A Sala Llena

Inside Llewyn Davis: Balada de un Hombre Común

(Estados Unidos/ Francia, 2013)

Dirección y Guión: Joel y Ethan Coen. Elenco: Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman, Justin Timberlake, F. Murray Abraham, Adam Driver, Garrett Hedlund. Producción: Joel Coen, Ethan Coen y Scott Rudin. Distribuidora: Alfa Films. Duración: 104 minutos.

La reeducación del público.

Resulta meritoria la disposición ética/ profesional con la que los hermanos Joel y Ethan Coen han encarado su carrera, siempre combinando proyectos con un cierto sex appeal masivo con otros más crípticos que obedecen a una lógica casi suicida para los patrones actuales del mercado cinematográfico. Dejando atrás el periplo industrial de la primera mitad de la década pasada, la etapa que se abrió con la extraordinaria Sin Lugar para los Débiles (No Country for Old Men, 2007) retomó la senda habitual y su “devenir doble” intermitente. Inside Llewyn Davis (2013) es su gran regreso después de tres años sin filmar, una vez más testeando los límites concretos del consumo popular y la crítica de pocas luces.

Como si se tratase de una “versión musical” de Barton Fink (1991), aunque con un registro naturalista y sin aquel sadismo del desenlace, la película nos ofrece un retrato meticuloso del protagonista de turno, un autodidacta del folk propenso al escapismo insensato y con múltiples tribulaciones: su disco solista no vende tanto como el de su antiguo dúo (de hecho, su compañero se suicidó saltando de un puente), gana una miseria tocando en el circuito arty de clubs de New York (no tiene un lugar fijo donde dormir), y sus diversos problemas con las mujeres están a la orden del día (los que incluyen una relación tensa con su hermana, tener que pagar un aborto y descubrir que es padre de un niño de dos años).

Los directores recurren a una vieja estrategia narrativa de su cine para atrapar al espectador: durante el inicio someten al personaje principal a una catarata de golpes e insultos -por boca de los secundarios- para ir demostrando sistemáticamente que se merece cada uno de ellos. Centrándose en una semana de la vida de Davis en 1961, la trama posee una primera mitad que sigue la estructura de una comedia satírica para con el mundo de los artistas independientes que no desean “transar” en lo que respecta a sus convicciones (típico detalle autobiográfico de los Coen). En la segunda parte se produce un viraje hacia una suerte de road movie existencialista en la que la imprevisibilidad y la fascinación van de la mano.

Oscar Isaac compone de manera maravillosa al protagonista y si bien recibe una gran ayuda de manos de un elenco muy sólido (Carey Mulligan, John Goodman, F. Murray Abraham, etc.), éste es en realidad su unipersonal. Inside Llewyn Davis es el film melómano que se debían los Coen, una pequeña epopeya que sólo los amantes de la música apreciarán en su justa medida y/ o patética hilaridad (la escena en el departamento de Al Cody, con las cajas de vinilos, es excelente). Aquí la mirada ácida va desapareciendo para dar paso a ojos comprensivos en los que la irresponsabilidad y el fracaso son la contracara de la terquedad y el talento, ese que vemos reflejado en cada uno de los prodigiosos segmentos musicales.

Proyectos como el presente ponen de manifiesto el inconformismo de los hermanos Coen, realizadores que continúan experimentando luego de cuatro décadas de actividad sin interrupciones, y a su vez señalan la triste banalidad de buena parte de la industria, los consumidores y la prensa, todos sectores casi siempre incapaces de incorporar la novedad o siquiera aceptar opus que provengan de “comarcas” para ellos desconocidas. En definitiva, debemos celebrar la llegada de la propuesta al circuito comercial: destinada o no a pasar desapercibida por su idiosincrasia particular, en esencia hablamos de una obra notable que -parafraseando al propio Davis- hoy sueña con una futura “reeducación del público”…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

 

Llueve sobre mi corazón.

Balada de un Hombre Común (Inside Llewyn Davis, 2013) podrá gustar o no, pero si algo es seguro es que no tiene absolutamente nada de común; porque la más reciente de los hermanos Joel y Ethan Coen es una película tan amena, cálida y placentera como seca y desabrida, que supo cómo transformar el fracaso sistemático en algo hermoso.

Cuando hablamos de algo hermoso, estamos hablando de Oscar Isaac, el eje gravitatorio de Balada de un Hombre Común. En la primera escena, la de presentación del personaje, ya queda claro que goza de un halo aparte: el plano está en penumbras y él emana luz como si fuese una luna llena dentro de ese bar, con su voz triste y angelical. Cuando Oscar Isaac canta, todo lo frío se torna cálido y súper sentimental; la película parece construida exclusivamente para que él y su magnética fotogenia se potencien hasta el punto en que resulta casi imposible imaginarse a otro actor como protagonista de esta historia. Algo parecido sucede con cada tema de la exquisita banda sonora, una de las mejores en lo que va del año. Él canta “Hang Me, Oh Hang Me”, tema que pinta de cuerpo entero lo que está pasándole por dentro, porque esa es la verdadera lucha que plantean los Coen: el viaje que encara este héroe roader es un viaje interior.

