A Sala Llena

Lugares comunes, a veces benditos…

Ayer, todavía rodeada por el quilombo del regreso,  mientras trataba de ponerme más o menos al corriente de las cosas de la vida real, para empezar a encarar mi trabajo y demás, se me quemó la cabeza como un fósforo y en un santiamén.  Qué puedo decir, me agarré a las puteadas por facebook,  insultando profusamente a un colaborador (ahora ex) por discrepancias de tipo “irreconciliables”.


Pasé por los típicos estadios de desconcierto, desilusión,  tristeza, odio profundo y furia desatada, para después calmarme, recordar que no es la primera ni la última vez que me suceden cosas como éstas y que siempre me las termino arreglando más o menos bien, más allá de las decepciones, las broncas y los pataleos.  La gente hace lo que puede y hay que entender eso y dejarse de joder.   Pero, entre el cansancio perenne del viaje, el despelote de la casa, los gatos que estaban en plena crisis de readaptación, los nervios  de las cosas “heavy” de la vida, el cuerpo y la mente que no me respondían del todo y el hambre, no se me caía ni una sola idea y si muchas,  pero muchas lágrimas. Por suerte mi hombre, que todavía está de vacaciones, vino al rescate antes de que me quedara calva y , a eso de las tres de la tarde, cuando me hube bañado y puesto presentable, me llevó a almorzar a mi lugar favorito y, después,  al cine. Y, por supuesto, el cine lo cambió todo.

Mi marido preguntó por twitter, si alguien tenía una recomendación para hacernos y un seguidor le propuso El Exótico Hotel Marigold, el film de John Madden que se estrenó hace poco.  Así que,  a las cinco y cuarenta de la tarde, nos mandamos a verla en el Multiplex de Belgrano, cuya función estaba poblada por ciudadanos de 80 años, la mayoría en pareja, que se ubicaron todos bastante atrás y nos dejaron la fila del centro enterita para nosotros.  El kiosco de golosinas estaba cerrado (no sé si permanente o momentáneamente)  así que nadie masticaría absolutamente nada durante toda la función, por lo que no habría que lamentar prótesis.  Una vez ubicados, pasaron unos cuantos adelantos (todos de misterio o terror) y después, arrancó la película.

La historia de este grupo de jubilados  que se va a la India a un hotel de retiro, debido a que la mayoría de ellos han quedado sin dinero en sus años dorados, es un festival de lugares comunes, que  pivotea en un guión de fórmula más que trillada y previsible.  Pero la película funciona y llega a un estado de belleza verdadera, de la mano de su elenco que es, sencillamente, formidable.

La espectacular Judi Dench, en el rol de una viuda reciente, que descubrió que su esposo estaba ahogado en deudas después de que muriera y que, a partir de eso,  no puede más que sentir que todo su matrimonio fue una especie de farsa, se convierte en el hilo conductor de una historia que no reinventa la rueda, pero que conmueve por la humanidad profunda aportada en las interpretaciones.

Leí muchas de las críticas hechas a la película, en especial por supuesto, la de mi compañero de A Sala Llena Tomás Maito, y casi todas comulgan en que el film es, básicamente, intrascendente y plagado de clisés.  En esencia, eso es verdad, pero creo que, por alguna razón, en esta película ese hecho no califica del todo como defecto. Es cierto que, a golpe de vista, uno tiende a pensar que las cosas suceden casi como si las estuviéramos leyendo de un manual. Podemos predecir lo que va a suceder, no nos sorprende en lo absoluto el final y, casi todas las historias de esta narración coral, no son más que una especie de repetición de algo que ya hemos visto antes. Pero hay algo en la cinta, que conmueve más allá de esto y que tenga que ver, tal vez, con que el punto de vista abordado, sea justamente el de unos cuantos viejos. Es casi como la caricatura de algunas de las comedias románticas grupales del cine inglés, interpretada por gente extremadamente talentosa y remarcablemente inteligente.  Uno ve la plantilla sí, pero también ve más allá de ella y, cuando eso sucede, lo remanido de alguna manera se vuelve nuevo. La película es básicamente cálida y está viva, a pesar del guion defectuoso. Maggie Smith, en su papel de una vieja gobernanta de casa, racista y amargada, dirigiendo y observándolo todo desde su silla de ruedas, entendiendo lo que nadie más entiende, se vuelve un espectáculo tan digno de ver, que solo por eso hay que pagar la entrada. Ni hablar del exquisito Tom Wilkinson, haciendo de un juez de la suprema corte, gay y atormentado por su pasado amoroso. El tipo es tan ajustado, tan increíblemente preciso, que los que apreciamos la actuación cinematográfica como el tótem de la vida, no podemos más que sacarnos el sombrero.  Y, ojo, que Bill Nighy no se queda atrás. Tiene un conjunto maravilloso de líneas de diálogo jugosísimas, a las que le saca partido sin estridencias y con compasión verdadera. Las escenas con Judi Dench  no tienen un solo segundo de desperdicio y es desde ahí desde donde parte mi idea de que esta película, se salva de algo a lo que estaba condenada, de manera casi prodigiosa. Porque, analizándola parte por parte, no hay una sola cosa que esté de más, aún cuando en el conjunto, nos parezca que todo es un gran y viejo mapa que ya hemos recorrido y que olvidaremos a penas pongamos un pié fuera del cine.

Sería bueno preguntarse, si es que siempre son malos para la narración los lugares comunes. Yo creo que no. De hecho, pienso que a veces, esos lugares nos abren paso a la conciencia del espectador y le permiten sentirse cómodo, para desplegar nuevas ideas e interpretaciones a partir de allí. Por supuesto, esto está totalmente atado a la calidad de la actuación cinematográfica y es, enteramente, un milagro del que son solo capaces los actores. A veces, las cosas comunes, aún las repetidas que suelen dejarnos un cierto sabor a sonsera, no son más que verdades profundas y dolorosas, a las que ya nos hemos acostumbrado. En este caso el desfile es grande, pero también es real: la idea pavorosa pero cotidiana de la cercanía de la muerte, el temor a haber desperdiciado la vida, la vejez como una condición alienante, la soledad, los hijos egoístas y desagradecidos, el sexo y la intimidad que se anhelan y se necesitan, pero que se vuelven grotescos de cara a una sociedad gobernada por la juventud, la necesidad de seguir siendo útil y de tener proyectos que permitan no rendirse del todo, la desconfianza de lo nuevo, de lo diferente, la terrible incapacidad de cambio que lleva indefectiblemente a  la tristeza y a la frustración. La impotencia de ya no tener una voz que pueda ser oída. Todos conflictos que vemos a diario y a los que no hemos acostumbrado. Tal vez, no haya otra manera de volver a introducirlos en la cabeza del espectador medio, que endulzados por una serie de clisés, que se los envancelinen un poco pero que, en definitiva, lo obliguen a pensar de nuevo y a reflexionar.  Creo que esta película logra eso y por varios cuerpos. Salí del cine con una sensación suave y amigable de esperanza y con la idea clara, de que no está muerto quien pelea.

Tal vez, haya una crítica que se ajuste más que cualquier otra, a lo que me pasó con esta película y es de Peter Travers de la revista Rolling Stone que dice: “Con un reparto inferior, la película hubiera sido una alineación de clisés de televisión, pero este reparto nunca hace un movimiento en falso, aún cuando el guión se queda en la fórmula…”

Por mi parte, la recomiendo corajudamente y lo demás, parafraseando a Karina Olga, lo dejo a tu criterio.

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