A Sala Llena

Mentime que me gusta…

Tal vez porque la madrugada suele atraer a los fantasmas, tal vez porque lo que nos acosa, lo que nos persigue, lo que nos caza en la oscuridad, a estas horas altas se vuelve más perceptible y letal, es que esta  columna asume una forma nueva en esta noche.

Hay noches más oscuras que otras, hay noches que se vuelven enemigas del alma, enemigas de la tranquilidad de la mente y del cuerpo. Esas que parecen haber estado marcadas en nuestro destino para significar algo diferente, para traernos las voces que no queremos escuchar, que pretendemos ignorar. Voces que nos dicen las cosas que nuestro cerebro se empeña en enterrar, en esconder, en pulverizar. 

Hay dolores callados, dolores empobrecidos, dolores miserables, dolores mortales, temores ocultos, fobias expuestas, rabias contenidas, frustraciones, amarguras, rencores, decepciones… Punciones que hablan a media voz o que desaparecen llevadas por la marea calma de nuestra rutina, de nuestros comportamientos civilizados, de nuestros pactos diarios con nuestra propia estupidez.  Esos dragones que salen de las cavernas horrorosas del mundo y embisten con fuerza descomunal e imparable.  Suelen arrancar llevándose nuestra tranquilidad primero, nuestra paz mental después, mas adelante nuestra frágil cordura y, finalmente, nuestra propia vida.

Se murió Amy Winehouse. Todavía no se sabe por qué, pero lo cierto es que el mundo entero conocía su condición de adicta a las drogas y al alcohol y la mayoría de las opiniones vertidas, van en esa dirección.  Una mujer hermosa, remarcablemente talentosa, única en el sentido más puro de la palabra, rutilante de dones y carisma, se murió porque su cuerpo sucumbió al efecto dañino, de vaya a saber qué brebaje.

Recientemente, escuché decir no me acuerdo a qué tilinga del momento, que para poder vivir en este mundo, cualquier persona que esté cuerda necesita algún tipo de droga, algún tipo de narcótico o estimulante que le permita seguir adelante. Estas declaraciones fueron seguidas del típico escandalete pacato al que los programas de chimentos nos tienen acostumbrados por estos días y que se han vuelto obligatorios, por lo menos una vez por semana, en esta cultura del chusmerío berreta y el cotilleo de conventillo  en la que estamos inmersos. Pero que esto no nos distraiga de la realidad… para seguir viviendo, si o si, necesitamos de algo que nos ayude, que nos “levante”, que nos proteja de esta verdad angustiosa que parece crecer en sombra y tamaño a medida que vamos envejeciendo. La verdad cruenta de que todos vamos a morir  y de que nada, absolutamente nada de lo que hagamos, tiene significado real en este universo. Lo más sencillo tal vez, sería dejar de sufrir después de todo si nada significa nada, no importa lo que hagamos… Sería espectacularmente liberador poder entregarse a esa noción, pero la vida nos tiene deparada la cruel ironía que se esconde en el hecho de que, por alguna razón, no nos resignamos.

Hay gente que se la banca bien, gente estoica, gigantesca, fuerte… Otros ni se enteran de lo que les duele y tienen vidas tranquilas, tomando mate con amigos, yendo a trabajar, acariciando al perro… Los menos afortunados, necesitamos de  algo que nos ayude a lidiar con nuestros fantasmas. Algo que nos ponga la mente en blanco y nos masajee las sienes con dulzura intoxicante; algo que nos anestesie un poco, nos deje más tranquilos, nos ayude a ver la vida con menos miedo o, mejor, a no verla ni buscarla, a no perseguirla.

El cine se ha encargado varias veces de retratar adicciones, de poner luz sobre las conductas que los seres humanos asumen a veces, cuando no pueden lidiar con el mundo. Hay una cantidad importante de films que se meten con nuestras formas de narcotizarnos, de estimularnos, de “ausentarnos” de nuestra propia mente. Algunos biográficos, otros documentales, otros meramente ficcionales,  pero en general, casi  todos fuertes.

