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Festivales - Otros Festivales

#LOCARNO2026 | Cuaderno de notas (apuntes finales y despedida)

“Ustedes creen que pueden comprarlo todo.

Pero no se pueden comprar las calles”.

Dominic Toretto – Fast X (Louis Leterrier, 2023)

El festival de Locarno llegó a su fin y escribo las siguientes líneas desde mi hogar, con un cansancio de casi 20 horas de vuelo en el cuerpo que trato de combatir tomando “café coreano”, un brebaje dulzón que viene en polvo en unos sobrecitos muy particulares y al cual soy adicto.

Con el cierre del festival llegaron los premios y, una vez más, el cine argentino se llevó varios reconocimientos: dos Pardos para La ilusión de un verano sin fin (mejor ópera prima y mejor película de la competencia Cineasti del Presente) y una mención especial en la misma competencia para Los días libres. Para ganarme el corazón femenino (una vez más) acá debería decir que las mujeres directoras son lo más interesante del panorama actual del cine de nuestro país. Puede sonar a demagogia, un poco lo es, pero vayan y vean. Que los premios en Locarno hayan sido para realizadoras noveles y con una futura carrera en ciernes, también es importante y digno de resaltar. Corea del Sur también se llevó dos premios, pero ambos fueron para la nueva película de Hong Sang soo, Nowhere to Lay My Eyes, en la Competencia Internacional: mejor director y Kim Min-hee mejor actriz. A diferencia de nuestras chicas, son premios a un director consagrado. Y actualmente quizás el mejor, o al menos, el que más partidos se anima a jugar. Hago esta comparación porque estos premios nos dicen algo de sus respectivos países y su “industria” del cine. Si bien Hong es una excepción, su triunfo y constante aparición en festivales internacionales nos dice algo. Hay jóvenes realizadores coreanos que se enojan, aunque la palabra es un poco exagerada, de que Hong sea siempre (casi) el único representante de dicho país en los festivales del mundo. Por ejemplo, el New York Film Festival puede jactarse de contar con presencia coreana en su programación desde hace décadas, pero si nos fijamos detalladamente, el 90% de esas apariciones es el nombre de Hong o de alguno de los otros conocidos de siempre. Corea, desde sus dorados días del New Korean Wave no tuvo una renovación de autores, ni la aparición de una nueva camada de jóvenes realizadores, mientras que en Argentina desde sus días del Nuevo Cine Argentino, no dejan de aparecer nuevos nombres. Que estos no se establezcan o lleguen a lugares de consagración tan altos como ocurrió en el pasado, tiene que ver más con el cambio acelerado de los tiempos que con otras cosas. Entre los muchos textos que comienzo y nunca terminó, mi “inteligencia” (carcajadas entre los presentes) funciona a chispazos que se desvanecen velozmente, hay uno titulado El ser coreano, en el que planteó que mientras la renovación del cine coreano sucedió de la mano de la industria y el éxito con el público, en la Argentina ocurrió lo opuesto. Aquellos nombres que lo cambiaron todo (o, mejor dicho, creímos que lo habían hecho) en nuestro país a fines de los 80 y principios de los 90, trabajaron de espaldas (y como reacción) a la industria y nunca necesitaron del éxito con la audiencia. Ante el estreno de su última obra alguien subió en las redes los números de taquilla de la filmografía de Lucrecia Martel, un nombre conocido mundialmente, y son cifras muy pequeñas. Y esto seguramente pasa con todos los nombres de aquellos años. Imagínense, entonces, los números de espectadores de Anita Poliak, alguien con una filmografía brillante pero a quién nunca le llegó el reconocimiento merecido ni de público ni de festivales. Hay excepciones de directores que se cambiaron de bando y vendieron su talento para, finalmente, lograr ese tan ansiado éxito con las audiencias. Directores que abandonaron el barrio que los vio crecer y se olvidaron de pelearse los domingos en la cancha. Cambiando sus familias rodantes por clanes y sus cajas negras por jockeys bailarines. (Como vieron, estuve muy sutil para no escribir los nombres de Pablo Trapero y Luis Ortega). Pero dejo esto de lado porque me pone triste hablar de lo que fue y ya no volverá. Entonces, en Corea incluso a las personas relacionadas con el mundo artístico se les exige éxito, mientras que en la Argentina es algo que mayormente no importa. Claro que es un tema que implica demasiadas variables socio-culturales, y por eso quizás nunca termine de escribir aquel texto, pero el resumen sería que mientras en Corea los directores luego de no tener éxito con un par de obras, lo más probable es que abandonen el cine, o se dediquen a la enseñanza (aquí formar parte de una universidad le asegura la vida económica a los profesores) o a Netflix, en la Argentina los realizadores, jóvenes y los ya no tanto, ni siquiera se preocupan por el destino comercial de sus obras. Claro que esto ya empieza a cambiar en la Argentina a partir de la reducción de apoyo del estado para la realización de películas, esto es algo que ya vemos y seguramente se notará más con el paso del tiempo si las cosas no cambian.

