A Sala Llena

J. Edgar, según Emiliano Fernández

La información es poder.

Así como Toro Salvaje (Raging Bull, 1980) es sin dudas el modelo por antonomasia de biopic posmoderna, gran parte del género en cuestión ha deambulado desde entonces por dos inevitables reduccionismos en lo que a retratos de figuras públicas se refiere: por un lado tenemos los films que exacerban la vida profesional del protagonista proponiendo un recorrido sumario por su carrera y por el otro están los que se concentran en la esfera privada bombardeándonos con metáforas que vienen a dar cuenta de tal o cual aspecto de su carácter. Sin embargo también es posible encontrar representantes de una tercera posición que pretende ofrecer una combinación balanceada de las dos vertientes anteriores.

Precisamente J. Edgar (2011) es un maravilloso ejemplo del equilibrio -entre extremos opuestos del devenir cotidiano- que aún hoy se puede lograr a condición de que se dejen de lado las simplificaciones populacheras y toda esa “doctrina del shock” que tanto de produce y consume por estos días (la velocidad narrativa aunada a un realismo de cotillón van en detrimento de la dimensión del contenido, el interés intrínseco y la belleza formal). Por supuesto que si existe un paradigma cinematográfico del tono sosegado y el humanismo crepuscular ese es Clint Eastwood, aquí comprometiéndose con la difícil tarea de analizar los “vaivenes” del fundador y director por 48 años del Buró Federal de Investigaciones.

Recordemos que el mítico norteamericano cuenta con una fascinante experiencia previa en el terreno de las biografías: ya sean pequeños testimonios como Invictus (2009) sobre el papel jugado por Nelson Mandela en la Copa Mundial de Rugby de 1995, semblanzas acotadas como Cazador Blanco Corazón Negro (White Hunter Black Heart, 1990) acerca de John Huston durante el rodaje de La Reina Africana (The African Queen, 1951) o epopeyas más ambiciosas como Bird (1988) sobre el inolvidable Charlie Parker, el realizador siempre termina descollando por mérito propio y ratificando su maestría absoluta a la hora de administrar sutilezas, promover el debate y llamar a las cosas por su nombre.

En términos prácticos el joven guionista Dustin Lance Black invierte las polaridades en cuanto al planteo dramático de Milk (2008): en esta ocasión la espontaneidad y frescura de aquel personaje han sido reemplazadas por la frialdad detallista característica de Hoover. Como suele ocurrir con las figuras de las que se poseen pocos datos irrefutables, el relato se ve obligado a especular en relación a la supuesta “homosexualidad reprimida” del señor y su Complejo de Edipo mal curado, todo vía madre castradora y mucha paranoia fascistoide. Mediante una típica estructura apuntalada en un ciclo de flashbacks y flashforwards, la película combina la redacción de sus memorias con distintos momentos de su trayectoria.

La trama nos pasea inteligentemente por la parafernalia circense alrededor de la cruzada contra el crimen organizado, la lucha anticomunista, el secuestro del bebé de Charles Lindbergh y la tenaz persecución contra las voces políticas opositoras. La “humanización” por su parte llega a través de su seudo amorío con Clyde Tolson y su faceta de “innovador” al introducir una amplia gama de patrones de identificación civil, siempre utilizados para la represión, el chantaje y/ o la cacería del enemigo de turno. Con un Leonardo DiCaprio símil El Aviador (The Aviator, 2004) a la cabeza, Eastwood redondea una obra en la que la información es sinónimo de poder y el estado un trampolín para ególatras eficientistas…

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Por Emiliano Fernández

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