A Sala Llena

Un largo camino hacia Louie CK

Louie es una serie guionada, editada, producida y por supuesto también actuada por Louis Szekely, y como tal merece una reseña autobiográfica. Louie Ck no llegó hacia mí por propia iniciativa. Es la serie que solíamos ver con mi ex como un ritual. Las peripecias de Louie, su cercana y nostálgica mirada sobre NuevaYork, su divorcio y sus dos hijas a cuestas se habían vuelto una adicción para nosotros.

Louie cuenta la vida de un humorista y su llegada al mundo del stand up pasados los 40 años. La visceralidad y el naturalismo que Louie le imprime a cada capítulo se explica solo por la necesidad de crear empatía con el espectador, que no tardará en enamorarse de la vida privada de este pintoresco colorado, gratificarse por su felicidad y llorar con sus desgracias.

Si bien la primera temporada fue completamente autobiográfica, Louis admite que en las siguientes “tuvo que improvisar”, cuestión que para un genio de la comedia como él debe haber sido un trabajo para nada desagradable.

Recuerdo un capítulo en especial en el que Louie se encuentra cara a cara con el momento más importante de su vida: la posibilidad de guionar películas para Hollywood. Y tan rápido como el momento llega, él lo arruina. Y suena el típico saxo y sabemos que por unos momentos la vida de Louie será miserable. Pero es de esa misma miserabilidad de la que Louie extrae su humor sarcástico, cínico, políticamente incorrecto y característico. En este sentido, y por la manera en que está planteada la serie, apariciones en stand up –vida cotidiana de Louie– puede recordarnos un poco a Seinfeld. Pero allí donde Seinfeld se estanca en un humor más tradicional, el de Louie es tragicómico y sensible. También hay una suerte de surrealismo en sus capítulos. Algunos sin conexión aparente, cambios repentinos de personajes, pero siempre con una moraleja, con una forma sencilla y a la vez inteligente de abordar la vida: la suya y la nuestra.

Volviendo a lo autobiográfico, en febrero del año pasado caminaba ligero por NY solo un día antes del regreso a Buenos Aires. Buscaba el Olive Tree, el irish pub y comedy cellar donde Louie y otros comediantes suelen hacer sus performances, y donde se grabó gran parte de la serie, ya que los capítulos comienzan y terminan en esa rabiosa cantina. Era un miércoles, la ciudad helaba y yo estaba acompañada por mi madre de un lado y por Kasuko (nuestro contacto en la ciudad) del otro. Kasuko nos guiaba tranquila por el Soho, donde están todos los pubs de teatro de la ciudad. Yo no tenía nada de esperanzas de encontrarme con Louie allí, pero pensé que tomar algo en ese lugar iba a ser de por sí mágico. Le hable con mi inglés a una alta y hermosa mujer de color, una verdadera escultura africana. Le explique que venía de Argentina para tratar de dar con el comediante. Sarcástica, me dijo que Louie no venía hace semanas y que era imposible que apareciera hoy. Trabé conversación para ver el show de esa noche. No cobraban entrada, así que hicimos la reserva. El único requisito, una consumición mínima obligatoria (creo era de u$s 14.-) Mientras le hablaba a la mujer, el encargado me miró de una manera extraña cuando le conté que venía de Argentina e hizo una llamada.

Ese miércoles caminamos todo el día y con la misma ropa que tenía -unos joggins, unas zapatillas y un buzo- me presenté a la hora acordada en el Olive Tree. Cuando llegué a la puerta, me pidieron mi identificación. El guardia de seguridad, muy amable, se alegró al ver que cumplíamos años el mismo día y me pidió que lo acompañe. Entre entonces al pub y para mi sorpresa, había dos asientos reservados a mi nombre: en primera fila, al medio, frente al micrófono de los showmen.

 El comediante (otra mujer de color y escultural) dirigía la función y no dejaba de hacer alusiones a mí y al hecho de que venía de Argentina. Me tomaba dulcemente de punto de todas sus bromas. Pasaron dos comediantes a los que tuve que hacer un esfuerzo muy grande para entender (a pesar de mi buen inglés, era stand up y hablaban muy rápido y con idiolectos). Eso no evitó que me riera a carcajadas. Luego la atmósfera comenzó a cambiar y entraron cámaras de un set de televisión. Mi corazón comenzó a palpitar fuertemente. “Algunos ya lo conocerán por su programa de FX. Con ustedes, Louie Ck”. Fue increíble, no solo porque lo tenía enfrente sino porque, aprovechando la oportunidad, hizo un chiste sobre sudamericanos. “Se imaginan que nos mudamos todos a otro planeta porque se acabaron los recursos y llegamos y está lleno de sudamericanos”. Yo estaba impresionada, me brillaban los ojitos porque estaba delante del hombre. Ese que había decorado todos mis desayunos de domingo. Del que creía conocer toda su vida. Se fue por la puerta de atrás, por esa puerta que tantas veces había visto aparecer en la serie. Lo seguí. Me agarraron dos guardias de seguridad. Les dije que solo quería tomarme una foto junto a Louie. “Lo siento nena”, me respondieron, “Louie ya se fue”.

En la actualidad, Louie Ck tiene a cuestas cinco temporadas. Para verlas solo tenemos que acceder a Netflix. Su consumo imprime a nuestras vidas la melancolía de aquel que ha llegado a ser quien quiere ser, mostrando la doble cara del mundo de la comedia. La doble cara de la vida, con sus logros y desgracias, con una fuerza dinámica y demoledora. Cada capítulo guarda un intenso aprendizaje acerca de la vida. Y, aunque no haya podido despedirme de él, nunca olvidaré su humildad, bajo ese sweter verde y la inigualable creación de su humor sin límites, que supera, a muchos de los comediantes de stand up antes vistos.

Sofía Lara Gómez Pisa

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