Pero por ahora no es así y, como lo demuestra Locarno y otros festivales internacionales, nuestro país sigue siendo una cantera impresionante de novedades cinematográficas. Pero ya que hablamos de las chicas argentinas, no puedo dejar de lado a las mujeres coreanas, son ellas quienes están creando las obras más originales del cine coreano actual. Uno de los éxitos de crítica y público de este año fue The World of Love (2025) de Yoon Ga-eun, dueña de una de las mejores filmografías de los últimos tiempos con la cual, a través de ya varios títulos, logró una creación personal del mundo de la adolescencia. Otro gran título, aunque no tan exitoso, es The Final Semester (2024) de Lee Ran-hee, cuya trama trata del mundo laboral de los jóvenes, realizado con sensibilidad, tristeza y hasta un poco de humor, es otra muestra de lo que venía diciendo, que son ellas, las mujeres, quienes mantienen vivo por ahora el interés del cine más independiente y nuevo en Corea. Y en pocos días tendrá su estreno The World Before (2026) de Yoon Dan-bi en los festivales de Toronto y San Sebastián, título que aún no vi, pero que pertenece a la realizadora de Moving On (2019), vista en la Argentina en el festival de Mar del Plata. En síntesis, si alguna vez retoma y logro terminar el prometido texto sobre cine coreano, haganme acordar que tenemos que hablar de costos de producción y financiamientos, las escuelas de cine, formas de entender el cine en cada país, pero por ahora, solo nos queda decir que en Locarno ganaron las argentinas y los coreanos. ¡Vivan las Patrias!

Una cancion de Iggy Pop dice que la vida social es tortura disfrazada de diversion. No creo que sea para tanto, pero sí puedo afirmar que a mi esposa no le gustan las fiestas, ni siquiera en los festivales de cine, ni siquiera en su propio festival. Pero eso apenas si asistimos a un par llegando al final del evento, en donde aprovechamos, de paso, para empezar a despedirnos de la gente y el maravilloso trato recibido. Ya que estamos con los muchachos de aquellos barrios, a mi me ocurre lo que Lou Reed decía que le pasaba a Andy Warhol: me gusta la gente alrededor, pero que no me toquen, ni me den besos de bienvenida. Aunque en verdad, a mí me pueden tocar y dar besos de bienvenida y despedida, siempre que sea con respeto. El verdadero problema con las fiestas y la social life en general, durante los festivales, es que uno conoce a los realizadores, charlan con ellos, y ocurren cosas extrañas. Por ejemplo, una de esas noches, charlé bastante con una directora cuyo film no me agradó del todo (ven, ya voy cambiando de opinión) y me pareció alguien muy divertido y con podría hasta llegar a entablar una amistad, incluso traicionando una regla autoimpuesta que consiste en no ser amigo de los directores, con alguna que otra excepción, claro. Y con otra directora me pasa lo contrario, su película que tanto me gustó, al escuchar hablar a su realizadora, me baja un par de puntos. El crítico de cine conocido como Quintín propuso alguna vez solo ver películas de gente que uno conoce. Lo cual implica un problema, para eso hay que conocer antes a la gente y no tener tanto tiempo para ver películas. El verdadero problema, me doy cuenta al escribir, es que los directores ya no se parecen a sus obras.

Hablando de conocidos, dos de los mejores títulos de esta edición fueron de dos viejos punks del mundo festivalero. Espero que el adjetivo “viejos” no los ofenda. Tanto Denis Côté con su nuevo largo titulado Violence du corps de l’autre (Nobody’s Violence en inglés), un película sacada del corazón del cine de los 70, con una mezcla extraña de deriva, violencia e historia de amor que muestra lo inclasificable del cine del canadiense, al igual que F.J. Ossang con su corto Tombe des Rêves (en inglés Tomb of Dreams) en donde también hace su aparición el cine de género, de terror, claro. Ambos demostraron que son ellos, y no los realizadores más jóvenes, quienes siguen creyendo que el cine es algo personal y que sus recursos formales aún pueden ser tratados de maneras originales.

