A Sala Llena

Joya de la Corona

Como comenzaría Mafalda una de sus legendarias postales a Felipe debo decir: “Desde estas hermosas playas…”  Si, si, desde estas hermosas playas de Pinamar, escribo esta modesta columna con medio kilo de medialunas  en la panza, regadas maravillosamente por un mate cocido formidable y un jugo de naranjas criminal.  Estoy de un muy particular buen humor. El hecho de tener a diario las patas metidas en la arena, los baños fríos y vigorizantes con agua de mar, la comida exquisita y abundante y la cópula frecuente y sudorosa, me ponen de cara a la vida con un optimismo remarcable y una especie de valentía peculiar que raya casi con la total despreocupación por todos los misterios de la existencia humana.

Pinamar para mí, siempre significó la felicidad. Con mis viejos los veraneos iban cambiando de acuerdo a la edad que mi hermana y yo teníamos. Cuando éramos bebas o niñas muy chiquitas el destino era Necochea, de los seis a los doce más o menos  le tocó el turno a Mar del Plata y, cuando nos metimos de lleno en la adolescencia, Pinamar fue el destino obligado de casi todos los eneros, hasta que nos fuimos de la casa.  Aquí me vine de paseo cuando me acababa de casar. No teníamos un mango partido al medio así que agarramos la guita que nos regalaron para la boda y, en vez de invertirla en nuestra casa, en nuestro futuro y bla bla bla, nos la reventamos en Pinamar, haciendo maratones de comida, barrenando las olas, cafeteando en cuanto barcito se abriera, chupando vino en los restaurantes, comprando boludeces en el centro comercial y dorándonos de manera brutal bajo el sol. Nos codeábamos con políticos cabezones, empresarios muuuyyyyy cuestionados, modelitos, familias numerosas, vendedores ambulantes, artistas coloridos y nuevos ricos desquiciados en motos de agua. Estábamos exultantes y el olor de la ciudad nos intoxicaba llenándonos los pulmones de anticipación y esperanza.   

Aquí vi grandes películas que me cambiaron la vida, que me hicieron ser cineasta y que me inspiraron los mejores cuentos que escribí.

Amo este lugar. 

Incluso antes de salir de Buenos Aires, yo “canté” que el televisor del cuarto de hotel, el domingo 27, sería totalmente mío lloviera, tronara o jugara quien jugara el torneo que fuera. Ese día, llegaríamos de la playa, nos pegaríamos una ducha y después de eso, silencio absoluto hasta que terminara la ceremonia.  Mi media naranja aceptó sin chistar y, el domingo, hicimos exactamente todo lo que yo había planeado. Él se durmió como un tronco y yo vi toda la alfombra roja y la premiación. Después, muy contenta, cerré mis ojitos pacíficamente hasta la mañana siguiente, cuando arranqué con el parloteo infernal.  Y que tal llevaba un vestido increíble, y que no hubo grandes sorpresas, y que el montaje para mí era para 127 Horas y no se lo dieron, y que me encantaron los Oscars honorarios y que El Discurso del Rey ganó mejor película y dejó con la boca abierta a los de Red Social que estaban demasiado confiados en que se lo llevaban, y que James Franco estaba fumado y que no estaban ni Meryl ni Jack, y que me quiero casar con Gwyneth y tener un montón de bebitos con ella, y así hasta que a Magoya  le sangraran los oídos. Mi marido se quedó callado mirando unos pájaros que se habían posado en el árbol que nos daba reparo mientras desayunábamos. Después de largos segundos de silencio me dijo que el martes El discurso… estaba en cartelera en el cine Oasis y que podíamos ir a verla con mis viejos, que llegaban a la tarde.  Con las ojotas en la mano, asentí con la cabeza y eso fue en lo único que pude pensar durante todo el día.

El martes a la noche, mi mamá y yo nos metimos en la cola. Los cines Bahía permanecen cerrados hasta el comienzo del festival (Pantalla Pinamar) por lo que, tooodaaaa la gennnnteeeee, estaba en el Oasis.  Muchas viejas, muchas familias, muchos pelados con anteojos. Mi vieja llevaba una cartera enorme colgada del hombro y me apretaba con ella contra la barra contenedora mientras caminábamos hacia la sala. Nuestros “susodichos” se habían ido a comprar caramelos, mentitas y golosinas varias. A medida que íbamos avanzando, mi anticipación crecía y mi felicidad también. Hacía mucho que no compartía la sala de un cine con mis viejos y, para rematarla, mi amorsote estaba allí también, con su cara colorada como una sandía, comprándome dulces.  Cuando la película empezó, cabeceé mirando la fila y me puse contenta. Tanto que, casi, casi, se me da por la lágrima.      

