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Cine

Crítica de “El bufón 2” (The Jester 2), de Colin Krawchuk

FENÓMENOS INFLACIONARIOS

Hacer una crítica de El bufón 2 es muy posiblemente un despropósito. No es una película que cuente en sus haberes con alguno de los elementos retóricos, expresivos y narrativos propios del cine, ni se encuentra en ella una noción de dirección en su “puesta en escena”. Por lo tanto, no la llamaría siquiera cine. Antes que una película o film, lo podemos llamar un “producto audiovisual”, de esos que acechan por todos los rincones mediáticos, y que han retrotraído lo que se conoció como cine a un mero juego, capricho, divertimento o coleccionable, tal cual lo fue bajo las formas del cinematógrafo inicial (ver las nociones de Faretta en su “Concepto del cine”) y luego bajo las múltiples idas y venidas como “cine-arte”, de “vanguardia” o de género (valiendo bajo esta mirada las películas exclusivamente por pertenecer a un género cinematográfico más allá de toda particularidad en cuanto al cómo y el qué de cada obra en particular).

Quizás este preámbulo pide mayor desarrollo conceptual, pero para eso hay obras que dan ya cátedra a la hora de pensar y definir conceptos. Lo primordial acá es saber que producto audiovisual puede referir tanto a una publicidad como a un TikTok, un stream, una película y aquello que se disfraza de película, como es el caso de El bufón 2 (segunda parte tan redundante como la primera, puesto que no hace falta ninguna de las dos para que exista la otra). Dado que El bufón 2 NO es cine, aunque esté filmada, montada, fotografiada, actuada, guionada, partida en escenas, y demás, la crítica vale únicamente para, usando de ejemplo este bochornoso producto, definir algunas cosas que al parecer de quien escribe pueden ayudar a ordenar el panorama contemporáneo en cuanto al cine, el “audiovisual” y la producción en masa bajo el mote de arte o cultura.

La noción de que el cine de terror, o con elementos de terror, fantásticos, de suspenso, es un tipo de cine de entretenimiento, como si hubiera clases de cine y hubiera por un lado uno que es “arte”, uno que es “entretenimiento”, y algunas otras clasificaciones malformadas, ha tomado vuelo con un tipo de director y de productoras que en los últimos años llevan la batuta del supuesto buen gusto contemporáneo: tal es así que se utiliza la idea de “cine elevado” para hablar de películas que, a pesar de ser películas, son de valor y son serias (cosa que para estos directores y películas aparece como una culpa de clase) puesto que utilizan al cine, a ciertos elementos narrativos, técnicos, y retóricos para dar un mensaje, para iluminar, para mostrar con una moraleja cuan valiosa es esa película puesto que tiene mensaje y no es otra boludez con posesos o vampiros (o lo que sea). El paladín de esta mirada sobre el cine sea muy probablemente hoy por hoy Ari Aster (A24 como casa productora), seguido por legiones de directores y productos que cruzan esta forma aleccionadora de hacer cine, con desdén y desconocimiento del mismo, y una confusión del término “estética” y “lo estético” con un buen (o extravagante) pulido técnico de la imagen y el sonido y un excesivo despliegue de actores gritando y llorando.

Hay otra forma del malentender al cine y es en esta forma que vamos a reparar hoy: la forma inflacionaria, donde el término y la idea se toma nuevamente de la obra de Faretta. La producción en masa de unidades, de series de productos que inundan el mercado pueden llevar a una saturación y un decrecimiento de su valor. De repente aquello que destaca o que tiene un determinado lugar en el medio en que surge queda pegado a las cataratas de símiles que le siguen. La clasificación por géneros de películas se presta a este uso y abuso de forma directa, dado que por un lado hay fanáticos del terror, de la ciencia ficción, de la aventura (términos todos vagamente definidos, en general) y demás, y dado que se asocian ciertos procedimientos, temas, motivos, figuras, tipos de música, etc. a los distintos géneros. Esto hace que se pueda tomar como si de una receta online se tratase una o varias de estas categorías, con todas estas variables, y se produzcan combinaciones para apelar al fanático.

La relación de jerarquía que el cine propiamente dicho establece, mediante la dirección y elección de elementos asociados a los géneros en función de la construcción de un film y no a priori como una ruleta rusa es completamente obviada en las películas inflacionarias, que sin más rodeos son aquellas que presentan un personaje, una historia, una sucesión de acciones, principio, desarrollo, final, etc. pero sin jamás ser otra cosa que aquello que se muestra cual se lo muestra. En este momento no se trata de peyorativos, ataques o defensas de aquello que pueda identificarse con estos productos; se trata de distinguir al cine (donde una película nunca será solamente lo que se ve) de productos audiovisuales que intentan parecerse. También tomada de Faretta, la idea de que el mal banaliza es aplicable para entender la modalidad cine-arte o elevada (“el cine es banal, vale cuando es utilizado para dar un mensaje serio y la película no importa”) y la modalidad inflacionaria; en este caso, ejemplo perfecto es Jester 2.

¿Por qué? Porque por pasarse en una sala de proyección, durar hora y media, tener actores y toda la parafernalia de elementos que uno puede encontrar en cine (más sin principio de unidad que de cohesión dentro de un todo que trasciende cada pieza por separado), se cree que se tiene película, cuando en verdad lo que se tiene es a duras penas algunos elementos en su pura formalidad, solo en apariencia propios del cine, reproducidos sobre una pantalla. Hay un monstruo. Hay una protagonista. Hay música de clima terror, hay asesinatos, hay un enfrentamiento final. Hay todo esto que es lo que está a la vista, literalmente servido a los sentidos en la película. Y solo eso. Como película, es un muy mal borrador de guión. Dado que en todo caso estos son elementos de guion plasmados en un boceto filmado sin criterio de puesta en escena, sin intención de puesta en escena, sin intención de cine, mas bien como si alguien hubiera hecho ese primer borrador de libreto (tan solo uno de los elementos que participan del cine) directamente filmado con cámara y micrófono. Podríamos decir también que como película, Jester 2 es un pésimo reel técnico de los actores y el equipo que trabajó detrás.

Ya que estamos, para mencionarlo, todo ese aspecto técnico está en esta “película” presente de la manera más detestable posible: notoriamente mal actuada y con paja, con una banda sonora pésima, ni siquiera predecible puesto que uno olvida que está allí, con un ausente sentido del humor presente como chiste sin gracia y sin siquiera conseguir un momento de tensión o inquietud, cosa que otras películas inflacionarias (como la molestísima saga del payaso a la que este bodrio asaltó por todos lados) por lo menos pueden conseguir. La sumatoria de todo esto da como resultado un producto donde ni el cínico y corrosivo consumo irónico contemporáneo es posible.

Dirección: Colin Krawchuk. Guión: Colin Krawchuk. Elenco: Michael Sheffield, Kaitlyn Trentham. Producción: Patrick Ewald, Jake Heineke, Cole Payne. Duración: 87 minutos.

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