A Sala Llena

Fuck Todo

Todos tenemos esos
días en los que nos levantamos con los astros en el trasero… Vaya a saber por
qué. Tal vez estemos jineteando una resaca, o una noche mal dormida, o un
hormonazo rutilante, lo cierto es que hay mañanas en las que el espíritu, la
mente y el cuerpo, están amotinados por causas tan irreconciliables como
ininteligibles. Para mí, hoy, fue una de esas mañanas.

Quizás porque mi
casa es una especie de batalla campal que tengo que, de una vez, decidirme a
ordenar. Quizás porque mis gatos se agarraron pulgas, o quizás porque se murió
Ricardo, vaya a saber… Lo cierto es que hoy, desperté más loca que una polea.
Me levanté hablando con mis mininos, largo rato después que mi hombre
abandonara el lecho, fui a la cocina, preparé un mate cocido pelado porque he
decidido dejar de comer como una enajenada y me senté frente a la computadora;
hasta ahí, todo parecía más o menos normal. Pero cambió cuando me puse a leer
las noticias.

Fatigué varios
portales informativos, me introduje a Facebook y a Twitter y entonces sucedió:
me enteré que Cristina Pérez, la pintoresca periodista de Telefé, había
publicado un libro de cuentos y estaba todo el mundo muy alborotado.  Me aventuré a leer algunas críticas y, la
mayoría, coincidían en que la autora había metido una patriada.  Hasta ahí creí que seguía todo bien, que no
estaba aconteciendo  nada fuera de lo
común e, inclusive, pensé en comprar el libro. Una noticia allá y otra acá y patatín
y patatán…

Pero de un momento
a otro, todo cambió.

Por algún misterioso
y complejo proceso físico, el mate cocido comenzó a subírseme por la garganta,
asqueroso y amargo. Una punzada en el estómago me lo retorció de una nueva
manera y, sospecho que de haber tenido un espejo a la mano, hubiera podido
observar como el rostro me iba de su rosado habitual, a un verde pétreo, en lo
más mínimo sentador y muy, pero muy desagradable.  ¿Qué carajo me estaba sucediendo? A los pocos
segundos, me descubrí intentando contener las lágrimas.

¡Ay, Dios mío, iba
a ser una de esas mañanas!

Comencé a analizar
lo que me estaba pasando y pude, a priori, enarbolar unas cuantas teorías.

1-       Había
desarrollado atracción sexual hacia Cristina Pérez y solo ahora me estaba dando
cuenta. (Esta teoría quedó rápidamente descartada, debido a que siempre me he
sentido atraída por mujeres un poco más voluptuosas, de ojos claros y menor
inclinación al verbo).

2-       La
envidia me estaba matando. (Esta teoría no ha sido descartada categóricamente,
pero hay fuertes indicios de que está mal rumbeada).

3-       La amargura
de la vida, por fin, me había alcanzado irrevocablemente. ¿Me estaría
convirtiendo en una especie de Salieri de Cristina? ¡Dios mío, si ese era el
caso, qué destino trágico me aguardaba!

4-       La
ansiedad y la exigencia me estaban ganando la partida nuevamente y estaba
enfilando rumbo a ese precipicio asqueroso que hace que no valore absolutamente
nada de lo que tengo y solo me regodee en lo que me falta. (Esta teoría, parece
ser la que se ajustaría un poco más a la realidad de las cosas).

Por supuesto, sopesé todos los hechos que estaban minando mi
ánimo: mi película que todavía no tiene fecha de estreno, mi miedo a la
enfermedad y a la muerte, el hecho de haber publicado dos libros que solo
leyeron mis familiares y amigos (y que son muy buenos, by the way), la cuestión de no tener hijos, la problemática de
mantener el culo parado y la mar en coche. 
Los que me conocen, saben que suelo capear con éxito todas estas
boludeces, concentrándome en lo importante. Pero hoy mis cables estaban
verdaderamente cruzados, así que la emprendí contra la afamada periodista, con
fuertes epítetos y floridos exabruptos. Para cuando me calmé un poco, ya habían
anidado en mí unos cuántos interrogantes.

¿Hay un límite para la pelea por los sueños? ¿Es la felicidad
un enemigo palpable de la tarea del creativo? ¿Qué es lo que quiero, fama,
reconocimiento, palmadas en mi espalda? ¿Hay un momento en que sería
recomendable rendirse? ¿Alcancé ese momento?.. Y entonces, por unos cuantos
segundos, me sentí verdaderamente huérfana, perdida.

Miré a mi alrededor, observé los floreros de la casa, las
cajitas de los DVD que guardan offlines viejos de mi película, los libros
apilados por todas partes. Entonces, otra vez: ¿qué es lo que quiero? Y, para
mi buena fortuna, la respuesta sigue siendo la misma.  Siempre quise y querré, compartir lo que hago
con los demás. Abrirme una y otra vez y dar lo poco o mucho que tengo. Que
alguien me lea, que alguien me vea, que alguien me escuche. Y el camino también
es el mismo, ese que seguiré transitando con o sin destino, ese que está frente
a mí desde que tengo memoria. No hay momento para rendirse, porque rendirse no
es una posibilidad. La rendición es la muerte.

Así que, FUCK TODO, decidí sacudirme ese sabor asqueroso de
los labios y salir a la calle. Tomé unas cuantas copias de Los Aburridos, mi último libro y me fui por ahí a obsequiarlas a
los transeúntes que me resultaran llamativos. Así, me acerqué a varias personas
que caminaban en el sol y les entregué un ejemplar. Les preguntaba “¿Te gusta leer?” y si decían que sí,
les daba mi tesoro.  Al principio la
gente piensa que estás por intentar venderle algo, pero cuando descubre que es
un regalo, la expresión completa, a la vez que la disposición, cambian
remarcablemente. Se vuelven simpáticos, cariñosos y hasta amorosos. Bastó un
ratito parada en la esquina, para que me rodeara un grupo pequeño de gente que
quería ligar un libro. Todos recibieron uno y se fueron contentos.  Y yo, por supuesto, más que ninguno.  Continué mi marcha de lo más campante y
enfilé para clase de pilates, con la sensación profunda de haber cambiado el
aire y de estar, otra vez, en el lado abrillantado de la vida.

A la siesta, cuando volvía a casa, decidí concentrarme en
esta columna, deleitándome en este espacio maravilloso que tenemos, y
compartirla una vez más con ustedes. Les mando un fuerte abrazo y mordisqueo
todas sus sonrisas.

¡Ah! Y aprovecho la oportunidad para mandarle un saludo
entusiasta y felicitado, a Cristina Pérez, que no sabe ni quién soy.

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