“El hombre del Brazo de Oro”  de Otto Preminger,  fue la primera película que vi en la que un tipo se daba con todo. Supongo que por la música fue que decidí verla, cuando tenía unos once años. No entendía demasiado que pasaba, solo que Sinatra estaba de la cabeza por inyectarse. Unos años más tarde volví a verla y pude comprenderla en toda su dimensión.  Sinatra estaba realmente bien (lo nominaron a un premio de la academia por esto) y salía de la pantalla con sus enormes ojos azules, reventándole en el rostro. Un baterista de jazz, ex convicto, adicto a la heroína que trata de salir… Una obra de arte del 55, con un tema musical que haría historia. Es la que más recuerdo, fue la primera que me enfrentó con el mundo de las drogas. Pero hay muchas, muchas obras de arte que se sumergen ese universo colorido, febril y mortal.

Haciendo una lista de las que he visto y me han marcado, arrancaría con Trainspotting  de Danny Boyle y seguiría con Réquiem para un Sueño, Pánico y Locura en Las Vegas, Traffic, Ciudad de Dios, Adiós a las Vegas, El almuerzo Desnudo, Pulp Fiction, The Doors, The Rose, Expreso de media Noche, Estudio 54, Sobredosis, Boggie Nights, John y June, Rush, Scarface, Cuando un hombre ama a una Mujer,  Belleza Americana… entre muchas, muchas otras. Desde el principio de la historia, el hombre ha tenido la necesidad imperiosa de evadirse ya sea por diversión o por angustia. La noción misma del entretenimiento es evasiva, es narcotizante, es escapista. Algunos quieren olvidar responsabilidades, otros dolores, otros trabajos… Pero la realidad es que siempre estamos buscando “algo”. Nos lo venden en pequeños paquetitos plateados o en bolsitas de polietileno; en pastillas o liquido, en celuloide, en DVD, en TV o en radio, en conciertos o bares.  Todos tenemos algo que nos sirve para desaparecer.

Si me preguntan a mí, supongo que deberé confesar que, a parte de un par de drogas recetadas muy power que me reventaron la cabeza y algunas pitadas, mi narcótico de preferencia son las pantallas. El cine, la televisión y la computadora. Algunos de ustedes pensarán que estoy siendo naif y que convierto, con mi ingenuidad, en estúpida esta columna. Pero no es así. El efecto que una pantalla hace en la cabeza de las personas es realmente peligroso y hay pocas cosas que evadan de manera más eficaz y menos controlada. Sobre todo cuando la víctima consume entre ellas, mas de 14 horas por día.  De hecho, recientemente me bajé Cuevana, algo que había dilatado por meses para preservarme, teniendo en cuenta mi personalidad fuertemente proclive a enviciarse.  El resultado: Primer día, 18 capítulos enteros de Gossip Girl. Segundo día, 13 capítulos enteros de Modern Family mas el final de temporada de Brothers and Sisters y Boston Legal. Tercer día 14 capítulos enteros y consecutivos de Mad Men, en síntesis, la vida paralizada, suspendida, dilatada, procrastinada.  La mente adormecida. Los miedos, los planes, las frustraciones, las broncas, el trabajo, la comida, los amigos, el matrimonio, el arte, la alegría… todo pospuesto, todo en stand by. La Matrix  en su versión más pedestre y desaprovechadora.  Energía que  se pierde, que desaparece, que va desvaneciéndose en la nada y que termina convirtiéndose en enfermedad o en pánico.

No puede culparse a nadie por querer evadirse. Por querer olvidar la muerte o imitarla. Desenmascararla, disfrazarla para dejar de temerle, para ridiculizarla, para no tener que vivir con ella.  Las adicciones tal vez sean las únicas conductas humanas coherentes con nuestra propia naturaleza. La cadena elegida, que nos hace libres. Libres de lo que nos aplasta a diario, de la decepción que provoca saberse solamente humano, saberse ridículo, saberse remanido.  No, nadie puede culparnos. Nos cuesta decirlo, pero lo que nos destroza de la muerte de alguien como Amy, es que con ella se lleva una nueva forma de entretenernos. Nos la roba, nos la quita, nos la arrebata de manera brutal y eso nos duele. Que se haya llevado consigo lo que nos narcotizaba a nosotros. El néctar de su arte que hacía nuestra existencia más llevadera, menos mediocre, un poco más creativa y aproximada a la belleza.

En esta noche lloro por ella y lloro por mí.

Hace poco leí el twitt de un amigo, que rezaba algo así como que después del amor, lo único importante es la política. Puede que sea cierto, pero en mi caso no aplica. Hay un capítulo de Mad Men, esperándome en Cuevana, para lamer mis heridas e infectarlas de nada y, más tarde, La Rosa Púrpura del Cairo, para rematarla con todo.

Después del amor, lo único importante es el cine.

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