A Sala Llena

Magia a la Luz de la Luna, según José Tripodero

El truco del estilo.

El hombre que estrena una película por año desde hace décadas, mejor conocido como Woody Allen, retoma la senda de la “comedia de salón”, luego del coqueteo misántropo de Blue Jasmine. Aunque no es solo un regreso a un tono sino también a tierras europeas, donde encontró cobija financiera y artística para extender su cine. Nuevamente, Woody recurre a varios de sus rasgos temáticos más utilizados: la magia, el espiritismo y otras creencias intangibles, lo que sucedía en las no tan lejanas Conocerás al Hombre de tus Sueños, Scoop y otras un poco más afortunadas, como Sombras y Niebla.

Aquí, un mago clásico, de trucos mecánicos, esos que pueden ser probados, busca desenmascarar a una médium, que tiene el poder (aparente) de leer el futuro y también de contactar a los muertos en sesiones de espiritismo. El contexto entre guerras contribuye para que el director  saque a relucir una de sus mejores armas, la capacidad de recrear una época a través de varios rasgos: el vestuario, el diseño de producción y especialmente la fotografía, la cual ya no luce como un peldaño más en la construcción de sus films, sino que evidencia cierta rigurosidad para componer sus planos y jugar con diferentes capas lumínicas. En Magia a la Luz de la Luna aquellos que acusaron a Medianoche en París de ser una película turística, desempolvarán esas afirmaciones ya que el enamoramiento del director para con Provenza no se disimula como así tampoco las escenas de music hall y jazz en las que Emma Stone muestra un aura particular (resulta inevitable su comparación con otras chicas Allen como Mia Farrow o Diane Keaton).

El paseo que ofrece este legendario director tiene escalas en la literatura, en las citas melómanas y en las discusiones filosóficas (ineludibles las menciones a Nietzsche), las cuales marcan el terreno de una historia tensionada entre la fe y la ciencia, lo tangible y la magia, pero con el estilo de sus mejores comedias, las que combinan ironía, cinismo y efectivos oneliners. La película de Woody Allen de este año tiene como un único truco el de presentar recurrencias  de un autor que logra, nuevamente, seducir a partir de variaciones de las temáticas y de un estilo que ya lo excede, porque a esta altura el director de Manhattan dialoga solo con sus propios discursos (sin preocuparse en absoluto por el estado del cine de su país), demostrando que nunca será mejor director que de películas de Woody Allen.

calificacion_4

Por José Tripodero

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