A Sala Llena

German, Últimas Viñetas

Acaba terminar Germán, Últimas Viñetas y estoy con un
nudo en la garganta. Se termina la que, creo, es la mejor serie que tiene en
pantalla la televisión argentina en este momento.  Termina si, y nos deja a todos los que
estábamos inmersos en ella un poco huérfanos y un poco perdidos, pero llenos de
coraje.

Aquí andamos, olfateando
huellas,  revisando el aire, tratando de
no sentirnos del todo desangelados. Insistiendo en encontrar ese espíritu
primigenio que alguna vez nos habitó y que la civilización, y la desilusión,
fueron  emparedando con cacharros, cera
de orejas, sueldos, esqueletos, impuestos, perfumes, pares de zapatos, yerba
mate y papeletas de todo tipo y naturaleza.  Hay que hurgar y hurgar, cavar, desenterrar,
vomitar… Todo eso y mucho más, si queremos triunfar en nuestra búsqueda y,
déjenme decirles, casi todo el mundo fracasa en sus intentos.

Lo que más me gustó de Germán, Últimas Viñetas,  es su cercanía con ese espíritu que, muchas
veces, se nos antoja perdido para siempre; 
y su pureza, su condición impoluta. La serie parece estar gobernada por
un alma completamente incorruptible, y transitar un estado de juventud
permanente. Es inevitable comenzar a acercarse a aquel ser humano que
planeábamos ser, que queríamos ser, que soñábamos ser.  Aquel tipo que se enfundaba en promesas y que
entendía mucho de lo bueno,  y no tanto
de lo necesario.

Todo en la serie es bueno:
el guion y la construcción minuciosa (extremadamente carnal) de los personajes,
la fotografía (opresiva, pesarosa, oscura) en clara congruencia con la
historieta,  la dirección de arte, el
vestuario, el maquillaje, la elección exquisita de puesta de cámara, la
refinadísima dirección de actores, que redunda en performances de valor
incalculable… La solidez narrativa es realmente portentosa.  Estamos frente a uno de los trabajos más
sensibles y bellos de los últimos tiempos.  Sin duda Luciano Saracino, Flavio Nardini,
Cristian Bernard y Federico Sosa, son una pandilla mágica, bendecida por esas
musitas locas que andan por ahí y que se juegan el brillo por el brillo, cuando
se enamoran de una obra. Sobre todo cuando hay tanto trabajo bien hecho y tanta
búsqueda bendita.  Una verdadera muestra
de inspiración prodigiosa y trabajo profundo.

Además de todas las cosas
buenas que tiene, la serie también nos trajo de vuelta a Miguel Ángel Solá.  Su composición de HGO es de una hondura
emocional remarcable. El Germán Oesterheld de Solá es dulce, contemplativo,
tolerante, sabio y profundamente compasivo, pero con el fuego de la militancia
aun ardiéndole claramente en las venas. 
Los contrapuntos (o no tanto eh…) con el personaje de Santos encarnado
por Claudio Rissi, son verdaderos banquetes suculentos que, si dejan con ganas
de algo, ese algo es MAS.  ¡Al gran Rissi argentino chapó!  ¡No puede más de buena su composición, no
puede más de exquisita, no puede más de elegante e inteligente, no puede más de
compleja y humana!

Este último capítulo fue un
epílogo liso y llano.  Pero un epílogo
que se extendió en la esperanza y se enfocó en la capacidad de cambio, de
adaptación, de re descubrimiento, de aprendizaje y, sobre todo, de valoración.
En el episodio final, se revisa la vida de Germán y se hace una amorosa puesta
en valor desde varios puntos de vista. El de su esposa, con toda esa añoranza y
fuerza de lucha rotunda; el de sus colegas, ungidos en el respeto, el cariño
sincero, la admiración y la gratitud.  Y
por último, el punto de vista silente del espectador transformado tanto por la
serie, como por la obra del genial HGO.  Todos estábamos ahí, metiendo bocadillos
mudos, de frente al televisor, con los ojos llenos de lágrimas, conmovidos por
toda esa poética trágica.

El epílogo fue un bellísimo
acto de fe y esperanza.

Seguramente va a haber que
esperar un poco para volver a ver algo tan bueno en televisión abierta. Pero
esta serie abre un gran surco con respecto de lo que realmente puede hacerse
cuando lo que se busca es algo comprometido con la belleza. La gente que
apuntaló semejante proyecto, es gente de talento genuino. Gente que asume un
compromiso verdadero con la historia, con el lenguaje y con el espectador.  No olvidemos esto.

Una vez, cuando recién
llegaba a vivir a Buenos Aires, me lo encontré a Miguel Ángel Solá parado en la
puerta de un bar del centro. Era una tarde cálida de otoño, dulce, benévola. Yo
tenía dieciocho años recién cumplidos y venía caminando despreocupadamente por
la vereda, con una amiga que me había hecho en la residencia de señoritas en la
que vivía. Venía con mis collares y mi pelo teñido de rojo furioso, largo y
brillante. Venía sintiendo el inconfundible empoderamiento de la libertad, de
la juventud, de la lejanía impotente de mis padres en mi pueblo y de todo el
derecho a ser feliz que estaba segura que tenía.  Mi compañera se me había adelantado por alguna
razón, así que yo corrí dos o tres pasos detrás de ella. Entonces lo vi a
Miguel, bello, flaco, dulce.  Llevaba una
camiseta rosada, desteñida creo, y me miró.

 _ Te amo Miguel_ le dije_ ¡Te amo!_ y salí
corriendo con los últimos movimientos de colegiala que tenía.

Él sonrió…

Todos estos días, mientras
disfrutaba con insaciable voluptuosidad de la serie, me sentía muy cerca de
aquella tarde. Muy cerca de ese espíritu, muy cerca de esa esperanza.

Gracias a todos los que
hicieron Germán, Últimas Viñetas por
la maravilla de este regalo.

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