Pero también hay jóvenes que siguen haciendo buen cine, a pesar de todo. Por ejemplo Luise Donschen quien presentó aquí el estreno mundial de Morgen vor langer Zeit (Tomorrow a Long Time Ago), película que cuenta con la bella fotografía de otra de nuestras conocidas, la también realizadora Helena Wittmann. Tomorrow a Long Time Ago fue uno de los grandes títulos de la edición y a pesar de eso se fue con las manos vacías. La película cuenta la historia de una mujer hilvanando hechos del pasado y el presente, en una manera misteriosa y sentida. Donschen todavía se acuerda del festival de Mar del Plata y que ahí resultó ganadora del premio Estados Alterados con Casanovagen (2018). Su nueva película también me sirve para continuar, muy brevemente, les prometo, la discusión entre el cine de cineastas y el cine de “artistas”. Ver en doble programa Tomorrow a Long Time Ago y At Night de la inglesa Beatrice Gibson sirven para notar y remarcar las diferencias. Que ambas trabajen con directores de fotografías que a la vez tienen su propia obra como realizadores (Luise Donschen + Helena Wittmann vs. Beatrice Gibson + Ben Rivers ), también nos dice algo, pero esta vez no sé muy bien sobre qué. La batalla continúa. Me doy cuenta, de paso, que la teoría de conocer a los directores antes de enfrentarse a sus obras funciona. A ver cómo sigue.

Entre las muchas películas que me perdí, y por este motivo este texto no es un resumen del festival sino apenas un recuento de asuntos pendiente, está Revolutionaries Never Die de Mohanad Yaqubi, documental relacionado con la figura de Jocelyne Saab y una colaboración con el autor de este documental que nunca se llevó a cabo. La película recibió un premio y el director al subir a recibirlo, con una gorrita en la que se leía la frase “Until victory”, supongo que como recuerdo y homenaje al médico y ex-jugador de rugby argentino devenido político (no de los democráticos). En su discurso el director nos dice o mejor dicho le dice a las otras personas relacionadas con la industria, entre otras cosas, que sean cuidadosos con el origen del dinero que utilizan para sus películas.

Paseando por las prolijas calles de Locarno me llamó la atención varias veces un cartel blanco con letras negras y rojas que decía: “No alla guerra. Sí alla neutralità svizzera”, es decir: “No a la guerra. Sí a la neutralidad suiza”, todo eso acompañado por la imagen de una paloma de la paz (blanca, obvio) portando una rama de laurel en su pico. El cartel no tenía mayores aclaraciones ni el sello o nombre de alguna asociación política, o del gobierno, etc., que se haga cargo de él. Como yo no entiendo nada de política, no sé cual es la relación entre el párrafo anterior y éste. Pero que la hay, la hay.

Alguien me cuenta que un jurado, con la deliberación de su competencia ya cerrada, le preguntó a una Inteligencia Artificial sobre qué película debería ganar en dicha competencia. La respuesta de la IA fue diferente a la ganadora. Esta es otra anécdota sobre la cual no tengo idea sobre su moraleja. Pero no me cuesta imaginarme un futuro en donde alguna empresa de IA entregue un premio en algún festival. “Este año el premio IA es para…” Lo que tampoco me cuesta imaginar es que el director ganador igual va a estar contento.    

