“Estos bocetos preliminares, nacidos en un instante en el fragor de la inspiración, expresan la idea de su autor en unos pocos trazos, mientras que, por otro lado, el exceso de esfuerzo y diligencia a veces agota la vitalidad y las fuerzas de aquellos que nunca saben cuándo parar.”
Giorgio Vasari
Los festivales, como todas las cosas buenas, se terminan. Pero últimamente no lo hacen la noche de clausura sino un tiempo antes. Los que cuentan con un mercado y gente de la industria, el comienzo del fin ocurre cuando estos eventos finalizan y los personajes que participan en ellos empiezan a volver a sus hogares. Es triste reconocerlo, pero es así. La cantidad de público disminuye, también las funciones y todos parecen estar esperando que llegue la entrega de premios de una vez por todas. Todavía quedan algunos días mientras escribo esto y los jurados en este momento están todos reunidos, deliberando. La mayoría de las películas ya tuvieron sus estrenos y la totalidad de sus proyecciones. La mayoría de los amigos ya no están, y aquel encuentro casual, con la promesa nunca cumplida de juntarnos a charlar o comer ya no ocurrirá. Ha llegado entonces el momento inevitable de hablar de las películas. Aunque en verdad tenga más ganas de hablar de mis ex-colegas y seguir diciendo barbaridades acerca de ellos. Pero como todo no se puede en la vida, este texto a continuación no será más que eso: hablar de películas. Aquellos que vienen a buscar chismes, burlas y escarnios hacías este particular mundillo, les advierto que hoy no es el día. Aunque nunca se sabe. Les confieso que este es el primer texto que empiezo a escribir sin tener una idea previa sobre qué hablar. Excepto, claro, de las películas. Basta de vueltas entonces, empecemos a ver qué pasa.
La Argentina (bella patria en qué nací) puede sentirse más que orgullosa del paso de sus directoras por Locarno. Aquí tuvieron su estreno mundial en la misma sección dos títulos que a la vez comparten ciertos temas, obras distintas pero no opuestas. O quizás sí. La ilusión de un verano sin fin de Alessandra Sanguinetti es un documental en donde la directora (esta es su primera incursión en el cine, hasta donde entiendo), fotógrafa reconocida mundialmente, retrata la vida de dos amigas en el campo argentino durante más de 25 años. Se trata de esas películas únicas e irrepetibles. No sólo por el proyecto en sí, sino por sus dos protagonistas, unas jóvenes adorables y graciosas a las que vemos crecer frente a nuestros ojos. Sus vidas y amistad van cambiando y las niñas encantadoras del principio se transforman en mujeres adultas y aquel brillo y desparpajo desaparece ante la rutina de la vida adulta. Cuando el cine retrata el paso del tiempo y la vida de las personas, lo que mejor sabe hacer, demuestra que aún es un arte ante el cual vale la pena seguir teniendo esperanzas. Cuando la película y su directora se limitan a registrar esto, que es casi la mayor parte del film, estamos ante una gran película que nos rompe el corazón y nos hace saltar las lágrimas. Pero cuando la directora se empeña en aparecer y hacerse cargo de la historia y los personajes, la película pierde un poco el rumbo. Una secuencia entera en París, no pidan explicaciones, ya verán la película, es quizás el momento más desafortunado y el que nos hace pensar en aquello de el lugar en el que un director registra a sus personajes. Y más aún en un documental. Pero esto es más un comentario que algo que arruine a la película. Asistí a la función oficial, algo que suelo evitar para no sufrir el chantaje emocional del público “normal” y sus entusiasmos, y los aplausos que despertó la película fueron tremendos. Así como los agradecimientos que la directora no dejaba de recibir de la gente mientras trataba de subir al escenario para responder preguntas al público. La ilusión de un verano sin fin es lo que se conoce como un crowd-pleaser, esas películas que les gustan a todos y que todos recomiendan a sus amigos y conocidos. Cuando digo todos, me refiero a eso que hace que las películas sean un verdadero éxito de público y que poco tiene que ver con el mundo del cine y sus vanidades y veleidades. Podremos analizar y desmenuzar la película de muchas maneras, e incluso llegar a una crítica negativa, pero cuando sus protagonistas Guille y Belinda nos miran a los ojos desde la pantalla, es imposible aguantar las lágrimas. No es algo que ocurre muy seguido en el cine, y mucho menos en los festivales. Mientras otras películas nos hablan de la inclusión pero ni bien terminan la audiencia sale corriendo de la sala, si no lo hicieron durante la película, el documental de Alessandra Sanguinetti emociona. Y aunque a veces lo haga con recursos a veces demasiado a la vista, no es poco. Mucho menos en estos tiempos.
