A Sala Llena

Melancholia…

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Mi mente está colapsando. La Navidad pasó sobre mí como una aplanadora. Entre el alcohol, la comida, el bailongo, las horas extrañas de sueño, los nervios de los preparativos, las fobias y todos los dragones por el estilo, pareciera que mi cabeza ha decidido volver a quemarse. Qué puedo decir… Después de la euforia de la Navidad, llega la depresión y el desconcierto de fin de año. Tanto pepépepé pé, para  después terminar volcando la catanga, revoleando la melena y con una taquicardia de padre y señor nuestro. Y a la mañana siguiente no servís para nada, te duele todo y empezás a preguntarte qué carajo estás haciendo con tu vida y si las elecciones que has hecho son las correctas y que por dónde pasa el sentido de todo… Qué puedo decir, estoy en esos días en los que veo las cosas un poco como Justine, el personaje de Kirsten Dunst en Melancholia.



No les había hablado antes de esta película, por el quilombo que se armó en Cannes a raíz de las declaraciones de odio de Lars von Trier. El tipo es un genio cinematográfico, pero es un verdadero imbécil fuera de eso. Lo que ratifica la idea de que, el genio, no exime a nadie de ser un pelotudo. Pero en este día, tan extraño para mí, estoy llevando la película muy adentro y no puedo sacármela de la cabeza. Recientemente la volví a ver y se me metió en las venas demasiado profundo. No quiero dejar de decir, que pienso que es su mejor película y me importa un rábano que me salten a la yugular por esto, los defensores a capa y espada de Bailarina en la Oscuridad. Melancholia me caló hondo, tan hondo que ya no se irá nunca más de mi cuerpo… I can feel it.

No puedo identificarme con una hermana más que con la otra, porque las dos se me hicieron tan próximas y familiares, que casi me dio miedo. Justine con su depresión y su cinismo doloroso e irremediable, su miedo y su enfermedad; y Clare, con su apego al lado mundano de la vida, a los rituales bellos pero vacíos, a esta encarnación, a los animales y a su miedo, un miedo que asume una forma más vulgar e inmediata, pero que es tan fuerte como el de Justine. De las dos, me simpatiza más Clare, le tengo menos miedo, la reconozco con la parte más sana de mí y la siento más humana. Su amor por su hijo, su necesidad de protegerlo de algo contra lo que no hay protección posible… A ella la entiendo, entiendo su necesidad de huir, su urgencia por encorsetarse en la repetición de rituales que ofrecen un espejismo de trascendencia, de sentido, de pertenencia a algo más grande, para sentirse menos sola e insignificante. El infierno de Clare es el más cercano a todos los seres comunes y corrientes que aman sobre esta tierra: el miedo a la muerte de los hijos. En cambio, el infierno de Justine es el más desolador de todos y es el que, a menudo, se me revuelve en la cabeza como un espantoso licuado de bosta: nada significa nada, estamos solos, amamos en vano, vamos a morir y la muerte también está vacía de sentido. Entiendo a Justine, la entiendo con la parte de mí que más me he esforzado en mantener a raya. Me enamora Justine, me desnuda Justine, me convierte en una mujer a la que no le importan las consecuencias de sus acciones porque sabe que la muerte está allí, acechando siempre. Y no sé cuál de las dos quiero ser: Odio a Clare, pero Clare es la que me da felicidad y amo a Justine, pero ella trae el caos que pone toda mi vida de cabeza y termina lacerándome.

Siempre digo que el cine es un espejo. Me gusta decir ese tipo de cosas a la “Pancho Ibáñez”. Pero Melancholia se ha convertido en el espejo más cristalino que he tenido en frente y, me atrevo a decir, que es la película de mi vida. Jamás nada me había puesto frente al rastro de mi verdad de una manera tan espeluznantemente clara. Se las recomendaría, pero no sé si con toda la perorata que vengo soltando se van a atrever a verla.

La historia se apoya en estas dos hermanas que se aman y se odian (como todas las hermanas del mundo) y en cómo lidian con el asunto de que, un enorme planeta llamado Melancholia, se nos viene acercando peligrosamente y, posiblemente, choque con la Tierra. Todo esto, enmarcado en una maravillosa mansión ecuestre, con un magnífico campo de golf de 18 hoyos. Una gloria de lugar, que hace las veces de metáfora del mundo y del alma. La película es, sobre todo, bella y, más que nada, inquietante. Perturba en un nivel hondo e inolvidable, que la construye en la mente del espectador, como una especie de pesadilla amada.

Tal vez sea por la cercanía de fin de año, que me ha acometido este estado de terror indolente, rayano en el cinismo y sea por eso que tengo al film respirándome en la nuca. O tal vez, la raíz de todo se halle en que anoche tuve que empastarme para dormir y hoy no consigo hilar dos palabras coherentes, pero lo cierto es que me invade una sensación de soledad a la vez espantosa y excitante. Esa sensación, es  tan intensa como infundada, pero me pone a pensar y me siembra ideas en la cabeza para mi maleficio. ¿Qué soy? ¿Qué significo? ¿Para qué sirvo? ¿Me estoy infartando y nadie se da cuenta? ¿Por qué tengo tantas ganas de llorar? ¿Estoy hormonal, o estoy gorda?  ¿Chocará un planeta contra nosotros? ¿Qué estarán haciendo los Mayas por estos días? ¿Qué hago mientras espero? ¿Qué espero? Y en mi cabeza resuenan solo dos respuestas posibles: “cogé” y “mírate una película”. Supongo que tiene sentido. Hoy, todo lo demás, se me antoja intrascendente.

FELIZ AÑO NUEVO… (¿Qué, mi plata no vale?)

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