A Sala Llena

Gladiador

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¿Hay alguna persona allí afuera, que el sábado no haya estado viendo la pelea? En mi casa no voló una mosca desde, aproximadamente, las diez y cuarto de la noche, hasta casi las tres de la mañana. Nos vimos todos los combates y, después de que terminó el de Maravilla, nos quedamos despiertos para el “after”, escuchando lo que el mundo tenía para decir, para gritar y para, eufóricamente, festejar. Cuando todo hubo terminado, estaba tan cansada de boxear al televisor, que caí prácticamente rendida. Grité como una loca, saqué ganchos de izquierda y derecha, corrí por el living como una enajenada y me agarré una taquicardia de Padre y Señor nuestro. Qué puedo decir, me gusta el boxeo. Es que, verán, en casa somos de los pagos de un gran boxeador, que ostenta rutilante el título del mundo, en dos categorías diferentes, mosca y súper mosca. Se trata, por supuesto, del gran Santos Benigno Laciar: Falucho. Mi viejo es fanático del box, así que medio que me crié viendo las peleas con él por la tele y escuchándolo hablar con los amigos. Así, la afición se me pegó un poco, al mismo tiempo que algún que otro superficial conocimiento.

No soy una mina que disfrute demasiados deportes. De hecho, el fútbol me aburre como un hongo, a pesar de mi devoción por Maradona, que es una de las grandes paradojas de mi vida. Cada vez que hay partido, hay que soportar mis constantes desplantes de aburrimiento y mis descomunales bostezos, que entorpecen el visionado del match y, literalmente, vuelven loco a cualquiera. Me importa que le vaya bien a Independiente y soy “Soldado de Cantero”, pero ni por asomo me mando a la cancha.  Si me lo preguntan, disfruto el básquet, el box (algunas peleas), el automovilismo (Fórmula1) y las carreras de motos. Punto. Después, solo miro deportes durante los Juegos Olímpicos y pará de contar. Pero a Maravilla, lo sigo desde hace un par de años, después de escuchar una muy interesante charla que tuvo con Víctor Hugo y que me dejó, realmente, pasmada. Así que, el sábado pasado, preparé la casa, mandé a los gatos a dormir y, con mi chuchi, nos apostamos en el sofá a comernos los dedos. La pelea no defraudó y terminó teniendo ribetes casi épicos.

Todos ya han visto hasta el cansancio el terrible doceavo round, repetido infinitamente en todos los canales argentinos e internacionales, así que no voy a volver sobre lo sucedido. Lo que si voy a declarar sin tapujos es que, cuando Maravilla cayó la primera vez, me convencí de que me estaba infartando y salí como pito rumbo a mi dormitorio a meter la cabeza debajo de la almohada. No quería ver ni oír absolutamente nada más, hasta que no hubiera sonado el campanazo final. Una vez terminó, volví al living a caminar en círculos, hasta que por fin dieron el fallo y entonces sí, di rienda suelta a la serie de alaridos que tenía atravesados en la garganta.

Por supuesto, durante el desarrollo de la pelea y su excitante culminación, yo no podía hacer más que relacionar lo que sucedía (y como hago con todo) con el cine. Por cierto, ¿recuerdan aquella famosa frase de Pancho Ibáñez que rezaba “Todo tiene que ver con todo”? He decidido que, en este espacio, acuñaremos una pequeña modificación, a nuestro beneficio: “El cine tiene que ver con todo”, y de ahí en más, que nos vengan a buscar con la policía, porque no la devolvemos ni que vengan degollando.

