A Sala Llena

La Mirada Invisible, Según María Eugenia D’Alessio

Tan terrible como profunda.
Reprimida tanto sexual como socialmente y obsesiva en su trabajo, María Teresa cumple a rajatablas la tarea que Biasutto, el jefe de preceptores, le encomendó. Si alguien rompe una regla, ella debe saberlo. Julieta Zylberbeg interpreta maravillosamente a una mujer cuya vida empieza y termina en la casa que comparte con su madre y abuela y en el Nacional Buenos Aires, en donde trabaja como preceptora. Inmersa en un sistema oscuro, siniestro y rígido, va transformándose en un personaje tan perverso como todo lo que la rodea.


Con una mirada muy original y contextualizada en los últimos meses de la dictadura, Lerman –quien paradójicamente nació el 24 de marzo de 1976- centra la historia (basada en Ciencias Morales, la novela de Martín Kohan) en la perversión y el abuso de poder en lo que él mismo llama una “microcélula” de lo que pasaba en el país. El colegio Nacional Buenos Aires porta una fuerte tradición de educación liberal y erudita; de él salieron, como afirma el mismo Biasutto (una interpretación brillante de Osmar Nuñez) los padres de la patria.
El punto de vista del film es la de una mujer de veintitrés años que vive totalmente ajena a la realidad política e ideológica que le son contemporáneas. Es una preceptora que no pertenece a la misma clase social de los estudiantes de la institución; sin embargo, esta situación no le impide tratarlos de manera impersonal.
El personaje de María Teresa muta en el transcurso de la trama; la inocente y obsesivamente responsable trabajadora encuentra la manera de obtener el placer que la vida no le da. A través de las rendijas por las que espía surgen sus represiones y a la vez, su liberación. En sus persecuciones, todas intentos por cumplir con su deber y agradar a su superior, cae en una trampa de la que no puede salir sin una determinación radical.
El jefe de preceptores encarna a un sistema que está a punto de caer, pero asimismo sostiene sus ideas a toda costa. Repite constantemente el discurso que lo sostiene en su puesto; es parte de la brutalidad que hay afuera –que no se ve, pero se trasluce- y traslada al colegio una guerra que ya está perdida. Biasutto es un personaje oscuro y siniestro desde el principio hasta el final –tremendo- de la historia.
Es interesante el contraste entre planos cortos de la joven con los amplísimos que muestran el edificio del colegio, cuyas columnas, paredes y mármoles son símbolos de impenetrabilidad, rigidez, estabilidad. Los primeros dejan ver y sentir el encierro en la mente de la protagonista; los segundos en cambio, la muestran débil, pequeña, casi un elemento más del decorado. Por otro lado, el sonido de los tacos de la preceptora retumban en el silencio como botas de una autoridad suprema que está pero que no se ve. Los muros altos y firmes de la escenografía, unidos a ese ensordecedor sonido, aluden al encierro y la opresión. Es imposible escapar de ellos.
La exquisitez estética de La mirada invisible se enriquece además con los alumnos, que se confunden con el edificio mismo que los contiene, trasladándose así hacia ellos el sentido de la inflexibilidad y el autoritarismo absolutos.
La originalidad del film se potencia por el tratamiento diferente de una época que es recurrente en el cine nacional. Si bien hay contextualización histórica (la película comienza con un título que explicita que lo que allí ocurre transcurre en marzo de 1982), las alusiones a lo que ocurría entonces están presentes todo el tiempo en el relato, pero sin mostrar ni hablar explícitamente de desaparecidos ni torturados; no hace falta. Con un ritmo pausado en su justa medida, La mirada invisible es una mirada diferente que vale la pena ser vista.

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