A Sala Llena

La Vida y la Libertad

El lunes al mediodía, disfrutando el feriado de carnaval, mi esposo y yo paseábamos tranquilos por Palermo, cómodos en el auto, con un par de cafés de Starbucks, escuchando a Víctor Hugo en la radio.  Estábamos contentos. Habíamos vuelto de unas vacaciones copadas, antes del feriado, para gozarlo en Buenos Aires como nos gusta y estábamos juntos, relajados, charlando boludeces, parando a mirar vidrieras y enterándonos de las noticias.

Como tenemos el casamiento de una prima de mi maridito dentro de un par de semanas, era cantado que, tarde o temprano, iba a emboscarlo para que me llevara a ver algunos vestidos. Él estaba en plena rezongadera, cuando escuchamos lo del Padre Alessio. Víctor Hugo daba la noticia de que la Iglesia le había iniciado un juicio canónico y, finalmente, lo había suspendido en su ejercicio del sacerdocio y echado de la casa parroquial que habita desde hace más de veinticinco años. 

La verdad, me dieron ganas de llorar. Estaba sensible por varias cosas, entre ellas el temor a morir, cuando escuché la noticia y por alguna razón reaccioné de manera “dramática”.  En otro momento tal vez solo hubiera vomitado una de mis maravillosas, legendarias y creativas puteadas (si, me siento orgullosa de ese talento y lo abrazo sin humildad) pero, la verdad, es que me dio por largarme a llorar. Me faltaba el aire, la furia me nublaba la vista y me trababa la lengua y estaba tan angustiada que mi esposo tuvo que estacionar el auto para tomarme de la mano y calmarme un poco.  La noticia, aún cuando no me había sorprendido, me llenaba de rabia, de impotencia y de tristeza.  Para rematarla, un poco más tarde, informaron que un pibe de 36 años, había muerto en algún hospital, porque su mujer no había dejado que le transfundieran sangre por motivos religiosos. Parecía que aquel lunes estaba decidido a encarnar el día de la estupidez humana, tal vez un poco celoso del martes, que ostentaba por este año, el título de Día de la Mujer.

Como no podía dejar de pensar en el asunto, recordé una película basada en hechos reales, que he visto varias veces por cable. El drama de un adolescente gay que se suicida en los setenta, debido a la ignorancia,  la incomprensión y la falta de humanidad de su familia fanático-religiosa. Plegarias para Bobby de Russell Mulcahy, se estrenó en televisión en el año 2009, protagonizada por la gigantesca Sigourney Weaver, en el rol de la madre de Bobby que, tras perder a su hijo mayormente por su irresponsabilidad, comienza un camino de entendimiento y de amor que la empuja a apoyar la causa gay, volviéndose una activista comprometida y consciente. 

De a poco, mientras charlábamos, nos adentramos en el asunto del cine como herramienta de conciencia. Recuerdo que mi madre vio Plegarias… y quedó profundamente impresionada. Me llamó y me dijo que había visto una película por televisión, que la había advertido acerca de los peligros que acechan a la gente común.  Los peligros que se esconden maliciosamente tras la formación religiosa, la falta de cuestionamiento, el adoctrinamiento ciego, la ausencia de amor por el prójimo y el deseo profundo y ensordecedor de que los hijos no sufran.  La verdad, es que no siempre hay que ser un mal nacido, para cagarle la vida a un hijo.  A veces basta con ser ignorante, con dejarse llevar de la nariz por un mensaje de odio que se alimenta de nuestra fe buena, sincera y honesta.

El cine ha sido siempre un medio para acercar conocimiento sobre la verdad humana. Se ha usado para bien y para mal, pero creo que es la forma de arte más efectiva, más directa y mas positiva para crear conciencia.

Desde Vingarne en 1916, la película muda de Mauritz Stiller, hasta la obra maestra de Ang Lee, Secreto en la Montaña, la temática gay ha representado siempre para el cine, una fuente proveedora de elementos fuertemente simbólicos de la insondable naturaleza humana.  Tal vez porque la problemática de la libertad, la marginación, el sufrimiento, la sexualidad y la soledad, han sido los grandes temas del arte en general. 

El cine se las ha arreglado para retratarnos como género, de la manera más contundente, efectiva y descarnada.  

Me pregunto cómo encararía un guionista, este acto repudiable en que está incurriendo la Iglesia con Alessio.  Sin dudas, el eje central de la narración, sería la batalla pertinaz entre un hombre de Cristo y los hombres de la Iglesia.

Me gustaría ver esa película, me gustaría quedarme hasta el final.  Un final en el que prevalecieran la justicia, la compasión, la aceptación y el amor por los demás. Pero muy pocas veces, hay finales tan perfectos para los problemas como éste. Muy pocas veces la inteligencia, la bondad, la capacidad de identificación y la sensatez, pueden en contra de la estupidez, la maldad y el miedo de los seres humanos. 

Pero aún así, hay esperanza.

En esta columna es común asegurar que el cine tiene la facultad de cambiar la vida. Quien escribe estas letras está convencida de que el séptimo arte sigue siendo un faro de luz para los parias del mundo, una ayuda tibia para mitigar la soledad o un empujón feroz para salir de nuestras miserias. También creo que sirve para desasnar, para sacar de la idiotez, para despertar al dormido y para avivar al tonto.

