A Sala Llena

Nebraska, según Emiliano Fernández

Tótem y tabú.

No cabe la menor duda de que Alexander Payne con el transcurso de los años se ha convertido en un verdadero experto en lo que hace a las comedias dramáticas con un fuerte dejo de costumbrismo y una melancolía todo terreno. Si bien encontramos desniveles en cuanto a los elencos involucrados y la configuración concreta del relato, lo cierto es que el norteamericano fue puliendo progresivamente una fórmula sustentada en clanes disfuncionales, viajes de autodescubrimiento, un ritmo narrativo aletargado, estrellas hollywoodenses de primera línea, una dirección de actores tan perspicaz como certera, y distintos detalles preciosistas, siempre en pos de retratar esa mítica “América Profunda”.

La vejez y sus correlatos han sido analizados en innumerables ocasiones a lo largo de la historia del cine: sin la intención de trazar un árbol genealógico, sólo diremos que estamos ante una suerte de “secuela conceptual” de Las Confesiones del Sr. Schmidt (About Schmidt, 2002), aquella pequeña maravilla en la que un jubilado descubría de a poco que el mundo que había construido a su alrededor no era tan fácil de “enmendar” como él creía. El realizador en esta oportunidad utiliza la misma estrategia de casting, reemplazando a una “bestia sagrada” por otra similar (Bruce Dern entra en lugar de Jack Nicholson), en un intercambio de tótems reverenciales del séptimo arte y/ o la memoria anímica colectiva.

Bajando la intensidad de los apuntes trágicos coyunturales y eliminando todo quiebre en lo que respecta al dinamismo de la trama, Payne se juega por diálogos lacónicos, una bella fotografía en blanco y negro de tonos ocres, y un naturalismo conspicuo para al desarrollo de personajes. Woody Grant (Dern) es un hombre mayor que vive junto a su esposa en una relación un tanto “ajetreada”, incomunicación y muchos reproches de por medio. Un buen día recibe una carta en la que se le informa que ha ganado un millón de dólares, o al menos eso es lo que cree. Dispuesto a ayudarlo y luego de varias fugas del hogar, su hijo menor David (Will Forte) decide llevarlo a destino para darle el gusto y hacerse con el “premio”.

Mientras que la primera mitad del film funciona como una road movie sobre la senilidad y el amor parental, la segunda parte es una comedia sutil de “pueblo chico, infierno grande”, en la que la desazón acumulada se equiparará con la sonrisa irónica generada por esas cosas que no cambian nunca. El mérito principal de Nebraska (2013), más allá de las excelentes actuaciones de Dern y Forte, reside en develar con una enorme inteligencia el pasado en cuestión, ese tabú que determinó al anciano de hoy: la muerte, el alcoholismo y la Guerra de Corea conforman ese sustrato ríspido que recorre el trasfondo, el mismo que deambula entre una camioneta y un compresor de aire, entre un almohadón y un triste sombrero…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

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