En entregas anteriores les conté que había escrito un texto un tanto largo y finalmente inconducente sobre la retrospectiva titulada Red & Black – Hollywood Left and the Blacklist, curada (esa palabrita) por Ehsan Khoshbakht y trataba sobre los problemas sufridos por los cineastas durante el Macartismo y la persecución a los artistas comunistas o relacionados con dicho movimiento político durante aquellos años. Uno de los tantos momentos vergonzosos de la historia del cine y de la historia del mundo en general. No vi toda la programación, ni leí en su totalidad el bello libro que la acompaña, pero sigo sin entender la inclusión de algunos títulos, por ejemplo los españoles, en una muestra tan grande, a veces es mejor ir por menos, y lo mismo pienso de ver ahí, entre esos nombres, al de Elia Kazan, el eterno traidor que a la vez, sigue siendo el nombre más reconocido y visto de aquellas épocas, cuando mejor sería dejarlo en el olvido. Si somos sinceros, recorrer su obra deja en claro que lo suyo era el teatro y lo más cerca que estuvo del cine, es haber estado relacionado sentimentalmente a Barbara Loden, autora de Wanda (1970), ella sí una verdadera cineasta. Pero son quejas de puro lleno. Pienso en otra gran retrospectiva, esta vez realizada durante el festival de Rotterdam, titulada V-cinema y programada por el inglés Tom Mes, dedicada al cine japonés, a películas de los más variados y salvajes géneros, en algunos casos de grandes autores, que fueron directo al video en la época de la explosion del formato VHS. Un foco también extenso y genial pero que, al no contar con un libro que lo haya acompañado, seguramente quedará en el olvido y será solamente recordada por los afortunados espectadores que pudimos acudir a aquellas funciones. (Ya escribiré al respecto, como de tantas otras cosas, querido lector, tu tarea es hacerme acordar). Responsables de festivales de cine, si están leyendo esto, mi consejo es que editen libros.

Hablando de libros, además del mencionado aquí arriba, adquirí en el stand de ventas de merchandising del festival el último número de la revista Outskirts y Pier Paolo Pasolini: Writing on Burning Paper, libro compuesto por textos de varios directores actuales sobre el director italiano. Tanto la revista Outskirts como la editorial Fireflies Press responsables del libro de PPP, cuenta entre sus miembros con personas relacionadas con el festival de Locarno en sus equipos de programación y periodísticos. Al repasar feliz ya en la tranquilidad hogareña todas estas publicaciones, me doy cuenta que la joven cinefilia se siente más cómoda lidiando con el pasado que con el presente. En Outskirts son varios los textos sobre directores de ahora, pero se imponen los del pasado. Y algo de esto también nos ocurría cada día a los espectadores del festival, cuando luego de pasar todo un día viendo las novedades de los jóvenes genios del cine de hoy, corríamos al refugio del cine Gran Rex a ver películas de los 40s, 50s u otras décadas lejanas.    

El festival, antes de que todo comience, me entregó una credencial como acompañante de mi esposa. Algo que me dio un poco de temor, acostumbrado como estoy a mi querido “badge” de prensa. El susto continuó ya en Locarno cuando al querer entrar a la primera función sin la compañía de mi esposa, ella estaba trabajando, un enorme cartel me decía a la entrada del Cine Rialto, dedicado casi todo el evento a las funciones del mercado, que mi credencial no servía para las funciones ahí programadas. Sin embargo una joven del staff me resolvió el problema y me aclaró que la credencial de acompañante no era de las mejores, pero que con ciertos sellos que la acompañaban, como era en mi caso, se volvían superpoderosas. Más tarde encontré un mail que me aclaraba esto. Por lo tanto no solo puede asistir a las funciones de mercado, y ver mucho antes que los losers de prensa la nueva de Hong, por ejemplo, sino que también podía asistir a las funciones de prensa, algo que jamás ocurre en otros festivales, me refiero a este cruce entre prensa y mercado, ya que todos sabemos, son especies que no se llevan del todo bien. Así, casi como un homenaje a las funciones de mercado y al cine Rialto, acudimos a la última de sus funciones, en donde vimos en la sala casi vacía Un rey en Nueva York (1957) de Charles Chaplin, película extraña, por varios motivos, pero que incluye un personaje maravilloso como lo es el niño que lee a Karl Marx, interpretado por Michael Chaplin, el hijo del director, quien en ese entonces era un niño bellísimo y más tarde escribiría su autobiografía titulada I Couldn’t Smoke The Grass On My Father’s Lawn (Yo no podía fumar hierba en el jardín de mi padre), libro obviamente odiado por su padre. Michael Chaplin, a pesar de su magnífico y prometedor debut actoral, apenas cuenta posteriormente con unas pocas e ignotas apariciones en el cine. Las respuestas están en el libro y es una historia, o mejor dicho varias, que como tantas otras, contaremos en otro momento.

