A Sala Llena

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CRÍTICAS - CINE

Los delincuentes

APENAS UN CINEASTA

El día en que tenía previsto asistir a una función de prensa de Los delincuentes, me trencé en una discusión con su director Rodrigo Moreno en Twitter. Me indignó que, en plena campaña electoral, tratara de bruta a Patricia Bullrich, la candidata presidencial a la que pienso votar y cuyas virtudes éticas, intelectuales y políticas me parecen muy superiores a las de los dos populistas sin escrúpulos, destructivos y con simpatías totalitarias que se le oponen. Me enojé con Moreno, lo traté de pelotudo y, de paso, dije que su cine nunca me había interesado. Lo cual es cierto, con la salvedad de que no vi todas sus películas (al menos, hay una que no vi y de otra no estoy seguro). Siempre me pareció un cineasta un tanto pomposo y, al mismo tiempo, confuso como si el amaneramiento formal de su puesta en escena estuviera al servicio de un guiño estético para quienes lo rodean y oscuro para quienes no forman parte de su círculo.

Cuando esperaba en la sala y me enteraba de que la película iba a durar tres horas, me encontré pensando que estaba ante un problema. Si hablaba mal de la película, lo que dijera sería una continuación de la batalla política por otros medios. Si hablaba bien iba a quedar como alguien que quería demostrarse ecuánime y amplio. Es decir, un cobarde. De todos modos, prefería que la película, de la que hasta entonces no había escuchado más que elogios superlativos, me terminara gustando. No tenía ganas de escribir una reseña negativa bajo la sospecha de resentimiento.

El deseo se cumplió a medias. La película me pareció buena. Desde El custodio hasta ahora, Moreno aprendió a filmar, logró remontarse por sobre la torpeza, el subrayado, el exhibicionismo hermético y manierista para llegar a ser una versión más depurada y más libre de un cineasta que quiso siempre (entonces y ahora) mostrar que pertenece a un mundo superior (el tuit sobre Bullrich es otra forma de su elitismo, de su autoproclamada adscripción al mundo alto de la civilización). Moreno encontró en el cine un arte noble que puede practicar con inteligencia y destreza y también albergar en él sus convicciones, sus esquematismos de clase y su petulancia. 

Los delincuentes, que parece transcurrir en la década del 2000, cuando ya no se puede fumar en los lugares de trabajo, y empieza cuando Morán, empleado de una cochambrosa sucursal bancaria roba seiscientos mil dólares de la bóveda aprovechando la laxitud general del sistema de seguridad. Esa noche se encuentra con Román, un compañero suyo —inocente del delito— y le cuenta que se va entregar porque prefiere pasar tres años y medio en la cárcel que trabajar en el banco toda su vida y le pide que le guarde el dinero bajo la amenaza de denunciarlo como cómplice. Luego, Morán viaja en taxi y elige aleatoriamente un pueblito de Córdoba para pasar sus últimos días de libertad. Por su parte, Román esconde el dinero en su casa pero luego, agobiado por la tensión y por indicación de Morán, lo traslada a lo alto de un cerro en la sierra cordobesa. Cuando baja aparece Norma en medio de un paisaje bucólico y entre ambos hay un flechazo, aunque Román vuelve a Buenos Aires, a su mujer y al banco. La pasa mal en su casa y en el trabajo, pero Morán no la pasa mejor, asediado en la cárcel por el capanga del pabellón que le vende protección a cambio de parte del dinero. No vale la pena contar más del argumento: Los delincuentes se beneficia del ingenio de su trama y no se resiente por su inverisimilitud general ni por detalles como la absurda facilidad del robo o que en los locales en los que se come pizza de parado no se pague antes de consumir. Ni siquiera por algunos momentos cómicos un poco ajenos al tono general (como el del chico tonto que pide agua): Moreno logra mantener un clima parejo de comedia suavemente irónica. El montaje es muy inteligente y disimula que la película se filmó a lo largo de varios años y por eso se adivinan restos de versiones distintas de la definitiva. Al contrario, la película funciona como un bello cuento de hadas, sumamente disfrutable y entretenido, que disimula un poco su naturaleza. Las partes al aire libre son realmente bellas, especialmente ese encuentro inicial en el río en el que Román conoce a Norma, a su hermana Morna y a su pareja Ramón, el videasta chileno (Los delincuentes es una coproducción) obsesionado por filmar jardines naturales secretos.

