A Sala Llena

Noche de Epifanía…

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Una vez vi un fantasma. Y es muy raro que afirme esto porque, en realidad soy increíblemente cagona y, por mi salud mental y física, me convendría pensar que los fantasmas no existen. Pero lo cierto es que, una vez, vi un fantasma.

Las cosas sucedieron de una manera bastante diferente a la que todos imaginaríamos. Es decir, la situación en la que vi al fantasma no se relaciona en lo más mínimo con las escenas que estamos acostumbrados a ver en el cine. Por ejemplo, en una típica situación cinematográfica, la chica en cuestión (en este caso yo) estaría sola, en una casa silenciosa y sombría que, seguramente, se encontraría bastante alejada de la civilización. Los muebles crujirían, las puertas se cerrarían de golpe y la pobre protagonista vagaría sola y descalza por pasillos interminables o sótanos profundos, buscando la raíz del miedo. Nada de todo eso sucedió en mi caso y por eso le doy gracias a Dios. Lo cierto es que mi experiencia paranormal ocurrió en la más impensada de las situaciones: vi a un fantasma en una disco atestada de gente, toda iluminada y con la música a un volumen poco saludable. De hecho, ni siquiera estaba sola en ese momento. Mi novio de aquel entonces me estaba tomando de la cintura y yo estaba completamente relajada y tranquila, pasándola bien, chichoneando de lo más pancha. Fue cuando él me abrazó y pasé mi cabeza por sobre su hombro derecho, que pude ver sin lugar a dudas, al fantasma de mi abuelo José Dariomerlo, paradito tranquilo en su traje marrón mirando directamente hacia mí.  Lo que pasó después, es el día de hoy que lo lamento, porque me asusté y escondí mi cabeza en el pecho del muchacho que me acompañaba y cuando volví a levantar la vista, el fantasma ya no estaba allí. Mi “reacción” tampoco fue la típica reacción de película. No salí corriendo, ni grité, ni le pedí a mi novio que me sacara en andas de allí. Como no sabía muy bien qué era lo que había sucedido, no se lo conté a nadie hasta unos cuantos años después.

Ustedes se preguntarán qué hacía el fantasma de mi abuelo vagando por una disco de pueblo, viendo cómo su nieta se besuqueaba con el novio. Por eso, cabe aclarar que el boliche en cuestión estaba puesto en un enorme galpón que era propiedad de mi abuelo y cuyo dueño venía siendo mi primo Hugo, el único nieto varón de José, que estaba dando sus primeros pasos como empresario de la noche.  Así, todo tiene un poco más de sentido y llega a ser casi lógico: El galpón había sido de la empresa que mi abuelo construyó desde abajo y fue su gran obra de la vida a parte de sus hijos, por lo que es natural que su fantasma permanezca en ese lugar.  Pero la verdad es que, a ciencia cierta, no sabemos qué estaba haciendo allí. No hay forma de averiguar qué hubiera pasado si, en vez de cubrirme por un segundo lo ojos con el hombro de mi novio, me hubiera acercado al fantasma y le hubiera hablado. Si me lo preguntan, no estoy segura de querer aclarar un misterio semejante. El miedo se me cuela un poco por la espalda y ya no soy tan inocente como era en esa época.  Pero, si me dieran la sabiduría y la pureza de la adolescencia de nuevo, de una que me gustaría hablar con él y ver en qué andaba.

Uno de los grandes temas de la humanidad es el de la vida después de la muerte, el “Afterlife”, y el cine lo ha tratado en infinidad de oportunidades y  de muy diversas maneras. Como ya saben, esta columnista es una ferviente creyente en el poder del cine para crear nuevas conciencias, nuevas líneas de pensamiento o, inclusive, nuevas líneas filosóficas, religiosas y metafísicas.  Y el tema que nos convoca hoy, tiene que ver con el tratamiento que ha hecho el séptimo arte, de un asunto que alguna vez nos ha quitado el sueño a todos: Qué sucede después de la muerte.

Muchos consideran el hecho de creer que hay algo más allá de la vida, una especie de conducta auto indulgente para no tener que lidiar con el tema de que después de esto no hay absolutamente nada y que, por ende, nada de lo que hagamos en la tierra tiene ningún valor o, peor aún, ningún sentido. En particular, no adhiero a esa línea de pensamiento, más que nada porque no me resulta demasiado lógica. Esa cosita de “nada se pierde, todo se transforma” del universo, me parece más adecuada para esta cuestión de la muerte y me parece un poco mas conducente. Creo que nuestro viaje continúa. Por supuesto, no tengo ni la más mínima idea de hacia dónde, pero creo en el eterno peregrinaje del alma.