Enfrentarse en una competencia con una película así es un problema para el resto. Pero esos son detalles que no deberían importarle a los verdaderos artistas (risas) y Los días libres es una película de una directora de cine que no solo cumple, sino que también promete. Quiero decir, viendo Los días libres uno se imagina el futuro de su directora, vaya uno a saber si la directora de La ilusión… vuelve a realizar una película o algo parecido. He aquí una gran diferencia. Aunque en verdad, ahora que lo pienso, excepto ellos mismos, nadie debería preocuparse por el futuro de los directores. Son gente grande y uno supone que saben lo que hacen con sus vidas y carreras. La ópera prima de Lucila Mariani, luego de una serie de celebrados cortos, como suele decirse (John Hopewell me enseñó que tengo que escribir así), también tiene una protagonista adolescente que pasa sus días, los que indica el título, entre la internet y su vida de adolescente, que es también la vida compartida con sus padres, amigas (con las que ahora no se lleva del todo bien) y la amenaza de un eclipse que se cierne sobre la ciudad afectando a los ciudadanos y creando toda serie de extraños sucesos. La película plantea más de un misterio, pero no se toma la tarea de resolverlos. Al igual que sus protagonistas, que se la pasan durmiendo, o en ese momento entre despertarse e irse a dormir, la película de Mariani prefiere ese estado que las resoluciones demasiado dramáticas. El padre y la madre de la hija protagonista discuten, es pleno día, y ella dice que no quiere seguir discutiendo, que se quiere ir a dormir, “¿a esta hora?” es la respuesta del padre. Debo confesar que me gustan las películas en las que los protagonistas duermen o vaguean sin mayores motivos ni anhelos. Es una manera de defendernos de este mundo (el real y el de los festivales de cine) tan productivo y esforzado por lograr vaya uno a saber qué. Pero ya que antes mencionamos el tema de los premios, acá también hay que decir que Los días libres es el tipo de películas que dividen al jurado y a la audiencia y que es una película adolescente en el mejor de los sentidos, pero que muchos pueden ver en esto una falla de la película. Como si el arte solo fuera algo que los adultos, con sus ideas y visiones del mundo perfectamente claras, quienes deberían hacer cine. Sin embargo, hay algo en el tiempo que pasan los directores tratando de realizar sus películas que está mal y que termina atentando contra sus carreras y con las películas mismas. No sé si este es exactamente el caso de la película de Mariani, pero al escucharla en la presentación decir la cantidad de años que le llevó la película, pienso que el cine y los realizadores deberían encontrar de manera urgente otras formas, más simples, más baratas y más rápidas de hacer películas. Pero como no sé nada de producción, ni de dinero, mejor me callo. Pero aprovecho esto para pasar a la siguiente película.
