A Sala Llena

Los 8 más Odiados, según Emiliano Fernández

Justicia desapasionada.

Y Quentin Tarantino vuelve a entregar un opus interminable que vampiriza desde la sandez y la autoindulgencia a obras infinitamente superiores, lo que en términos prácticos significa que estamos ante el cuarto fracaso consecutivo del norteamericano, un director que en la década de los 90 fue sinónimo de innovación y recambio a fuerza de una vehemencia cinéfila imparable, alimentada por su lectura cáustica del film noir. Aclaremos sin rodeos que lo último interesante que hizo fue Kill Bill (Vol. 1, 2003 y Vol. 2, 2004) y que desde entonces se la ha pasado tratando de adaptar infructuosamente el esquema de sus policiales primigenios al western revisionista y al spaghetti, subgéneros con necesidades específicas que el señor parece desconocer o -por lo menos- no saber plasmar en sus trabajos. Como si se tratase del primo necio de Joel y Ethan Coen, Tarantino regresa a su atolladero reciente.

Así las cosas, en vez del laconismo y la dialéctica visual de las películas de sus amados Sam Peckinpah y Sergio Leone, en Los 8 más Odiados (The Hateful Eight, 2015) debemos soportar un cúmulo de diálogos redundantes que en esta ocasión llegan al límite del “teatro filmado” y confirman que el realizador se cree una especie de William Shakespeare de la clase B cool y mainstream. Hoy le toca -de nuevo- al maravilloso Sergio Corbucci ser la víctima del pillaje de turno, concretamente hablamos de El Gran Silencio (Il Grande Silenzio, 1968), aquella obra maestra con Jean-Louis Trintignant y Klaus Kinski: Tarantino roba casi todos los elementos centrales, desde el contexto nevado y el catalizador vinculado a una diligencia que reúne a los protagonistas, hasta la crueldad del contenido y la presencia de Ennio Morricone como compositor (toda una rareza para Quentin, el adalid del DJ mix).

Por supuesto que este detalle nos conduce a otra de las grandes contradicciones detrás de Los 8 más Odiados, un convite que prometía espectacularidad en función de dos ítems distintivos, a saber: el formato de 70 milímetros y la vuelta del mítico Morricone al campo de los westerns. Salvo por la secuencia inicial y algunos inserts en cámara lenta, el cineasta desperdicia olímpicamente ambos recursos y transforma a la propuesta en su conjunto en una versión más “humilde” de la ya bastante lastimosa Django sin Cadenas (Django Unchained, 2012), aquí substituyendo al racismo por la misoginia y manteniendo igual de elevado el popurrí de expresiones verbales de naturaleza hiriente. Más allá de un puñado de momentos graciosos y unos primeros minutos atrapantes, dentro de un metraje que roza las tres horas, el relato cae en el mismo desarrollo de siempre, tan reiterativo como exagerado.

Con semejante título y las múltiples referencias a El Gran Silencio, sólo resta explicitar que la acción transcurre durante los días posteriores a la Guerra Civil y que los ocho personajes se dan cita en un refugio improvisado por culpa de una fortísima tormenta de nieve, lo que genera un cuento de entorno cerrado y acusaciones cruzadas símil Perros de la Calle (Reservoir Dogs, 1992), opus que a su vez repetía la estructura de Eran Diez Indiecitos de Agatha Christie. La excusa en este caso es un supuesto intento de liberar a Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), la prisionera de John Ruth (Kurt Russell), un cazarrecompensas obsesionado con llevar a la susodicha ante las autoridades del pueblo de Red Rock para cobrar el dinero correspondiente. Dejando de lado -salvo por una excepción- la lógica marchita del flashback y el flashforward, la historia está confinada a puros automatismos.

El regreso de un buen número de caras conocidas en el elenco no compensa la reaparición de casi todos los rasgos negativos de Bastardos sin Gloria (Inglourious Basterds, 2009) y la desastrosa A Prueba de Muerte (Death Proof, 2007), entre los que se “destacan” la prolongación innecesaria de varias secuencias, el carácter indistinto e intercambiable de cada uno de los protagonistas, una dirección que favorece la sobreactuación, la pobreza retórica/ conceptual y una “incorrección política” que ya no es tal porque peca de facilista e ingenua, depositando el peso del relato en latiguillos de manual. Cuesta aceptarlo pero no queda nada del Tarantino revulsivo de Perros de la Calle, Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) y Triple Traición (Jackie Brown, 1997), ese que celebraba la justicia austera aunque apasionada de Samuel Fuller, Don Siegel, Robert Aldrich o el legendario Clint Eastwood…

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Por Emiliano Fernández

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