A Sala Llena

Mi Género Cinematográfico

Esta columna de hoy viene caliente, furiosa, rabiosa. Es que las cosas que tuve que escuchar esta semana, me han encendido el ánimo de tal manera que casi no puedo filtrar las palabras de espanto que tengo instaladas en la cabeza.  Así que, mis queridos lectores, como yo soy una mina y en este día la cosa viene de mujeres, no esperen demasiados eufemismos ni metáforas floridas. Los que quieran rajar ahora, que lo hagan y alejen a los menores de la computadora, porque este contenido no los protege en lo más mínimo. Hoy  las cosas se llaman por su nombre y se dicen como son.

Sin olvidar que lo que nos convoca es el cine, déjenme comenzar con una afirmación que viene a cuento: Las mujeres como símbolo, han sido el pan y el vino del cine desde sus comienzos. 

Si, en nosotras ha morado la mirada sexual del cine, casi con exclusividad, desde sus lejanos albores. Es por eso que, la imagen de la mujer, ha llegado a convertirse a través de la pantalla grande, en poco menos que una divinidad. Esto no estaría para nada mal  si no fuera por el hecho de que la mirada que se imprimió sobre el celuloide, ha sido casi siempre y fundamentalmente, la masculina; el código del hombre, la regla machista acerca de lo que “debe ser” y “debe parecer” una mujer.

Las mujeres hemos sido siempre fuente de misterio, de morbo, de curiosidad, de erotismo superlativo y de temor  para el alma masculina. Las mentes dominantes de todas las épocas, han intentado sin éxito descifrar de qué la vamos, qué significamos, de qué se trata, dónde se ubica y cómo dominar nuestro poder sexual. Como jamás lo consiguieron, ese temor, ese morbo, ese misterio, se convirtió primero en terror y después en odio. De esa manera, la violencia ejercida durante siglos y siglos en forma directa contra mi género, se fue depurando, se fue refinando y se fue re inventando de manera tan eficaz, que ha logrado sobrevivir en occidente, aún después de la revolución sexual que ganó terreno y ubicó a la mujer más cerca de las funciones de poder y de influencia.

Íconos como Vivian Leigh, Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Liz Taylor, Joan Crawford, Maureen O´Hara, Isabel Sarli, Graciela Borges, Zuly Moreno, o la propia Susana Giménez, fueron ganando espacio en las cabezas de generaciones completas, abriéndolas y arando en ellas, dándole lugar a la imagen de una mujer que no solamente no era virginal, si no que disfrutaba de su cuerpo, de su sexualidad, de su capacidad de goce y de su condición de mujer de manera arrolladora e irreverente. Pero, aún cuando ese camino existió y fue transitado con valentía, el precio que tuvieron que pagar  siguió siendo alto. El dicho doloroso que confiere a la profesión de actriz un parentesco cercano con la prostitución, fue una leyenda de espanto que se transfirió de boca en boca en casi todos los círculos sociales.  Estaba muy mal visto que un “hombre respetable” se involucrara sentimentalmente con una actriz y, mucho peor, que una “señorita bien” eligiera ese maravilloso oficio, como carrera.  Hablar en pasado tal vez sea una equivocación en este contexto, porque los hechos (recontra discutidos de la semana pasada) que involucraron a la Malparida y al economista 3D, pusieron en marcha una serie de agresiones misóginas, de contenido ultra machista, que dan cuenta que en materia de sexo, las mujeres seguimos siendo blanco de agravios primarios y básicos.

Hoy, ser una actriz, ser una persona que se expone en su trabajo, parece haber creado en la conciencia general una nueva idea de esclavitud. La nueva noción tiene que ver intrínsecamente con el concepto de consumo.  Las personas comunes y algunas de las que se encolumnan en medios de comunicación, tienden a creer que quien vive de una profesión que se basa en el acompañamiento del público, debe irrevocablemente, sacrificarle toda su existencia en agradecimiento.  Y este sacrificio, si se trata de una mujer, se paga dos veces.