La película arranca casi como un cuento de Dickens. Invierno, Inglaterra, la nieve, el frío, la luz azulada, austera, poco amistosa con los rostros y las personalidades. Hombres y mujeres de vestidos grises que abrigan y ocultan corazones de fuego.    Tom Hooper, elige contar su película con lentes abiertas, planos muy cortos que casi deforman los rostros y  travellings en steady que se quedan largo rato en la espalda del rey, mostrando lo ancha y fuerte que es. La espalda del padre benévolo y demasiado prudente, en la que pueden reposar y descansar sus temores, los hijos de Inglaterra. El componente texturado del diseño de producción, que enmarca la acción en ambientes grises, verdosos, descoloridos, deshilachados y completamente desprovistos de calor, le aporta al relato visual y al desarrollo dramático de la película, una cualidad contenida, refinada que brilla desprovista de lujos y se salva de los lugares comunes que suelen enmarcar a la realeza en los escenarios cinematográficos. El arte se contrapone inteligentemente, subrayando y enfatizando el calor opulento del duelo actoral sublime,  entre Colin Firth (el Rey tartamudo) y Geoffrey Rush (su terapista vocal) Lionel Loge. No se puede decir más de estos dos monstruos, a no ser tal vez, que estamos en presencia de dos gigantes absolutos y arrebatadores. El disfrute que cada uno hace de su composición, trasciende la pantalla, contagiando placer y voluptuosidad. ¡Qué envidia muchachos! Cómo me hubiera gustado presenciar el nacimiento y la vida fugaz y destellante de esta cofradía deliciosa. Enhorabuena Colin por tu Oscar y, Geoffrey, es casi indiscutible que Christian Bale, ¡TE ROBÓ! ¡Fuck the Academy por esta injusticia!

El guión de Davis Seidler es excelente, aunque para mi gusto, abunda demasiado en recursos algo teatrales. El dramatismo de la escena de la muerte del Rey Padre por momentos me sonó un poquitito “maquetero”, plástico, estereotipado.  Aún cuando Guy Pierce está bien rumbeado, el que salva la escena vuelve a ser Firth, que parece una bomba de tristeza contenida y de desesperación disimulada. La frialdad de la reina me sonó demasiado estatuaria y, lejos de parecerme estoica, me resultó lisa y llanamente sintética. Esta escena, tal vez, es la menos viva de todas, en contraposición directa con la que tienen Helena Bonham Carter y Colin, en la noche en la que se enteran de que el hermano de Jorge ha abdicado y que ellos deberán ser los nuevos monarcas de Inglaterra. El llanto del hombre y la ternura de la mujer, la intimidad absoluta y arrolladora del matrimonio, la puesta en juego de la noción de que sus vidas ya no les pertenecen y el amor tierno y profundo que los personajes se profesan, incendian la pantalla en una hoguera  ardiente y vital.  Quiero destacar también, la actuación memorable de Derek Jacobi, en su rol de Arzobispo. En las pocas escenas en las que interviene, se las ingenia para representar redondamente a la parte institucional y política de la Iglesia, embotellando el misterio, el miedo, la solemnidad, el interés acomodaticio y la tradición milenaria de una institución tan compleja, sórdida y oscura, como familiar, amparadora y  reafirmante. Este film, sin duda, es una película que se debe a sus actores, que se nutre de ellos y se enriquece con ellos, levantando un vuelo mucho mayor de lo esperado teniendo en cuenta el tamaño de sus alas. Todos nos emocionamos y quedamos encantados con la cinta, gracias a las prodigiosas interpretaciones y al profundo y contundente tono actoral en el que el director los armonizó a todos. Mi viejo, que es bastante complicado de entretener y de emocionar, no se cansaba de decir lo buena, lo bella y poética que le había resultado.

Cuando salimos del cine, encaminados a darnos una panzada de mariscos, discutimos a cerca de la monarquía, la vida de la nobleza y sus obligaciones. Salió por supuesto a colación  La Reina y la comparación fue inevitable. Yo comenté que, durante toda la función, había tenido la sensación de estar frente al gemelo varón de aquella cinta. El gemelo anticuado, menos audaz, más serio y refinado, un poco acartonado y políticamente correcto. Un gemelo tierno, ordenado, más romántico, más sutil y exquisito, con una excentricidad opaca y contenida, pero profunda y sincera, llena de fortaleza que delata un mundo interior suculento.

Más tarde, con una copa de crema helada en la garganta, pensé que La Reina es casi como el mar de verano, lleno de olas espumosas, gente zambulléndose, tablas de colores y ojotas vistosas. El Discurso del Rey en cambio, es como el mar de invierno. Frío, plateado, peligrosamente manso y congelado, pero infinitamente más misterioso y elegante.  Eso sí, las dos películas estarán eternamente hermanadas por su pequeño y delicioso tamaño, por su sangre obviamente y por un devoto amor por sus personajes, su desarrollo profundo y bien dirigido y su fuerza veraz imparable.  

El Discurso del Rey tiene un brillo puntual y destellante. Un brillo que no se disipa, si no que ilumina pequeños rincones del alma y del cosmos. Uno de esos brillos que no harán estruendos rimbombantes en la historia, pero que de manera silenciosa, no se apagará jamás. Eso la convierte, sin dudas, en la nueva joya de la corona.

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