Una vez  vi en la televisión a un cura que se oponía a la proyección de La Ultima Tentación de Cristo.  Recuerdo que protestaba con una vehemencia que, ¡mamita!, parecía que se iba a arrancar las orejas. Cuando el periodista le preguntó si había visto la película, el tipo le contestó que no, que no necesitaba verla para saber que era algo “malo”. ¡Por favor! Cuanta ignorancia, cuanta estupidez, cuanto peligro.  No podremos jamás mejorar al mundo, si seguimos creyendo, que en el que es diferente, reside el mal.

Tal vez, alguien debiera proyectar en continuado una serie de películas a esta manga de intolerantes que sigue vociferando en favor de la discriminación, del odio y del miedo. Una especie de reeducación audiovisual que les permita volverse personas de bien para no cargar con la culpa de, además, criar una prole indeseable de malos bichos. Algunos films que pudieran hacerles ver y sentir, lo que se ocupan y re ocupan en ocultar, en vejar, en descalificar, en temer. ¡Hagamos una lista para ayudarlos! Una lista esperanzadora, envalentonada, corajuda, llena de títulos que avancen sobre las cabezas del terror y lo disipen para siempre.

¿Recuerdan Las Aventuras de Priscilla, Reina del Desierto?  ¿La película de 1994, australiana, de Stephan Elliot,  que contaba las peripecias que viven dos muchachos gay y un transexual mientras viajan por el desierto en un motor-home que lleva un zapato stiletto gigante en el techo? Deberíamos empezar por esta. Era maravillosa. Un canto a la capacidad humana para encontrar el amor, para compartir la soledad, para aceptar la vejez y para honrar y atesorar la amistad verdadera. Era una bofetada a la cara del prejuicio. Tenía un poder tan abrumador, que dejaba al espectador con los ojos inyectados en color. Era como pasar horas frente a un calidoscopio. Mis amigas y yo, solíamos verla una y otra vez en el cable, apenas nos vinimos para la gran ciudad. Trasnochábamos comiendo porquerías, hipnotizadas por el poder de la belleza.

He creído siempre que la belleza es un regalo de Dios para los seres humanos. Un bálsamo que mitiga y aleja el dolor de la muerte. Es por eso que está en el mundo para que la tomemos y a mí me gusta tomarla venga en la forma que venga.

La Jaula de las Locas. La versión de 1978 de Edouard Molinaro y la de 1996 de Mike Nichols.

Mi Mundo Privado de Gus Van Sant. En 1991 este film poderosísimo, impregnado de juventud, sensualidad y poder sexual, se convirtió en un clásico que encarna la rebeldía, la necesidad de aceptación, la búsqueda desesperada del grupo de pertenencia, el amor puro y el dolor ardiente del abandono.  Las actuaciones de sus protagonistas, River Phoenix y Keanu Reeves, fueron memorables y audaces. Quedaron grabadas a fuego en la memoria de toda una generación de occidentales.

Un Año sin Amor, de Anahí Berneri. La mejor de las películas argentinas con temática gay. Una mirada respetuosa, llena de ternura, que no cae en ningún lugar común.

El Banquete de Boda, de Ang Lee,  Philadelphia de Jonathan Demme,  La Ley del Deseo de Pedro Almodóvar, Una Pareja Despareja de Glenn Ficarra, Tarde de Perros de Sidney Lumet… Acordémonos también de aquella joya de la comedia que fue ¿Es o no Es?, del genial Frank Oz. Un film que retrataba la vida de un maestro de escuela que no        sabía que era homosexual, hasta que uno de sus alumnos lo declaraba públicamente en la entrega de los Oscar. La reacción adversa de su familia y sus alumnos no se hacía esperar. Kevin Kline estaba soberbio, acompañado por la talentosísima Joan Kusac y un muy bien encaminado Matt Dillon.

Mambo Italiano de Émile Goudreult, Secreto en la Montaña de Ang Lee,  Fresa y Chocolate de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabio, La Mala Educación” de Pedro Almodóvar, película que mezcla de manera sublime y descarnadamente veraz, la temática homosexual y el problema de la Iglesia. Tal vez a algunos les vendría bien verla por estos días… En fin, la lista es interminable y tan bella como contundente.  Estas películas (entre otras miles) representan un grito prolongado de liberación y de dignidad. Un grito que el cine viene pegando hace rato y que nos deja, a los que pertenecemos al oficio, redondamente orgullosos.

Por último Milk, de Gus Van Sant. ¡Padres y madres del mundo, sienten a sus hijos a ver esta película! ¡Colegios a lo largo y ancho de esta país, muéstrenle a sus estudiantes lo que puede hacer una sola voz libre cuando pelea por sus derechos! Compartan con ellos la experiencia de ver la vida de un hombre asesinado por el miedo, pero jamás silenciado. Un hombre valiente, un hombre libre. Enséñenles cómo se da batalla contra la injusticia, como se muere por un ideal.

Hay que seguir soñando que se puede cambiar al mundo y, más aún, seguir creyendo que ese cambio viene de la mano del arte. No es un misterio que el libre ejercicio tanto de la opinión como de la sexualidad, aterrorizó siempre a los grupos concentrados y enquistados de poder a lo largo de la historia. Pero tampoco es un misterio que los librepensadores, los librecogedores y los artistas, les pintaron la cara sistemáticamente e incansablemente, provocando las transformaciones más profundas y necesarias para la humanidad.

El lunes, caliente como estaba, me tranquilicé pensando en que el tiempo le haría justicia a este cura desterrado. Pensé que la historia lo reivindicaría y le daría el lugar cálido y amparado que se merece porque, en estos tiempos buenos que se vienen,  los hombres serán cada vez más, dueños de su vida y de su libertad.

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