A Sala Llena

Medianoche en París, según Rodolfo Weisskirch

El Arte de lo Imposible

No voy a ser hipócrita. Estoy viviendo un momento bastante deprimente de mi vida. No quiero hacer catarsis por este medio, pero hay momentos de mi presente, que me cuesta creer estar transitando. Soy una persona pesimista que cree haber nacido en un momento inoportuno de la historia. No me identifico con el siglo XXI. Me hubiese gustado nacer en los ’50 o en los ’60 admito. Aun cuando políticamente eran épocas convulsionadas, peligrosas, me pregunto constantemente como habría sido mi vida habiéndome desarrollado durante esos años, con quién me relacionaría, cuál sería mi visión del mundo y la juventud de hoy en día. Hoy le temo al porvenir. Lo veo oscuro. Pienso que “Todo tiempo pasado fue mejor”, lo admito. Me gustaría sentarme en un café con Don Angelito y contarle la situación que vive el club de sus amores, imaginar que habría dicho, como reaccionaría, y sobretodo la manera en que habría resuelto, desde el pasado, los errores del presente.

Pero la imaginación es poderosa y traicionera. Sería muy lindo que venga el Doc Brown en un DeLorean y me busque para cambiar la historia, o al menos seguir los consejos de alguna persona que considero hoy en día, como influyente en mi vida. Poder establecer diálogos con Hitchcock, Billy Wilder, Orson Welles y rebatir a todos los estúpidos que los etiquetaron a través de una visión superficial de sus obras. Al menos que me venga un pasaje de avión del cielo, y concertar una charla con Woody Allen, para aprender y al mismo tiempo felicitarlo, porque hace dos días me demostró porque me enamoré por primera vez del género cinematográfico, de la literatura, del arte en sí mismo.

Medianoche en París nos trae a un Woody Allen auténtico, mágico, nostálgico, pero sobretodas las cosas, cinematográfico, culto, intelectual y filosófico, admirador de todas las artes, meticuloso.

Me encanta Allen, pero admito que desde hace mucho que su obra es bastante irregular. Me gustaron sus thrillers con influencias shakesperianas y de teatro griego como Matchpoint y El Sueño de Cassandra, que muchos han criticado. Me pareció profunda Vicky Cristina Barcelona y me reí con elementos aislados de dos obras “menores” como Scoop o Que la “Cosa” Funcione. Me aburrí, me pareció superficial, repetido en Conocerás al Hombre de tus Sueños, pero Medianoche en París nos devuelve al Allen que sabe que el arte da la posibilidad de crear y hacer creer lo increíble. Que en la ficción es posible que no haya límites espacio temporales, que no hace falta justificar tales inserciones fantásticas, porque lo que importa es otra cosa, es la mística, el mensaje, la posibilidad que da una cámara de transformar el mundo, la historia.

Así como Tarantino cambió el final de la Segunda Guerra Mundial en Bastardos Sin Gloria y nadie se molestó por eso, así como Buñuel era capaz de revivir una y otra vez a la burguesía, impedir que salgan de una habitación por razones inexplicables, y que sin necesidad de introducir una justificación material, el propio Allen conseguía que los personajes de una película salieran de la pantalla, se enamoraran de los espectadores y los aconsejaran de cómo vivir su vida, esta vez, convierte a París en una fiesta, como diría Hemingway.

El protagonista, uno de los tanto alter egos que Woody habría interpretado diez o quince años atrás, necesita entender su vida: está inseguro sobre su obra literaria, sobre su matrimonio, sobre las razones por las cuáles debe seguir enamorado de París y no volver a Estados Unidos. La respuesta será un viaje en el tiempo, que solo se justifica cuando el reloj dan las doce de la noche. ¿Fantasía? ¿Realidad? No importa, Gil viaja a la década del ’20 para encontrarse con Cole Porter (es común que Allen use música de Porter, pero esta vez, además lo incorpora a la acción y aparece dietéticamente), es aconsejado por Scott y Zelda Fitzgerarld sobre relaciones románticas, y acerca de escritura por Ernest Hemigway. Ídolos del protagonista y el director, no solo adquieren un nivel fantástico, sino que resultan afables y familiares. Además Allen se da el lujo de mostrar su mirada sobre como eran ellos. No se preocupa por analizar las características que siempre se enaltecen en las respectivas biopics de los artistas mencionados. Además, tampoco subestima al espectador, da innumerables guiños, que aquellos que no conocen a los artistas mencionados, van a quedarse fuera del juego.

El autor se da el lujo que su héroe cumpla con las fantasías qué él mismo o alguno de nosotros podría alguna vez satisfacer. Sí, sería hermoso compartir una amante con Picasso, viajar con ella a la Belle Epoque y sacar la conclusión de que cada uno pertenece a un tiempo específico por alguna razón.

La magia, la gracia, el humor arquetipo de Allen son la fuerza motora de esta obra, pero hay que destacar a un elenco que con herramientas simples hacen verosímil lo imposible. Owen Wilson se relaja, más allá de que es uno de los tantos Woody Allen dando vueltas, y logra una interpretación franca, honesta, simple. Se destaca la interpretación de Michael Sheen como Paul, el rival británico de Gil. Pero los hallazgos también se dan en los actores elegidos para conformar a personajes reconocidos del mundo del arte como el cameo de Adrien Brody como Salvador Dalí o Kathy Bates como Gertrude Stein.

Pero Allen no solamente es un “romántico”, nostálgico insalvable, enamorado de los más grandes artistas de toda la historia del mundo, sino también un cínico crítico de los críticos burgueses, de los intelectuales soberbios hipócritas que se creen dueños de la verdad y hacen sentir infradotado, subvalorado a aquel que no entiende lo que habla. Y si bien, hay algo de esa soberbia a Allen, lo que el director critica, en realidad es el modo, la clase social, cuestiona el elitismo europeo y lo compara con la “humildad” de los artistas de la generación del ’27, que con su arte combatían las diferencias sociales y creaban medios comunicativos diferentes a los habituales.

Es cierto que se le puede critica que el tiempo presente no logra ser tan convincente como la puesta en escena del pasado, que algunos personajes quedan en el aire y Rachel McAdams está un poco desaprovechada, aunque la diva de película, es nuevamente Marion “el gorrión” Cotillard. Innumerables chistes internos (como los que se relacionan con el cameo de Carla Bruni) restan un poco de contención dramática al relato, pero si hablamos de protagonistas, Allen regresa a otra de sus obsesiones: la fotografía urbana. A diferencia de los directores más jóvenes que presumen ser “controvertidos” mostrando la periferia más desigual de las ciudades, el director de Annie Hall, siempre fue un optimista en este sentido, y prefiere mostrar a la urbes como un milagro de la creación del hombre. De esta manera resaltó la belleza arquitectónica de Manhattan, Londres, Barcelona, Venecia y ahora París. Visión turística, sí, puede ser, pero que hermoso es fotografiar París durante toda una jornada, su magia, su mejor fachada.   

Allen no apela tanto a gags esta vez, sino a la ironía e inteligencia discursiva. Los diálogos contienen múltiples lecturas, pero al mismo tiempo son sencillos, directos. Se puede pensar, incluso, como una de las obras menos pretenciosas pero más efectivas de su director.

Con un cuidado estético impecable, encuadres pensados, colores provocativos, elementos que se extrañaban del mejor Allen, Medianoche en París es una gran fábula, un sueño seductor tan soberbio y brillante como la ciudad de las luces.

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