Morán, Román, Norma, Morna, Ramón. Las mismas cinco letras para los personajes principales, un juego que es parte de las golosinas cinematográficas de Moreno: de sus repeticiones y simetrías, como las dos escenas que muestran a Román y Morán fumando un cigarrillo simultáneamente a ambos lados de una pantalla dividida, o de los movimientos de cámara que descubren lo previamente oculto. Lo de las mismas letras (golosina literaria, en este caso) es una manera de decir que, aunque son diferentes (un porteño y un salteño, un pobre tipo y un demente como dirá alguien) los dos son dos caras de una misma moneda. O facetas de un mismo prisma con los otros tres. ¿Qué es lo que los une y qué los separa del resto de los personajes, o del resto del mundo? Que Román y Morán, son héroes de un viaje hacia la libertad que los reúne con quienes ya han hecho ese camino antes que ellos o que saben vivir de otro modo: el camino que lleva de lo más sórdido del capitalismo (el trabajo asalariado, para peor en un banco) y la claustrofobia de la ciudad a la pureza del espacio abierto, de la vegetación, las montañas y los animales, del rictus nervioso y neurótico a la sonrisa, el amor y la alegría expansiva que Margarita Molfino (Norma) encarna con elocuencia. 

Pero hay algo que falta en ese cuadro que exalta la naturaleza en detrimento de la ciudad. Es la cultura, un fenómeno esencialmente urbano aunque hable de los cielos abiertos. Los momentos de más emoción de la película tienen que ver con la poesía de Juan L. Ortiz que hace lagrimear a Norma, el vinilo de Pappo que atraviesa toda la película (otro de los juegos formales de Moreno) y termina en el plano final con un tema sobre la libertad, las idas al cine para ver L’argent de Bresson, el baile de una cueca de Violeta Parra, una fotografía de Atahualpa Yupanqui y, especialmente, el recitado de La Gran Salina de Zelarayán que convierte al bárbaro Morán en un ser civilizado. Moreno proclama que es la cultura, la más alta, la que nos salva de la barbarie, la que permite acceder a la armonía con la naturaleza. Hasta exagera en esa faceta de cruzado de la civilización. Tal vez la única escena innecesaria de la película sea la de Fabián Casas como profesor de los reclusos (“profesor zen” se lee en los créditos), leyendo a Zelarayán e invitando a los presos a imitarlo. Tiene tanto éxito que esos criminales encallecidos terminan siendo algo así como unos tipazos bonachones que aceptan los libros con alegría. Ese cineasta que convierte torvos empleados de banco en tipos encantadores, que vuelca a los presos a la causa de la poesía es, casi con toda naturalidad, el que se puede subir a una silla para proclamar con soberbia la falta de luces de una candidata dejando de lado cualquier otra consideración. Moreno usa su ingenio como guionista y su entrenamiento como cineasta para decir sus grandes verdades. A veces lo hace con humor y sutileza, otras incurre en algo parecido a la obscenidad, como en la aparición de Casas (que recuerda un poco al personaje de Imanol Arias en Tango feroz) en el papel de sacerdote laico. 

Pero hay dos cosas que le funcionan a Moreno en la película. Una es que su cinefilia le permite utilizar la debilidad del guión en su propio beneficio. El argumento de Los delincuentes es tan curioso y tan embrollado a su manera que no tiene un final posible que sea satisfactorio. Entonces, la película termina sabiamente con una cita del plano final de A través de los olivos de Kiarostami, el mismo plano lejano que, en este caso, muestra a Morán recorriendo la sierra a caballo, alejándose de la cámara, haciéndose visible solo en algunos claros entre los arbustos hasta que empiezan los títulos finales. No sabemos cómo es el desenlace de Los delincuentes, aunque tengamos una preferencia o una intuición. No hace falta más. La resolución es muy elegante y no es una mera copia sino un uso legítimo de un recurso inventado por el cine e intraducible a la literatura. 