La forma de violencia que se ejerce sobre las mujeres que exponen su femineidad a las grandes masas, es paradójicamente venenosa. Se las ama desmedidamente, se las endiosa y se las entrona, pero no se las considera dignas de respeto en el sentido más amplio y total de la palabra. Con el poder devastador de la pantalla chica y el advenimiento de internet, estos comportamientos de odio, han cobrado una fuerza renovada.  Ahora el ataque es inmediato, directo y veloz.

No soy una rematada ingenua, entiendo que los personajes de la farándula deben lidiar con los asuntos de la fama y de la popularidad.  Pero de lo que estoy hablando aquí es de cómo una gran parte de esta sociedad en que vivimos, condena de manera hipócrita a una mujer, una madre, una actriz, que decide hacer con su cuerpo y con su vida lo que le venga en gana. He escuchado cosas horribles estos días con respecto a su embarazo, a su marido, a sus hijos, a su linaje y a su casta y solo he podido llegar a una conclusión: para algunos, las fotografías son un castigo merecido por ser hermosa, por ser actriz, por ganar dinero y por coger con quien quiere y cuando quiere. Algunos, simplemente, no pueden tolerarlo.

El cine y la televisión han ayudado a construir a lo largo de la historia, un espacio gigantesco tanto carnal como mítico para la mujer, pero que aún no le pertenece ni le es del todo inherente.  Los medios de comunicación se han nutrido y han invadido el espacio del arte de manera dictatorial, tirana. Es cierto que no se puede hablar de “medios de comunicación” como una entidad extranjera o alienígena. Ellos, después de todo y en su mayoría, son el reflejo palpable de una sociedad que no termina de bancarse a las mujeres. Hoy parecemos aquellas heroínas de cine negro, aquellos seres fatales, que como tenían un pasado, no se hacían (a los ojos machistas) merecedoras del futuro y entonces eran inmoladas al final. Amadas para siempre por el protagonista, convertidas en leyenda, en mito, pero inmoladas irrevocablemente.  Nos encontramos entre las tijeras corta-polleras de Tinelli y el desprecio de las conductoras de programas de chimentos vespertinos, que se hacen eco de conceptos arcaicos y que carecen hasta del componente más básico de solidaridad de género.  Tenemos que bancarnos comerciales de desodorante que son intrínsecamente machistas, misóginos y homofóbicos, tenemos que soportar ser retratadas una y otra vez por la publicidad como chusmas, mal intencionadas, jodidas , barredoras, lavadoras y secadoras de platos.  Nos asqueamos frente a las nociones destructivas que han convertido a las adolescentes en máquinas de vómito y somos testigos de cómo día a día, el cine y la televisión, obligan y someten a sus trabajadoras al yugo de la juventud, de la belleza impoluta y detenida y al del acoso permanente y sin derecho al pataleo, de la prensa y la maquinaria de opinión retrógrada de los programas de cotilleo y crítica.

Yo soy un animal de cine y lo consumo, lo hago, lo vivo y lo respiro con toda mi naturaleza.  Y es el cine la célula primera, el motor original de la creación de “estrellas” y “celebridades”, de la invención de “Divas” y “Monumentos Vivientes” que jamás tuvieron el derecho de ser otra cosa que perfectas. Pues bien, llegó la hora de dejarse de joder, de dejarse de paparruchadas y empezar a redefinir las reglas del  juego.  Es el tiempo de sentar bases más naturales y más respetuosas de la mujer, de su expresión sexual, de su fortaleza y significado trascendente en el mundo en que vivimos.

Es hora de reconocer por fin que la imagen gigantesca y hermosa que se proyecta en la pantalla, esa ilusión maravillosa que mantiene vivos los sueños de los muertos, no nos abarca por completo, no nos representa en nuestra totalidad y, mucho menos, nos obliga a tener que soportar nuevas formas de sometimiento. 

Nuestra libertad ya no se negocia.

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