A Sala Llena

La Araña Vampiro, según Matías Orta

Las historias de personajes de ciudad que la pasan mal en bosques/montañas/desiertos son recurrentes en el cine. Clásicos como Deliverance, de John Boorman, y El Loco de la Motosierra, son dos buenos ejemplos de choques culturales con nefastas consecuencias. Wes Craven lo expresó muy bien en una entrevista: “La idea de ir de la ciudad al campo es un paradigma antiguo. Se trata de irse al bosques, lejos de las apariencias de la civilización, lejos de las leyes escritas en libros y dictadas en juzgados. Es adentrarse en la ley de la selva, donde rige la supervivencia del más apto. Es meterse en el mundo de la bestia”.

El cine nacional tiene muy buenos exponentes, empezando por El Aura, de Fabián Bielinsky, y la reciente Todos Tenemos un Plan, con Viggo Mortensen.

En La Arana Vampiro, Jerónimo (Martín Piroyansky), un veinteañero con hipocondría, es llevado por su padre (Alejandro Awada) a una cabaña en un paraje montañoso. La idea es poder tener algo de intimidad en un lugar alejado de todo. Pero durante la primera noche, Jerónimo es picado por una horrible araña. Según los médicos, no es nada grave, pero el muchacho comienza a sentirse muy mal. Y se sentirá peor al enterarse de que el veneno de la criatura lo está matando de a poco. Ayudado por Ruiz (Jorge Sesán), un guía alcohólico e impredecible, se internará en los bosques en busca de otra araña de la misma especie, ya que la única cura posible es dejarse picar otra vez.

¿Es una de aventura? ¿Es una de terror? La película mezcla los dos géneros, pero de la manera menos obvia. El tono es climático, tenso y también extraño. Como si fuera poco el ir quedándose sin fuerza vital a causa de la picadura (la roncha va extendiéndose por todo el brazo), Jerónimo no puede confiar demasiado en Ruiz; son la perfecta encarnación de la Ciudad y lo Salvaje, aunque hay una suerte de entendimiento entre ambos que los hace seguir adelante. Y algunas escenas oníricas, más la leyenda vinculada a la araña, contribuyen a enrarecer las cosas.

Se nota que el director Gabriel Medina vio films como la mencionada Deliverance y le imprimió esa sensación de incomodidad, incluso en las secuencias aparentemente más tranquilas. El resultado: un film muy distinto a Los Paranoicos, su ópera prima, y también muy arriesgado.

Un Martín Piroyansky más contenido encaja perfecto en el papel de Jerónimo; no sabemos demasiado sobre el personaje, pero es imposible no involucrarse con él en el transcurso de sus peripecias. Jorge Sesán vuelve a dar otra actuación cruda y realista, como si de verdad se hubiera criado en las montañas. Ailín Salas le aporta una cuota de misterio, lo mismos que los no-actores que encarnan a los lugareños.

La Arana Vampiro no es una película destinada a todo publico, pero representa un nuevo y muy interesante enfoque sobre el costado más tenebroso de la relación entre el Hombre y la Naturaleza.

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