A Sala Llena

Nebraska, según José Tripodero

Postales.

El título seco de esta nueva película de Alexander Payne conduce al peligro de encontrarse con una road movie igual de seca. La sequedad no es algo malo. Es, en el caso de Payne, una virtud. Su cine rebota en los géneros para no casarse con ninguno de ellos; sus personajes y derroteros atraviesan estados de ánimos contrapuestos sin escalas. No por nada hay en el último tramo de su filmografía un gusto agridulce por esto de viajar: un último paseo de soltería, antes de surcar “la ceremonia funesta del casamiento” en Entre Copas, el (re) ordenamiento en la vida del protagonista de Las Confesiones del Sr. Schmidt y el rastreo del paradero del amante de la esposa de George Clooney en Los Descendientes.

En Nebraska, el viaje y -también- la idea  de búsqueda tienen un carácter más tangible, el viejo Woody Grant (Bruce Dern) quiere llegar a Lincoln, cerca de Billings (su pueblo) para cobrar un millón de dólares. Tal idea suena perfecta si no fuera porque se trata de una “estafa legal”, producto de una idea marketinera para atraer subscriptores para una revista. Woody es el único que se rehúsa a ver esta “estafa”, solo puede ver la carta que le dice que ha ganado el dinero. Sólo su hijo David se apiada al ver que es imposible convencerlo y decide iniciar un viaje -en apariencia- corto para complacer a su padre alcohólico y extremadamente débil para movilizarse.

Durante la primera parte del film, Payne enciende el engranaje de la postal en términos visuales. Surgen así las grandes panorámicas que pintan ediliciamente el interior más profundo de Estados Unidos, con sus señalizaciones a los costados de la ruta, los cielos limpios de construcciones altas, los grandes camiones y trenes de carga, los moteles y el desierto amenazante que muchas veces es descripto como “la nada”, la cual cobra más peso por la fotografía en blanco y negro (con gran reminiscencia a The Last Picture Show, de Peter Bogdanovich). Hacia la segunda mitad, la postal iconográfica queda en un plano secundario y lo que sale a la luz es el pasado familiar porque al padre y al hijo no les queda más remedio que parar en el pueblo natal del primero, Hawthorne. Allí todos tienen una historia para contar sobre el pobre Woody. Algunos de ellos desentierran sucesos que David hubiera preferido no saber, y aquí lo fantástico de Payne: jamás hay un cuestionamiento serio a su padre (que nunca fue, necesariamente, uno bueno)  pero tampoco un lavado de rencores; se trata de vivir el ahora lo mejor que se puede. Sin dudas el pasado aparece en forma de postales, en recuerdos y pocos hechos concretos, que se cuelan entre tantas cervezas, tabernas que no tienen ventanas al exterior y charlas de autos (otros tres rasgos bien estadounidenses). Todo opera al son de una historia agridulce, en la que los tonos graves son ocupados por el humor involuntario y el andar de personajes queribles, tamizados por situaciones con un relieve algo ajeno al de los típicos pueblerinos, que ansían con dejar su hogar para triunfar en la ciudad o ganar el dinero por la simple ambición de tener lo que no se tiene. Hay debajo de todo una nobleza más tierna, menos dura en oposición a una economía (como si no fuera suficiente con la familia) que golpea salvajemente: encontramos una búsqueda implícita por el orden moral, el hacer el bien a pesar de las postales patéticas que puedan desprenderse del andar de los personajes.

calificacion_4

Por José Tripodero

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

También te puede interesar...

Ennio, el maestro (Ennio)

LEER MÁS →

Dead for a Dollar

LEER MÁS →

Argentina, 1985

LEER MÁS →