Por otra parte, esa ambigüedad final permite hacerse una pregunta. ¿Si lo que Morán quiere es vivir como viven Norma, Morna y Ramón, para qué necesita el dinero? Y esto hace pensar en una escena de la película en el que vemos a Ramón, ayudado por las mujeres, filmando sus flores en el medio de la nada con una camarita y ningún presupuesto. Lo que lleva, indefectiblemente, a preguntarse por el cine que hace Moreno. De algún modo, la escena del videasta amateur y sin recursos, tratando de grabar un sonido en medio del viento con micrófonos precarios (hay que decir que Moreno trata con condescendencia a Ramón y a su bohemia erudita), contrasta con una película de factura profesional, con las fundaciones que la financian (además del Incaa) y que termina estrenándose en Cannes. La propia película contesta así la pregunta sobre Morán y el dinero: dice Moreno que la plata hace falta. Y así, todo cierra. Cultura, naturaleza, libertad, profesionalismo, bellos pensamientos y dinero. Un mundo feliz y seguro, podría decirse, para los que pueden habitarlo.  

(Argentina, Brasil, Luxemburgo, Chile, 2023)

Guion, dirección: Rodrigo Moreno. Elenco: Esteban Bigliardi, Daniel Elías, Germán Da Silva, Iair Said. Producción: Ezequiel Borovinsky. Duración: 180 minutos.

11 comentarios en “Los delincuentes”

  1. sebastián andrés sánchez

    En su momento El custodio no me gustó . Espero ver esta película con gran curiosidad . Gracias , Quintín por hacerme interesar.

  2. El Custodio era una maravilla. Un mundo misterioso bastante menos. Esta es miti y miti. Funciona pero le sobra una hora fácil. La diferencia de carisma entre Roman (mucho) y Morán (niente) es abismal, y la película lo resiente.

  3. que carajos tendra que ver como esta financiada la pelicula , con lo que la pelicula opina del dinero? con ese criterio todas las pelciulas estarian diciendo lo mismo, de Spielberg a leonardo favio. cualquier cosa .
    mezclar la vida privada o virtual del tipo para hablar de su cine?

  4. Es impresionante lo inteligente que es este Quintin que no puede privarse de arrastrar al campo de la crítica cinematográfica su defensa de la sobria y brillante candidata a todo lo que se le cruce por delante Bullrich, realmente en su deriva vital este gran genio de las letras no para de superarse. Recién vi la película de Moreno, de pésima calidad, un mediocre el director, larga, es tan mala la película que la única razón de su existencia es haber dado lugar a esta belleza, a esta muestra de madurez argumentativa lírica de nuestro amado líder Quintín. Qué grande sos Quintín, te haremos una bandera, qué digo una, dos, una a vos y a otra a Bullrich y la llevaremos a la victoria

  5. Me deje llevar por la película, llegue hasta el final encandilado. Pero no entendí un carajo de cual es el desenlace que quiere sugerirnos el director. Así que me parece de una arrogancia ”progre” patética.

  6. Decir todos esos calificativos de Bullrich es realmente bárbaro. La peli me gusta mucho más después de saber el pensamiento del director.

    1. Qué problema que tienen con atar dos cabos! Morán le avisa a Román que ya sale. Que ya está. Entonces Román va a Córdoba. Morán también va a Córdoba. ¡Hola!!!!!!!
      ¿De verdad necesitan una escena con ambos abrazánsose y repartiendo el botín?
      La película es muy buena. No hay ambigūedad en el final. Hay una yapa: el dinero no hace más libres. Pero ayuda.

      1. Pero la casa de los hippies estaba abandonada cuando ellos ya tenían la vida establecida ahí, yo entendí que los hippies ataron cabos se pusieron a buscar el dinero, lo encontraron y se largaron

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