Durante la pelea, era inevitable pensar, en la mítica obra de supremo arte cinematográfico Rocky. Creo, si no recuerdo mal, que en algún momento hasta sonó por ahí “Gonna fly now” y eso disparó una serie de inevitables comparaciones, que me hicieron pensar en que, justamente esta cinta, no era el anclaje verdadero para el combate que se estaba sucediendo. Por lo menos, no para los que hinchábamos para Maravilla. Si había un Rocky en aquel cuadrilátero de Las Vegas, ese era Julio César Chávez Jr. Si, ya sé que nuestro Maravilla era el retador, pero ese es el único punto en común con el Garañón Italiano. Chávez era el torpe, el de la técnica escasa, el de los golpes aislados pero peligrosos, el del mentón de acero, el resiliente hasta la insania y, hay que decirlo, el que se percibía (como todos los mexicanos) ultra camicace y guapo. Un tipo que resistió hasta el último asalto, como un faro de cemento que se niega a caer, aún cuando sus pedazos están desparramados por el piso, ante los embates feroces de una topadora. No, Maravilla no es Rocky, de hecho, si tuviera que ser uno de los personajes de la mítica cinta, sería Apollo Creed. Durante el combate, Martinez era el elegante, el tecnico, el estratega brillante, el bello, el inteligente, el sabio e intuitivo al mismo tiempo. Una especie de pavo real arriba del ring, que hipnotizaba a todos con su plumaje maravilloso y sus irresistibles colores. Porque si, hay que decirlo: desde Monzón que no había un boxeador al que las mujeres quisieran saltarle a la yugular y arrancarle la ropa. Twitter se deshacía en hembras que querían darle su primogénito y lo anunciaban a los cuatro vientos.  Y es natural… el muchacho es uno de los más puros especímenes de su género y, además, se lo percibe interesante, misterioso y, casi, casi, tierno. Mmmmm… ¡Qué Dios nos ayude!

Pero volvamos a los que nos convoca: el cine.

Se me hizo inevitable preguntarme, cuál cinta le iría a Maravilla como anillo al dedo. Así, desfilaron por mi mente una cantidad de películas de boxeo, que hacían las veces de, lo que concluí finalmente, fallidas opciones: Toro Salvaje, El Campeón (ni en pedo…), El Ganador, Cinderella Man, Huracán, Million Dólar Baby, Rocco y sus Hermanos, Gatica el Mono, Alí, Golpes de Mujer… y ahí paré, porque me estaba por ir al carajo. Pero, después de devanarme los sesos por un buen rato lo comprendí: Maravilla es Maximus, Decimus, Meridius…” es el Gladiador in the flesh. Maravilla se hizo a sí mismo. Moldeó su cuerpo, su espíritu y su cabeza. Se convirtió en una especie de “general” de ejército de uno solo y desplegó todas sus habilidades estratégicas arriba del ring. Es un hombre construido, no un pendejo. Quizás él no haya llegado a la escena a vengar a su mujer y a su hijo muertos, pero si a palear una vida de lucha, de carencia y de necesidad, que forjaron y alimentaron un espíritu verdaderamente remarcable. Llegó a la arena con sus capacidades largamente extendidas, gracias a una fuerza de voluntad inquebrantable y a una sensibilidad fuera de lo común. Con una inteligencia fuertemente cultivada y con un refinamiento que tiene que ver más con la estirpe que con la clase, logró tomar de la vida, lo que ésta jamás le había ofrecido y transformar de plano su mundo y el mundo entero. Como Maximus cambió a Roma, así Sergio nos cambió a nosotros y nos devolvió a un tiempo de glorias, que muchos añoraban no tan silenciosamente. El cinturón de los medianos, es argentino nuevamente. La arena está en paz.

Gladiador se estrenó en el año 2000 y le devolvió la épica al cine Hollywoodense, que la recibió con los brazos abiertos y vitoreando. Dirigida por el legendario Ridley Scott y fuertemente influenciada por La caída del Imperio Romano de 1964, este film se convirtió en el gol de media cancha del cambio de milenio. Con un componente indiscutiblemente masculino su protagonista, Russell Crowe, encarnaba una sofisticada combinación entre virilidad, inteligencia, sensibilidad y sex appeal, que dejó al mundo con los lienzos bajos. Esa combinación, puede traspasarse casi sin alteraciones, a lo que hoy representa Maravilla Martinez. Un hombre que parece tener el potencial para hacer lo que quiera pero que, para llegar, primero tiene que pagar el precio de la sangre.

Así que, mis queridos editores de tv, a ver si me musicalizan correctamente al púgil. Echen mano de la banda original del maestro Hans Zimmer y háganle justicia a nuestra leyenda incipiente.

Y a vos Maravilla, gladiador invencible: gracias por la magia. Pero, más que nada, GRACIAS POR LA LUCHA.

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