A Sala Llena

Gigoló Americano

Acá ando, con una especie de enfriamiento, o resfrío, o vaya a uno a saber… medio pachucha. La cuestión es que me atrasé un poco con la columna, debido a que prácticamente no he movido un dedo, aún cuando tengo muchísimas cosas que hacer. En la casa me está tapando la mugre y, recién hoy, pude salir un poco para ponerme a laburar.

A la columna la tenía en la cabeza, ya desde el lunes a la noche. Pero, al margen de que estaba segura de que quería  comentarles la película de la que voy a hablar, tuve un par de distracciones que, por algunos momentos, me hicieron dudar del rumbo elegido. Ayer por ejemplo, me topé con Spanglish por la FOX y pensé en descartar la idea que tenía y ponerme con esa comedia. Emprenderla con todo con el tema de los estereotipos, los contrastes raciales, las conductas femeninas y la mar en coche.  Pero, rápidamente la descarté y decidí postergarla, dejarla macerar como quien dice, retomando el rumbo original. Y hoy, estando a punto de sentarme a escribir, me choqué de frente con Espera en la Oscuridad. ¡¿Para qué?! Me puse del bonete con Audrey Hepburn, y con lo excelente que es el guión, y con lo bien que está manejado el suspenso, y con la fotografía IM-PRE-SIO-NAN-TE, y con cómo la gasta Alan Arkin en su interpretación de súper villano de la historia. Meta gritar al mediodía mientras estornudaba y me soplaba los mocos que, por favor, esta ciega encontrara el cable que cortaba la luz y dejara al asesino, de una vez por todas, a oscuras.  Pero, ni bien terminó me calmé y se me pasó, así que decidí volver sobre mis huellas. En fin, con tanto alboroto, vamos a ver qué les parece a ustedes, la opción con la me descuelgo esta semana.

El lunes a la noche no me sentía demasiado católica, así que me acosté temprano a mirar la televisión, tratando de conciliar el sueño. Fue medio al pedo porque, en vez de eso, me enganché con una seguidilla de programas, que me mantuvieron despierta como hasta las dos y media de la mañana.  Me hice dos o tres tazas de té, tosí como una descosida y, finalmente, me quedé viendo esta película con la que hacía años que no me encontraba pero que, para mi sorpresa, sigue siendo bastante interesante desde todo punto de vista.

Para ponernos un poco a tono con la historia, pensemos en que se filmó a fines de los setenta y se estrenó en 1980. Que el rol protagónico fue rechazado por John Travolta y por Christopher Reeve, aún cuando a este último le habían ofrecido la exorbitante suma, para la época, de un millón de dólares. Y, si tenemos en cuenta que solo Brando había cobrado eso por Apocalipsis… por aquellos días, cabe suponer que el rol era realmente de riesgo. En cuanto al pobre, prejuicioso y cobarde Travolta, es justo decir que no ha pegado muchas en su carrera. Se bajó de la producción porque tuvo miedo de quedar estereotipado como homosexual y, solo fue entonces, que quien estaba destinado a llenar los zapatos de este personaje, hizo su entrada: el increíblemente magnético, Richard Gere. Fue él y no otro, quien tuvo las bolas suficientes para cargarse al hombro al misterioso Julian Kaye, el mismísimo Gigoló Americano.

La cinta iba de un prostituto, profundamente complejo, que era inculpado de un crimen que no cometió. Julian era culto, refinado, atractivo hasta la locura, con una sexualidad que bordeaba lo ambiguo y un gusto impecable tanto por la ropa, como por los automóviles. Era cálido, tierno, cortés, elegante y atento con sus mujeres, aún cuando casi todas ellas le importaban un rábano. Era, a las claras, un sobreviviente de algo totalmente desconocido. Egoísta, desagradecido, soberbio pero, a la vez, visiblemente vulnerable y con un rasgo de inocencia que coqueteaba con la ingenuidad.  Siendo la clase de hombre que era, no podía entender por qué se había desatado el infierno sobre él.

Julian se veía inmerso en un derrotero desesperado por probar su inocencia mientras algunas de sus clientas, para quienes él sentía que significaba algo, le daban la espalda en pos de proteger sus reputaciones y las de sus maridos.  Todas menos una, la hermosísima Lauren Hutton, que se enamoraba de él y terminaba salvándolo, otorgándole una coartada falsa.

Este film, escrito y dirigido por Paul Schrader, no tenía un guión demasiado intrincado. Pero, la minuciosa y sofisticada construcción del mundo en el que Julian se movía era tan precisa, que acababa por proporcionarle a la historia un escenario vivo, sórdido y extremadamente representativo de una época. La cinta tenía un ritmo extraño, una especie de andar cansino, con algo de sopor y de angustia, que le daba a todo lo que sucedía una cualidad enrarecida. La fotografía, lujuriosa, extrema, casi vulgar, le hacía el caldo gordo a un argumento que terminaba siendo brutalmente mundano, sexual, obsceno y pervertido. Si me lo preguntan a mí, creo que es una gran película, aún cuando abreva de manera bastante evidente en cintas anteriores.

Gigoló Americano representa uno de los ejemplos más acabados de la relación film-protagonista, lo que esta significa  y sus vastas manifestaciones. No había otro hombre mejor que Gere para ese rol, y el universo lo sabía. Hay una condición instintiva en él, que lo relaciona de manera espeluznante con la naturaleza de su personaje, aún cuando no tengan absolutamente nada en común en el plano real. Richard Gere tiene una “cualidad” transgenérica que lo convierte, no solamente en imparablemente sexy, sino también en naturalmente misterioso, más allá de las discusiones a cerca de su talento y capacidades actorales.  Su Julian es peligroso, imprevisible, una bomba de tiempo narrativa. Pero a la vez, hay algo en sus ojos que nos acerca de manera cuasi maternal, y nos impide detestarlo. La inteligencia que puso, no solo en aceptar un rol tan peligroso si no, y más que nada, en los riesgos interpretativos que tomó, es realmente remarcable.

Por último, una de las cosas más llamativas de la película, es su valoración distorsionada de la masculinidad. Julian es un prostituto y la mirada que el film tiene sobre todo el asunto, es  masculina, aún cuando la mayoría de los componentes narrativos, interpretativos y dramáticos que la construyen, son intrínsecamente femeninos. Lo mejor de todo el pastel, es el juicio de valor que ejercen los personajes varones, sobre este hombre y el mundo al que representa. Algunos lo odian, otros lo admiran, otros aborrecen su estilo de vida y lo miran desde una especie de pedestal moral. Pero todos, absolutamente todos, quedan expuestos por la envidia. De hecho, el motivo real por el que Julian es inculpado, es la venganza que deviene de la envidia voraz que le propinan otros hombres, entre ellos otro gigoló.

A diferencia de las mujeres, que entendemos la cosificación, la explotación, la marginación, la desconexión emocional, los dolores y el trauma que conlleva la prostitución, esta película desenmascara de manera casi inconsciente, lo que los hombres sienten al ver a otro que vive de acostarse con mujeres.  Todos piensan que es un hijo de puta, incluido el policía que lo investiga (un magistral Hector Elizondo) pero, a la vez, sucumben ante el deseo irrefrenable de parecérsele un poco. Un espejo formidable de machismo, amputación emocional y violencia de género, que hoy vale la pena rescatar para la reflexión.

Por último, voy a destacar obviamente, la música de Giorgio Moroder, que incluyó Call me de Blondie y la catapultó a la estratósfera.

Gigoló Americano, una buena opción cinematográfica para “desempolvar” (si se me permite la humorada) y para entender alguna que otra cosita sobre la vida y el cine.

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