Llewyn es un gato callejero. Un personaje roto, y abandonado, tanto por su amigo Mike y otra mitad del dúo, como por él mismo. Es un personaje estancado (a pesar de moverse de acá para allá, de sofá en sofá, a pie o en auto, con gato o sin gato, siempre tenemos la sensación de que no está yendo a ningún lado), que vaga sin poder curar sus heridas, incompleto, sin poder juntar los pedazos que le faltan, como un Edward Manos de Tijera que ha perdido a su creador y ahora va (como si cumpliese un destino predeterminado) en camino a una agridulce espiral de frustraciones. No conoce el concepto de estabilidad, y su camino principal para andar se encuentra taponado, por lo que parece condenado a deambular eternamente sobre sus propios pasos. “Todo lo que tocás, lo convertís en mierda”, le dice Jean mientras desata su ira contra él. A nosotros nos pasa lo mismo que a ella: hay algo en Llewyn que nos ahuyenta. Pero también algo que nos cautiva -su lado vulnerable e hipnótico cuando canta-  y nos atrae hacia él como la gravedad de la Tierra a cualquier cosa que ande cerca. Parte de esta atracción radica en el carácter enigmático de Llewyn, tanto para él como para nosotros. Tomando esta concepción del personaje,  la película podría definirse como una acumulación de momentos, un rejunte de varios “aquí y ahora”, a partir de los cuales surge la idea de capturar lo fugaz que anda rondando en la atmósfera contemplativa, fría, lúgubre y cruda pero a la vez sumamente cálida y reconfortante que logra la fotografía de Bruno Delbonnel. El francés representa la sequía en todo sentido -de dinero, de esperanza y de fuerzas con la fuerte presencia del invierno- y crea un Greenwich Village sepia, con colores apagados, claroscuros y un aire denso por el humo del cigarrillo.

Lo curioso de Balada de un Hombre Común es que funciona como un artefacto narrativo muy complejo -pensado hasta el más mínimo detalle- bajo la apariencia de un relato que simula dejarse llevar por el azar y la improvisación, que hasta podrían tildarse de perezosas. Pero no todo es lo que parece. Los Coen montan un juego muy dinámico de géneros y se divierten atravesando el humor negro y la comedia (con la ingeniosa subtrama del escurridizo gato de los Gorfein), el absurdo (los exóticos compañeros de Llewyn mientras intenta llegar a Chicago), llegando hasta el rincón más oscuro del corazón. Lo mismo pasa con la música, que puede comenzar siendo extradiegética para luego darnos cuenta que proviene de la guitarra de Llewyn. Otro matiz interesante que no es para nada menor, es que los temas de folk se cantan completos. Esto resulta imprescindible para entrar en la cadencia de la película y es otro gran acierto que convierte a Balada de un Hombre Común en una rareza. Un deja vu perpetuo que, como un perfecto artefacto de relojería artesanal, nos termina de envolver en una espiral pesadillesca que funciona como la aguja de un tocadiscos cuando se atora y repite el mismo sonido una y otra vez. Sólo que cuando nos detenemos a escucharlo, no deseamos que se termine, sino todo lo contrario; que siga resonando en nuestros oídos una y otra vez…

calificacion_4

Por Elena Marina D’Aquila

 

Reflejo de un alma errante.

La industria de la música tuvo su explosión gracias al nacimiento de un público adolescente y juvenil rebelde que, de la mano de mejores condiciones salariales, permitió el surgimiento del rock como expresión de rebeldía generacional contra los valores convencionales. Hasta ese momento las ventas mayoritarias de discos eran monopolizadas por la denominada música clásica, mientras que el resto de los géneros subsistían como pequeños reductos estancados que no podían emerger hacia el gran mercado salvo en casos excepcionales. Durante esa etapa previa al surgimiento del mercado del entretenimiento masivo musical en la que algunos solitas y grupos emergían con alguna canción o se popularizaban como Elvis Presley o Johnny Cash o Pete Seeger, dedicarse a la música era más un voto de pobreza para la mayoría de los artistas que un camino al éxito.

Balada de un Hombre Común (Inside Llewyn Davis, 2013) relata el momento previo a esa explosión en el ámbito de la música folk norteamericana, antes del surgimiento de artistas como Bob Dylan, Joan Baez y Phil Ochs. Llewyn (Oscar Isaac) es un músico profesional incapaz de tomar responsabilidades, siempre al borde de una grosería, durmiendo en sillones ajenos, tomando malas decisiones y por sobre todo, esperando que el mundo de la música y el público reconozcan su talento.

La película se sitúa a principios de los años sesenta durante una época de transición en la cultura vanguardista del Greenwich Village. La industria discográfica que editaba folk en esa época eran empresas familiares, emprendimientos solitarios de soñadores de otra era. Dentro de este género existían dos vertientes. La primera, y en la que se incluyen las interpretaciones del protagonista, es la de la reversión de temas clásicos. La segunda era la de la canción folclórica de protesta que a la postre fue la que popularizó el folk a nivel mundial con las manifestaciones contra la guerra en Vietnam.

La frustración y la necesidad son los ejes de esta obra de los hermanos Joel y Ethan Coen (True Grit, 2010; No Country for Old Men, 2007; Barton Fink, 1991), en la cual todas las puertas se cierran y el sueño de la música parece una fórmula para el fracaso y la infelicidad. La intimidad de Llewyn constituye un torbellino de crueldad y decepción que lo convierten en una persona incapaz de conectarse y generar un aura sobre sus canciones que le permitan trascender en el mercado discográfico de su época.

Entre medio de hermosas canciones folk, cariñosos felinos fotogénicos y actuaciones a medida que confirman la idoneidad actoral de Carey Mulligan, John Goodman y Oscar Isaac, Inside Llewyn Davis -como disco, como film y como ensayo sobre el lado oscuro de un mercado que castiga a los que no llegan al éxito comercial- nos dispone a una mirada itinerante sobre un mundo que se debate entre la pedantería de los artistas y el desengaño de una industria a punto de convertirse en artífice y motor de las reivindicaciones de una generación que se enfrentó a la ética y la moral protestantes.

calificacion_5

Por Martín Chiavarino

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