En esas funciones de mercado también vi la que quizás haya sido una de las mejores películas del festival. En la sala éramos seis personas al comienzo de la proyección y dos se fueron a los pocos minutos. No los culpo, el título en cuestión es Übergang (Transition en inglés) y es un documental sobre la vida y obra del documentalista Thomas Heise, dirigida por dos de sus colaboradores: Peter Badel y Chris Wright, de dos horas de duración y, en su mayoría, en blanco y negro. Es decir, se trata de una de esas películas que alguna vez Albert Serra definió como “unfuckables” (es decir: incogibles, perdón lectores). Comentario aparte, la nueva de Serra titulada Seize moments de ma vie (Sixteen Moments of My Life) también pertenece a esa categoría y se trata simplemente del registro de un recital de Ingrid Caven acompañada de la banda Molforts, imperdible para fans, bastante difícil para el resto. Pero volvamos a los alemanes. Übergang nos cuenta la historia de Heise y se trataba de un proyecto propio hasta que la muerte se lo impidió. La película está armada con imagenes de Berlín en blanco y negro, por momentos bastante cándidas, por ejemplo: una pareja “chapando” (ya no se ve a parejas en esa situación o soy yo que salgo poco?) frente a la entrada de una estación de trenes,  la llegada de año nuevo, un músico callejero, y en muchos casos con gente mirando a cámara. A esto se le suman reportajes, voces, las propias películas del director y los registros de la policía, en esas épocas de la Alemania dividida se la vigilaba a la gente, que nos cuentan los días de la juventud del director y su pasado como un muchacho díscolo a quien el cine, finalmente, terminaría salvando o simplemente cambiando su vida. Heise era intelectual y su cine le hace justicia a esa palabra. De todas maneras, quizás por su presencia a pesar de que sabemos que ya no está entre nosotros, quizás por ver ese mundo que ya no existe, como el muro de Berlín, o quizás simplemente  por ver a esos jóvenes a quienes el cine unió en épocas difíciles y que de adultos siguieron fiel a esos sueños, la película logra momentos emotivos. En particular uno en el que Thomas Heise, ya un director consagrado y en ese entonces trabajando como profesor de cine, le responde una carta a un alumno que no logró inscribirse en el muy exclusivo y reducido curso del director. Heise se toma el tiempo y le escribe una carta, estamos en aquellos tiempos, en donde le dice:

“Perdón pero no te puedo ayudar.

Lo que sí puedes hacer es empezar.

Comienza desde el principio y por favor no hables de arte.

Ya vas a descubrir que es el arte.

No te preocupes por ahora.

Sé independiente.

Abandona tu entorno de conocidos.

Empieza a trabajar si estás interesado en el cine.

Pero pregúntate a vos mismo, ¿qué es exactamente este interés?

Pregúntate a vos mismo de donde viene este interés.

Examínate a vos mismo.

¿Por qué a las interminables imágenes que se producen cada día deberían sumarles las tuyas?

Toma esto como punto de partida.

Trabaja solo.

Estudia cada objeto antes de transformarlo en una imagen.

Fotografía lugares que no te sean familiares.

No salgas de tu casa sin un cuaderno de notas.

Anota lo que veas, lo que escuchas.

El lenguaje de la burocracia.

Las frases que se dicen en las calles, en los bares.

En las peleas, en el amor.

Usa cada centavo que te ganes para aprender algo.

Nunca esperes seguridad financiera.

Sé feliz con eso.

Porque no va a cambiar.

Busca trabajo en una fábrica, donde sea.

Fotografía a los trabajadores exhaustos al fin de su jornada.

Pero también a sus jefes y a los clientes.

Camina por la ciudad de noche.

Mira lo que otros no ven.

Sé paciente.

Habla con la gente que no conoces.

Pregúntale sobre sus vidas.

Mantente en movimiento.

Y cuando te vayas de vacaciones, ve a donde nadie quiera ir. […]

Estas líneas quizás también describan las clases que doy.

No te puedo dar más consejos por ahora.

Pero haz estas cosas por un año.

O mejor dos.

Vuelve a aplicar para mis clases cuando estés seguro que tienes algo importante para decir.

Una experiencia.

Experiencias que hayas vivido.

Una imagen del mundo.

Con mis mejores deseos.

Te voy a estar esperando.”

Al final de la película, me preguntaba si el joven aspirante a cineasta se había dedicado finalmente al cine o no. Ojalá que sí. Porque a pesar de que me suelo burlar y decirles un montón de barbaridades, yo a la gente que se dedica al cine los quiero mucho.

Ahora sí, llegó el momento de despedirnos. Le agradezco la lectura y la infinita paciencia.

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