A Sala Llena

Lau llamando a Meryl, contesta Meryl…

En general, soy de las que cree que los sueños no se cumplen y que eso es algo bueno. Es decir, creo que lo que si pueden cumplirse, son los anhelos, pero los sueños no. Pienso que cuando una gran ilusión que tenemos para nuestra vida se materializa, lo hace de manera diferente o en un tiempo diferente o con gente diferente a lo que  habíamos soñado. Uno luce distinto de lo que creía, o crece distinto o se expresa distinto o, simplemente,  lo vive distinto. Yo creo que eso es bueno, porque nos hace seguir soñando y por ende, seguir anhelando, deseando y viviendo. Uno puede hacer que los anhelos se realicen o la vida puede hacerlo por uno (lo que es menos frecuente) y eso suele traducirse en la felicidad completa. La famosa frase “Tocar el cielo con las manos”, finalmente cobra su significado completo.

Pero qué sucede una vez que ya estamos allí y empezamos a sentir que dentro del sueño hay trabajo que hacer. Todos soñamos, eso es indiscutible, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la parte real que conlleva alcanzar un objetivo, la labor que implica, el esfuerzo que implica, el dolor y la frustración con la que nos encontramos inclusive dentro de la realización de eso que imaginamos durante tanto tiempo.  Esta cuestión nos suele tomar por sorpresa y nos embiste con rigor y es muy frecuente que eso desemboque en un estado de temor tal, que nos haga desistir de la empresa que tanto esperamos llevar a cabo.

Si, es frecuente que, aun viviendo en carne y hueso nuestra propia ilusión, nos sintamos completamente inadecuados y estemos allí, inmersos en el frenesí del deseo cumplido, eufóricos y felices, pero a la vez aterrados  de no estar a la altura.  ¿Qué pasa si no me da el piné? Esa es la pregunta que me ha acompañado durante todos estos días.

El sábado a la noche comencé a trabajar en rodaje nuevamente, solo que esta vez lo hice delante de la cámara y no detrás. Me he formado como actriz durante años, fui bailarina por muchísimo tiempo y no es la primera vez que me enfrento a una performance como intérprete,  pero sí es la primera vez que voy a estar en la piel de un rol protagónico en una película y eso me hace temblar las rodillas tanto de emoción, como de terror. Aventurarse en la búsqueda de un personaje es un viaje tan excitante como oscuro e incierto.

Muchas veces me han dicho que debía ser actriz. Maestros, amigos, compañeros, parientes… Pero, de alguna manera, en estos días, no puedo evitar pensar que, tal vez, escuché las voces equivocadas. Mi propio miedo, mi propia necesidad de aceptación, van tejiendo una tela robusta alrededor de mi confianza y, si no me repongo rápido de esta estúpida emboscada, voy a comenzar a pensar que todos estos años de terapia no han hecho el efecto que creía. Debo reponerme rápidamente, confiar en mi proceso de búsqueda y seguir adelante.

Ya hemos hablado de lo mágico que resulta estar en rodaje. Yo lo adoro. Pero debo confesar que, aunque suelo tener grandes mariposas en la panza cuando dirijo, jamás he entrado en un estado de inseguridad tan grande como este y tampoco me he sentido tan excitada de realizar un proceso de trabajo como ahora. Es, algo así, como tener el universo por delante, aterrador y hermoso. No puedo esperar a seguir y, a la vez, me da pánico continuar.