L’estive (Summer Meadow en inglés) de los directores Naël Khleifi, Lisa Debauche promete en la sinopsis del catálogo una mezcla de documental y ficción, con una protagonista que cuida ovejas en la montaña. Como todas las personas que juramos por Bazin, leo la palabra “ovejas” y ya quiero ver esa película. Por otro lado, su duración apenas excede la hora y su fotógrafo es Diego Romero Suarez-Llanos, responsable de la imagen de algunas de las películas de Roberto Minervini. Nada debería fallar. Sin embargo, a poco de empezar la película, sabemos que hemos sido engañados. Un comentario, casi, aparte: qué rápido que las películas muestran todos sus trucos últimamente. No solo las malas, también las buenas, a poco de empezar, ya sabemos todo lo que seguiremos viendo hasta el final. Entonces, las ovejas cumplen, son hermosas, simpáticas y los planos generales en donde todas ellas miran a cámara son de lo mejor visto en el festival. Pero después hay una trama, la necesidad de contar algo importante ya que la simpleza de la vida de una cuidadora de ovejas en las montañas parece ser poco para el cine actual. Y entonces nos enteramos que la protagonista viene del Líbano y añora volver, después aparecerá la otra protagonista y la posibilidad de un romance y más tarde un refugiado marroquí (justo, el arte imita la vida o viceversa) y acá empezamos a dudar de la supuesta mezcla de ficción con documental. Principalmente en las escenas en las que las dos mujeres lidian con las ovejas, armadas con planos sospechosamente cortos. En La libertad, la simple y la doble, Lisandro Alonso filma a Misael Saavedra hachando árboles como un campeón. El Maradona (¿o era el Messi?) de los hacheros, como escribió alguna vez Mark Peranson. No les pido a las protagonistas que lleguen a ese nivel de talento a la hora de lidiar con las simpáticas ovejas, pero al menos que actúen. Y ahora llega el tipo de comentario que debería evitar para poder llegar alguna vez a ser invitado a escribir a alguna revista seria como la Cahiers du cinema, Positif o alguna de esas editadas por mis serios y jóvenes amigos cinéfilos, pero que a la vez me veo obligado a hacer en nombre de la verdad y mi compromiso con mis lectores.
Las cabelleras que lucen las actrices en la película son fulgurantes, bellísimas, unos rulos perfectos que todo el tiempo me llevaban a preguntar como se puede mantener esos rulos en unas condiciones como en las que viven. (Quizá no sepa de cine, pero quienes hayan visto de cerca mi jopo, sabrán que de cuidados capilares entiendo bastante). Al comparar las cabelleras salvajes (también hermosas pero por otros medios) de las protagonistas de La ilusión de un verano sin fin con las de las actrices de L’estive es fácil darse cuenta cual de las películas nos miente. Y esa es hoy en día la gran y verdadera diferencia que deberíamos establecer en el cine actual. Al final de la película, como siempre, llegan los créditos y aparece un montón de gente entre técnicos, agradecimientos y las diferentes instancias por las que pasó el proyecto. Incluso una película como esta, que debería haber sido filmada en un fin de semana entre un grupo de amigos, prefiere complicarse con todos los requerimientos, casi obligaciones, que la industria le exige a las películas.
(El párrafo anterior llevaba originalmente el título de Peluquero en llamas, pero utilizar este chiste me ponía en la obligación de titular cada uno de los párrafos restantes y no solo soy vago, sino que tampoco soy tan ingenioso. Lo cual es una lástima porque me doy cuenta que no voy a publicar un texto, que escribí previamente, sobre la retrospectiva de los comunistas en Hollywood que llevaba por título: La gramática de los zurdos. Motivos reales, me quedó un tanto polémico y a mí no me gusta pelear, solo quiero que me amen. Como supongo -y espero- mis lectores ya sabrán que tanto Peluquero en llamas como La gramática de los zurdos son títulos de una canción y un disco de Morrissey. Por lo que entonces aquí corresponde incluir ese ya célebre meme con la foto del también polémico cantante y la frase “I have failed you!”.)
Lo cual nos conecta con la siguiente película. Hoy soy yo el que está en llamas.
