A Sala Llena

Las Reglas del Juego

¡Ah, la experiencia de
compartir una película con alguien! Es una especie de paso íntimo tan
significativo y, a la vez tan inocente, que es inevitable sentirse compelido a
experimentarlo, aunque sea con personas que recién conocemos. La luz se apaga,
las butacas están cerca, las respiraciones pueden presentirse…

Ustedes me dirán que van al
cine con su vieja y que la corte con la respiración y la luz apagada… Pero la
persona que elegimos para que nos acompañe en la aventura, puede re significar
toda la experiencia.  E inclusive, la
cinta elegida, puede transformarse en algo mucho más suculento de lo que
realmente es. Por eso es inevitable preguntarse, de cuántas cosas depende una
película para parecernos buena. ¿Es posible dejar la circunstancia de lado
cuando se está viendo un film? ¿Tienen las películas valor absoluto? Nosotros,
los espectadores rasos o semirasos, que nos plantamos ante un film sin la
responsabilidad de un crítico, ¿qué ponemos en juego cada vez que nos sentamos
frente a una historia?

Todos tenemos recuerdos de
salidas memorables al cine y, apostaría más de lo que tengo, a que más allá de
la película en sí, hay un millón de factores alrededor de ella, que hacen de la
experiencia recogida, inolvidable. Y es por eso que me atrevo a afirmar
choreándole a Ortega y Gasset que, el cine, es él y su circunstancia.

Por supuesto que hay
películas innegablemente buenas pero, ¿acaso hay películas innegablemente
malas? Si concebimos al cine dentro de las nociones de arte y de
entretenimiento, y asentimos a la hora de afirmar que esas nociones están, más
que nada, regidas por espíritus lúdicos, ¿podemos afirmar que una cinta es
redondamente mala? ¿Pueden ponerse reglas absolutas dentro de un campo en el
que el juego es la madre de todas las cosas? Ustedes retrucarán, y muy
sabiamente por cierto, que el juego siempre tiene reglas. Que los niños, los
maestros del juego, se atienen con fervor a las reglas que ellos mismos
inventan y desarrollan su arte embutidos devotamente en ellas. Eso es cierto
pero, esas reglas, son renovadas permanentemente. Y en el cine, la coyuntura
tanto individual, como social del espectador, renueva las reglas una y otra
vez.

La experiencia
cinematográfica es, en extremo, sofisticada. Y, conforme ha pasado el tiempo,
su complejidad ha ido en aumento, no solo por la infinidad de novedades que han
ido sucediéndose en la pantalla, si no por los cambios de la realidad del
espectador fuera de ella o, mejor dicho, frente a ella.

En algunas ocasiones, el
visionado de una película, es un viaje espiritual que redunda en la impresión
perenne de una ocasión singular, en la memoria de un ser humano. Así, lo que
arranca como divertimento, termina siendo de manera casi mística, una velada
trascendente. Y cuando digo trascendente, no me refiero rigurosamente a cintas
que hayan sido inolvidables para el ojo voraz de la humanidad, si no a
cualquier historia que nos hayan contado, que terminó convirtiéndose en un
momento imborrable, dentro de nuestro pequeño y frágil universo.

Las películas nos marcan,
para bien y para mal y eso, no necesariamente tiene que ver con que la película
haya sido consecuentemente buena o mala.   

¿Cuántos de ustedes podrían
contarme maravillosas veladas inolvidables que les han sucedido en una sala de
cine y, cuántos de ustedes, han dejado de amar la película que estaba en
pantalla en el momento en que los atravesaron?

Algunos dieron su primer
beso, otros recibieron escupidas en la cabeza (en mi caso, en el estreno de la
parte 3 de La Pistola Desnuda, fue
uno de los estrenos más bizarros a los que asistí y me divertí como loca junto
a mi hermana por primera vez, completamente solas en la ciudad), otros se
pusieron de novios, o se escondieron para llorar, y están quienes tuvieron
sexo; hay quién se hizo pis encima por primera vez, o quienes decidieron su
divorcio, algunos le tomaron la mano a un hijo para acompañarlo en el primer
trance doloroso de su vida… Y estoy segura que nadie, pero nadie olvidó jamás
el film que estaba siendo  proyectado en
ese momento. Y esa película y su valor, quedará siempre supeditado a la
experiencia que lleva consigo.

Y esto no es un detalle
menor… Hay películas malas que amamos y buenas que odiamos o no soportamos,
exactamente por eso. Cabe decir entonces sin un ápice de miedo (o de responsabilidad)
que hay tantas películas buenas o malas, como universos personales existen
sobre la Tierra. Y esa es, nada más y nada menos, que una declaración de
libertad.

Por eso amigos, a jugar el
juego siempre, pero con nuestras propias reglas.

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