Me gusta mucho la idea del cielo y me gusta mucho la noción de la reencarnación.  Dos películas maravillosas que recuerdo (seguramente a ustedes se les ocurrirán otras) les daban a sus protagonistas la oportunidad de quedarse en el cielo o de reencarnar. Una era casi una tragedia, aunque al final todo se resolvía para bien, y la otra una comedia lisa y llana. Se trata de Más Allá de los Sueños de Vincent Ward y de Visa al Paraíso de Albert Brooks. En Más Allá de los Sueños, un médico moría en un accidente de autos poco tiempo después de la muerte de sus dos hijos en las mismas condiciones. Su esposa se quedaba, en el lapso de uno o dos años, sin absolutamente nadie en el mundo. Sumida en una terrible depresión, se suicidaba y él debía ir a rescatarla al infierno. Con el amor todo se resolvía y, en el final, decidían volver a la Tierra para reencontrarse. Protagonizada por Robin Williams y Annabella Sciorra, el film tenía una composición visual espectacular, de fuerte raíz impresionista, anclada en el hecho de que la mujer era curadora de museo y de que ambos enamorados eran fanáticos de las artes plásticas.  La idea que quedaba flotando en el aire era la de que el cielo podía ser creado por la propia mente una vez muertos. Que había una conciencia, más allá de la vida. Es decir, que nosotros seríamos los “arquitectos” de nuestro hábitat celestial, pudiendo decorarlo, pintarlo, agrandarlo, achicarlo y todo lo que nos viniera en gana, siempre y cuando tuviéramos una mente, más o menos, sana.  Y al final, todos podríamos decidir volver a la vida y emprender una nueva experiencia de aprendizaje. Suena bien, ¿verdad? En Visa al Paraíso de Albert Brooks, en cambio, la idea era que una vez muerta, la gente iba a parar a una especie de ciudad-limbo en la que sería juzgada por varios días, para ver qué destino le tocaba. Allí podían hacer lo que les pintara: comer comidas deliciosas y súper pesadas sin consecuencias, tener sexo desenfrenado, cantar a viva voz, bailar como locos y, por supuesto, tener romances. Las personas cuyo juicio no era demasiado favorable, volvían a la Tierra a intentarlo de nuevo, y las que resultaban bien paradas en el proceso judicial, se iban al cielo directamente.  Era una comedia romántica así que, en el medio, los protagonistas (Su alteza Meryl Streep y Albert Brooks) se enamoraban locamente. Toda la cinta era una metáfora crítica del estilo de vida del americano promedio, endulzada de manera eficaz por un guion bastante original y actuaciones excelentes. Pero, además, planteaba un enfoque divertido acerca de la idea del viaje del espíritu y de las peripecias que tiene que sortear, antes de estar completamente iluminado. Las dos opciones son maravillosas a la hora de elegir un film de estas características y, de acuerdo al ánimo que tenga el querido lector, puede rescatar una u otra de la niebla del tiempo.

Hay muchas películas para recordar hoy con esta temática tan inquietante como interesante y algunas me vienen a la mente ahorita mismo: Mas Allá de la Vida, Sexto Sentido, Los Otros, Ghost, El Cielo se Equivocó, Casper, Beetlejuice, Los Sueños de Akira Kurosawa, El Espinazo del Diablo, Desde mi Cielo… y muchas más que ustedes están invitados a traer a este espacio.

El cine ha alimentado nuestras mentes de múltiples maneras y, a veces, ha renovado nuestras esperanzas  y ha abierto nuestra imaginación a posibilidades infinitamente más dulces de lo que éramos capaces de pensar.  Se convierte así, en un vehículo efectivo a la hora de expandir nuestras mentes y dejar que entren nuevas y diversas ideas acerca de lo que la muerte es y de lo que significa. Tal vez esto no nos corte de raíz nuestras incertidumbres ni nuestros miedos, pero si puede aplacarlos, ayudándonos a entender y a imaginar algo que no comprendemos, de manera más cercana al lenguaje de los vivos.

Algunos me dirán que el rol que le estoy achacando al cine es el que tienen las religiones en las sociedades del mundo. Pero, honestamente, creo que no. Las religiones necesitan de la fe, el cine no. Es un medio directo que no distingue, ni se apoya en el sistema de creencias del espectador, si no en la capacidad de éste de transformarse instantáneamente frente a un hecho que lo conmueve o lo desafía. Creo que el cine está más cerca de la “epifanía”, que del ritual religioso, suscitando así experiencias emparentadas con la iluminación y el entendimiento. El cine tiene su fe depositada en el espectador y no al revés.

Tal vez sea por eso que nos resulte tan fácil creer en él.

Esta columna está dedicada a mi tía Estela. Quien ya anda por donde quiere, comiendo lo que quiere y volando para el lugar que más le guste.

La niña de la casa ya camina descalza

Lleva el pelo largo y la risa suelta

Su padre la toma de la mano y andan estrellas coronando su nombre

La niña de la casa, ya canta en el río azul, la canción lejana del mundo

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