Andando y desandando este camino, fue que me topé varias veces con la imagen  de Meryl Streep, dentro de mi convulsionada cabeza. ¿La vieron la otra noche en los Golden Globes? ¡Hay Dios mío, qué mujer más hermosa por favor! Le dieron otro Globo por su actuación en La Dama de Hierro, cosa que no sorprendió a nadie, porque la mina es, lisa y llanamente, mágica.  De hecho, es la mujer que mas Globos ha ganado en la historia del premio y se me ocurre que, con los Oscar, debe andar pasando más o menos lo mismo. Desde Kramer Vs. Kramer para acá, que este ciclón de mujer, no deja de arrasar con premios y críticas, dejando al mundo boquiabierto. No hay una sola performance de ella, que no sea sencillamente, exquisita.  La mujer a la que no hemos visto jamás en piloto automático, subió a recibir su trofeíto jadeante y despeinada y se olvidó los anteojos en la mesa, por lo que no pudo leer su discurso. Se dio el lujo de estar medio copeteada y de decir “mierda” en la televisión americana, cuyo puritanismo bordea el ridículo. Sonreía con todos los dientes y estaba feliz, como si hubiera sido el primer galardón de su carrera.  Yo me quedé a mirar la ceremonia hasta el final y, recuerdo que en medio de la noche pensé: No debe estar nada mal ser esta mujer. Y eso, mis queridos chichipíos, no lo pienso jamás.  Aún con todos mis “asuntos” a cuestas, no cambiaría mi piel por la de nadie. Pero esa noche se la veía tan bella, tan llena de vida, tan increíblemente radiante que pensé que, de verdad, estaba frente a la encarnación de un don que ha llegado a expresarse en toda su intensidad y dimensión. Una mujer que es la mejor actriz de la historia y que, a la vez es esposa y madre feliz. Una artista con todas las letras, que se excluye a si misma de las trivialidades y pelotudeces de su oficio y que llena el espíritu de los espectadores con la noción inconfundible de que Dios existe y de que nos cuida y nos bendice a través del talento.

He visto casi todas sus películas. Para mí la Streep es como Bayer: Si es Meryl, es bueno.  No me pierdo nada de lo que hace porque soy consciente de que, verla trabajar, es como observar un milagro.  Si me preguntan cuáles son mis películas favoritas, puedo, al menos, enumerar diez de ella: Kramer Vs. Kramer, Los Puentes de Madison, La Amante del Teniente Francés, Mamma Mía, El Ladrón de Orquídeas, África Mía, Julie y Julia,  Enamorándose, Enamorándome de mi Ex, El Francotirador y muchas, pero muchas más. No se puede abarcar la filmografía de esta mujer, sin que se te caigan literalmente las medias.

Debo confesar que, por estos días, he deseado que el universo se pliegue para mí y que por alguna magia remota y misteriosa del cosmos, algo del talento de Meryl se me pegue y pueda descular mi trabajo de estos días.  Sueño con la minuciosa composición corporal y gestual que ella lleva a cabo de manera virtuosa en cada interpretación y se me ilumina la cabeza.  Como directora (rol que nunca me abandona ni siquiera cuando lavo los platos), me revientan los actores rompe bolas, por ende, como intérprete, trato de no ser uno de ellos.  Soy consciente de que el actor es un instrumento y debe entregarse con confianza  y humildad al director. Pero, con las luces en su cara y todas las miradas puestas en él, el actor se encuentra en una posición tan vulnerable que suele casi convertirse en ridícula y eso es espeluznante. La búsqueda, la caza de un personaje es tan íntima y carnal, como estridente y expuesta.  Nos deja, a quienes osamos aventurarnos, desnudos frene a la mirada ajena que no suele ser demasiado piadosa. Para soportarlo, la mayoría desarrolla egos descomunales que, a la larga, terminan por contaminar el trabajo. Presenciar eso, no es grato debo decir.

Por lo pronto, a mí me queda el trabajo como opción, como amuleto, como esperanza. Nada más estimulante que la búsqueda del otro en uno mismo. Nada más noble que el oficio de actor liso y llano. No hay otro en el mundo que tenga más que ver con la compasión y con el amor por el prójimo.

En cuanto a Meryl, tal vez esta noche trate de invocarla para ver si me ayuda.

_Lau llamando a Meryl, contesta Maryl…. Lau llamando a Meryl, contesta Meryl….

Me dice que no es tan difícil, que piense en que hasta Keanu puede hacerlo.

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