Un célebre poeta boricua escribió en uno de sus siempre emotivos versos: “Solo comparto memes, ya yo no escribo nada”. Un conocido meme (¿acaso no lo son todos por definición?) nos muestra a un señor mayor recibiendo feliz durante la celebración de su cumpleaños una camisa exactamente igual a la que está usando. El comentario que acompaña la imagen dice algo así como: “los fans de Hong Sang soo ante cada nueva película de Hong Sang soo”. Claro que es gracioso, pero para serlo tiene que falsear un dato muy importante: la camisa en la imagen en cuestión es una camisa muy común, vulgar diríamos, mientras que cada nueva obra del coreano es una visión bella del mundo, que quizás se repita ante cada nueva entrega, pero en este mundo serializado, me pregunto, ¿cuál sería el problema? Una de esas personas que vigilan (e incuban) proyectos me cuenta que no es admiradora incondicional de la obra de Hong, pero que ésta es realmente buena y diferente a las anteriores. Pero hablando con esta persona me doy cuenta que no había visto las últimas, digamos, cuatro películas del autor. Descubro, entonces, que no era que ésta era buena y las otras no, sino que dicha persona no veía todas las películas de Hong y por lo tanto, cada vez que veía una no solo le gustaba, sino que le parecía diferente. Las personas que se encargan de decirle a los directores cómo deberían ser sus películas deben sentir hacia la figura de Hong, y su libertad, una especie de encono. Mientras que el trabajo de esta gente implica convencer a los (no siempre jóvenes) realizadores que sus películas deberían ser más grandes, más caras, más exóticas y con temas actuales, el coreano estableció una obra que se basa en lo mínimo indispensable a niveles de producción. Entiendo que su caso es especial, pero también me llama la atención que no sean más los directores que escapen a la locura de estos mercados de proyectos y se junten con los amigos a hacer películas lindas y simples. Pero, de nuevo, qué sé yo de cómo se hacen las películas. En cuanto a Nowhere to Lay My Eyes, puedo decirles que Hong se pone los pantalones y nos habla del conflicto en medio oriente, de la IA, y de gentrificación en la bella isla de Jeju y es, a la vez, un ensayo sobre el arte pequeño y el mundo comercial al que debe enfrentarse. También vuelve a actuar Kim Min-hee y se habla de un bebe, aunque no llegamos a verlo. Y es que en eso el meme no miente, los fans de Hong Sang soo, al igual que el anciano de la foto, somos felices con nuestro Hong anual, y a diferencia de los admiradores de, digamos, Carlos Reygadas, no le hacemos mal a nadie.
(Lamento terminar hablando de la bella película de Hong mencionando al abyecto mexicano, pero la inclusión de Heil Jupiter!, su nueva “obra” en el New York Film Festival, luego de ser rechazada por Cannes y Venecia, nos servirá en próximas entregas para seguir hablando mal de los programadores y sus decisiones. Un amigo, quien vio la película, me cuenta que en uno de los planos la cámara se introduce en uno de los orificios corporales -si, ese orificio-, de un indigena durante una orgía para luego aparecer en una galaxia. Solo espero, por el bien de la humanidad, ya no del cine, que esa persona solo se haya estado burlando de mí, y mi aversión al tal Reygadas, y dicha escena no exista. Por favor Dios del cine).
Entre los muchos enemigos con los que el (buen) cine se enfrenta, la batalla que en este momento se libra entre los “artistas” y los cineastas, es la más preocupante. En verdad lo es para mí, no creo que tanto para los cineastas, aunque no lo sé. Cuando escribo “artistas” me refiero a esas personas siempre modernas que trabajan para museos (también modernos), realizan instalaciones, objetos audiovisuales, y todo ese tipo de, nunca mejor dicho, “cosas”. También hay que decir que los “cineastas” se sienten atraídos por ese mundo, ya que en él hay mucho dinero y, agregaría yo, poco esfuerzo. El tema es que últimamente los “artistas” también quieren formar parte del mundo del cine y, principalmente, de sus festivales. Escribo esto y me siento un poco viejo y pueblerino. Conozco el mundo del arte, veo sus exposiciones, instalaciones o como se llamen, leo sus libros de ensayos sobre el tema, pero nunca pude entenderlos y mucho menos formar parte de ese mundillo. Aunque si me llaman, ahí estaré, ya hablamos antes de traiciones, así que no se hagan los sorprendidos. Hay programadores que sí lo hacen, conocen y pertenecen a ese mundo, y suelen ser los responsables de abrirles las puertas a estos “artistas” (como verán, me encanta poner comillas), como a los vampiros en las películas de terror. En esta edición de Locarno hay muchas películas de “artistas” que coquetean o directamente son producidas por ese mundo. Son obras que me cuesta entender