece que hay mucho por ganar, pero también absolutamente todo por perder.

El film va desarrollándose en espacios pequeños, con algunos destellos florales y unas pocas apariciones majestuosas de la ciudad de New York.  Los personajes son chicos, minúsculos de hecho, tan comunes, pedestres y solitarios, que hacen de su humanidad y de su carne, una muestra perfecta de la vida normal, ordinaria y estruendosamente singular que todos vivimos. El director los aúna  en un tono de naturalismo humorístico, por momentos casi cínico, pero que siempre vuelve a encontrar  la compasión y la solidaridad, dándoles una pátina sutil de “héroes anónimos”, que los termina maravillosamente.

Para rematarla, hay una escena en la que uno de los mozos, deja el restaurante porque acaba de vender su primer guión cinematográfico. Sus compañeros le hacen una fiesta y lo despiden con melancolía en los ojos, con semblante sombrío, añorando la juventud y la esperanza. Él pibe se va del bar y ellos se quedan allí, olvidados, viviendo sus vidas insignificantes, enterrando del todo las ilusiones, pero aún así, le desean lo mejor.

¿De qué lado quedaré yo? ¿Saldré alguna vez del bar, o me quedaré adentro, tratando de no odiar al que se va? El solo pensamiento me resulta terrorífico.

La última escena es, simplemente, épica. Una noche entera, hasta el amanecer, viendo a estos personajes tratando de amarse, tratando de espantarse, tratando de dejarse, tratando de encontrar un punto a favor que les permita justificar el hecho de sentirse vivos nuevamente, de exponerse nuevamente, de arriesgarlo todo y jugarse el uno por el otro. Hacen el amor, discuten, llaman a la radio y piden una canción, se mandan al carajo, se perdonan y se quedan juntos. En la ciudad el sol a penas está saliendo y ellos se sientan a cepillarse los dientes en la ventana, viendo nacer el nuevo día, sonriéndose tranquilamente,  mientras suena “Claro de Luna” de Debussy.

El final está lleno de esperanza, lleno de alegría y de posibilidades.

Ahora ya es de noche. De afuera llegan los ruidos de los autos y de los colectivos. Por alguna razón me han vuelto las ganas de llorar. De la puerta de los departamentos vecinos, escapan olores de comidas confortables, opulentas, tentadoras. Los gatos se acurrucan en algún rincón y Mi amor entra y sale de la casa, haciendo poco ruido para dejarme escribir.  

Es la hora de sacarse los anteojos, de dejar los zapatos tirados por ahí, de prender la televisión, de sentarse a tomar unos mates bien calientes charlando de las cosas del día mientras, en la cocina, termina de hacerse sola la comida. Es la hora de entrar en el calor, en la tibieza, en los besos, en la paz.

Pero aún así no puedo dejar de preguntarme cómo terminará mi tormentosa y apasionada relación con el cine. ¿Será que estoy condenada, como la Frankie de la canción o reencontraré la esperanza, como la de la película?

Termine como termine y, mal que me pese, nunca lo abandonaré.

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