del todo, por lo tanto me cuesta criticarlas. Armadas casi siempre con muchas ideas, formas de registro, dispositivos, etcétera, pero que ya no pertenecen al universo de la puesta en escena, funcionan, como decía antes, como una serie de ideas acumuladas en donde es difícil encontrar o saber qué es eso que las conecta, más allá del ingenio de los realizadores. Por otra parte, el complejo de inferioridad que sufre el cine y sus responsables, hace que todos traten con respeto a estos “artistas” y no como advenedizos que vienen por nuestras tierras. (Una vez más: gracias Lucre). Antes, incluso, de llegar a Locarno leo por todos lados el nombre de Beatrice Gibson y su debut en el largometraje (luego de una serie de celebrados y premiados, como siempre, cortometrajes) titulado At Night, del cual todos me hablan como si se tratara del Más corazón que odio (1956) del cine experimental. Mientras transcurre Locarno, además, llegan las noticias que dicha película formará parte de festivales prestigiosos como el de New York (después de lo de Reygadas lo del prestigio tendrán que volver a validarlo en el futuro) y secciones como Wavelenghts en el festival de Toronto. Es decir, la crème de la crème del mundo festivalero más sofisticado. At Night está bien, pero me vuelve a ocurrir lo que dije antes. Hay algo en todo esto que no me cierra. La fotografía le pertenece al también director Ben Rivers, siempre de noche y de una textura granulosa bellísima, y la trama de la película, por llamarla de una manera, es una especie de ensayo autorreferencial de la directora y su mundo y amigos o conocidos. Gente enamorada de sus discursos y hasta de sus problemas. Al escuchar esos diálogos me da la sensación de que todo lo que esta gente sabe del mundo lo aprendieron leyendo los libros de la colección Futuros Próximos de la editorial Caja Negra.
La película comienza con un epígrafe de la poetisa Alice Notley, quien también forma parte del elenco y murió recientemente, que nos habla de la inclusión, lamentablemente no hice tiempo de anotar completa la frase durante la función, pero al terminar la película la mayoría de la audiencia sale disparada de la sala, casi huyendo. Es cierto que este tipo de obras y artistas nunca se preocuparon por el público y tampoco lo necesitan, es un mundo en el que ser populares o exitosos con la audiencia, incluso les jugaría en contra. Hasta en esto son opuestos al cine. Me doy cuenta que utilicé la palabra experimental, pero esto no es exactamente cine experimental, es otra cosa. Aquí debo aceptar mis limitaciones o mentirles y prometerles que voy a escribir sobre el tema en el futuro. Pero si hay otra de estas obras sobre la que me gustaría explayarme. Su título es September Afternoon y su director un tal Nicolaas Schmidt de quienes ciertos colegas, de nuevo, me hablan como si se tratara de un genio hasta ahora oculto, con una obra “irreverente” a pesar de contar apenas con un par de cortometrajes. Busco algo de información en las redes y encuentro que el joven genio estudió una carrera llamada Time-based media, que sería algo así como: Medios de comunicación basados en el tiempo. Que es como que alguien diga que estudió literatura basada en palabras. (Comentario aparte, los europeos tienen mucha plata y pocos problemas reales. Pero ellos no lo aceptan, así están.) Pero en este caso, a diferencia de la inglesa que al menos pretendía cierta sofisticación en sus imágenes, la película es cualquier cosa. Una serie de “ideas” que se suponen ingeniosas, ocurrentes o vaya uno a saber qué. Hay un chiste, y unas imágenes de publicidades televisivas al principio que supongo reales (pero en este mundo ya no se sabe) que nos hacen pensar que al menos veremos algo original, pero esas esperanzas se diluyen rápidamente. En un momento aparecen unos segundos del film Le révélateur (1968) de Philippe Garrel, a todos nos gusta asociarnos con nombres consagrados, pero daría lo mismo si en vez de esas imágenes aparecieran las de El show de los Muppets viradas al negativo o cualquier otra cosa. De nuevo, no son ellos, soy yo. Para mí es imposible, siquiera, tomarme estas cosas en serio.
Y así terminamos, de golpe, este texto ya demasiado extenso.
Escribo de noche en el hall del hotel mientras mi esposa duerme y el mozo insiste en traerme cocktails que no le pido. ¿Es este el segundo o ya el tercero? Es imposible que sea el cuarto. Supongo que esta confesión etílica justificará muchas de las barbaridades que aquí hemos escrito. Por otra parte, temo que el precio de los tragos altere la economía familiar, así que mejor me despido.
En la próxima, un resumen y la despedida. A mi también me gustaría tener la ilusión de un festival sin fin, pero la realidad de la vida diaria nos reclama.
Gracias por la compañía.




